7 de octubre de 2026
Ante un estadio colmado, Messi se despidió del seleccionado argentino tras 21 años de una carrera inolvidable. Las palabras finales del crack, el amor de jóvenes, niñas y niños, y todo lo que deja una historia que trasciende al fútbol.

Monumental. Messi le habla a la multitud, después de su último encuentro con la Albiceleste, ante Benín.
Foto: Getty Images
«Ya está», señaló Messi el 18 de diciembre de 2022, en Qatar. Miraba a su familia, miraba a su gente, miraba a nuestro país y –tal vez– al mundo. Tras haber ganado el Mundial, todo hacía prever que, alcanzado su máximo objetivo, no seguiría en el seleccionado. Desde entonces, las especulaciones. Que si llegaría al Mundial siguiente, que si con 39 estaría en condiciones de competir con pibes a los que doblaba en edad, que si tendría ganas.
Messi llegó al último Mundial y –nosotros con él– a la final. «Ya estamos hechos», anunció Lionel Scaloni después de la victoria ante Inglaterra y antes de España. Pero Messi siempre es un poco más. Perdimos. Messi lloró ante su gente, nos miró sin mirarnos y, después, le dedicó una carta memorable a su padre recién fallecido. «No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien», nos desgarró. Y anunció que, esta vez sí, ya está.
Pero hubo algo más. Una suerte de excusa para despedirse de la selección y de los hinchas argentinos. Con Benín como partenaire para una última fiesta inolvidable; un 3 a 0 que fue lo de menos. Con el Monumental lleno y música y fuegos artificiales. Y con un Messi ya no de frente sino de espaldas, como aquel que se va. Antes había cerrado la cuenta con un gol de penal y ya había disparado el córner con el que Nicolás Otamendi (otro que también le decía adiós al equipo nacional) abrió el partido. Nico Paz –enorme referente de la nueva generación de jugadores– anotó el segundo.
Fueron 22 años de amores y, para algunos, los menos, de odio. Desde el invierno de 2005, cuando debutó en el seleccionado, hasta hoy. Goles de todas las formas, presencia en todos los torneos, perfil bajo y pecho en alto cuando hizo falta. Sus goles de tiro libre serán de lo mejor que veremos siempre. Erró algunos penales, pero los convertidos, además de su presencia, nos ayudaron a ser felices. Y, ya en sus últimos tiempos, menos gambetas pero los pases más eficientes que se puedan concebir. Tuvo grandes socios, pero uno fue increíble, el rosarino Ángel Di María, y sin embargo nunca dejó de destacar el formato equipo. «Somos equipo», solía decir. «No los vamos a dejar tirados».
Crecer con él
En 208 partidos con el seleccionado, hizo 126 goles. Nos acostumbró a que lo anormal sea normal. Sin embargo, no siempre fue un iluminado. No faltaron quienes lo criticaron salvajemente. Se lo acusó de no sentir al país aun cuando dejaba todo por estar en el seleccionado. Alguna vez se dijo que no cantaba el himno: «¿Viste que no canta el himno?». Hubo quienes se ensuciaron para ensuciarlo y quienes pidieron que se vaya de la selección porque sin él íbamos a estar mejor. Así y todo, Leo no respondió: uno se decía a sí mismo, por lo bajo, «defendete, Leo, defendete».
Soportó la eterna comparación con Diego. Porque Diego aquello, Diego lo otro; y así. Expertos en gambetear, ambos evitaron la polémica. Lo bien que hicieron. Los argentinos no tenemos derecho a pedir más en cuanto a fútbol. Messi, Maradona y, si se quiere, Alfredo Di Stéfano.
Los aliados más fieles de Messi fueron los chicos y los jóvenes, aquellos que crecieron bajo su sombra y que lloraban cuando él agachaba la cabeza o anunciaba que no seguía en el equipo. Dos generaciones que de él aprendieron que no hay que bajar los brazos, que pase lo que pase hay que seguir. Pero que sobre todo, lo aman. Es, a fin de cuenta, su ídolo. Los que tienen alrededor de 20 años no saben lo que es una selección sin Messi. Bastó que dijera que renunciaba al seleccionado para que le escribieran cartas para que volviera, para que nos lo dejara en un mundo cada vez más flaco de héroes. Y volvió para ser campeón. Son esos pibes y pibas que antes del partido despedida lloraban porque sentían que sin Lio en la cancha también se iba algo de ellos mismos. Había que verlos, junto a padres y madres que los abrazaban mientras la noche se encaminaba a su fin.

Leyenda. El Diez y los fuegos artificiales en una noche para guardar toda la vida.
Foto: NA
Mucho más que la pelota
Sin Messi en la selección, nos quedamos un poco huérfanos. El del seleccionado fue el único vínculo realmente argentino que tuvimos con él. En el fondo de los tiempos, algo lo disfrutaron los pocos que iban a ver las infantiles de los clubes rosarinos Grandoli y Newell’s. Después Messi fue el del Barcelona, al que veían crecer los españoles y los europeos cuando se jugaba la formidable etapa de Pep Guardiola en la Champions. Luego lo vivieron los franceses con el PSG, pero no supieron o no quisieron disfrutarlo. También ahí lo ningunearon, tal como los dirigentes del Barcelona cuando le dijeron adiós. Si hasta los estadounidenses, a quienes el fútbol les importa poco y nada, lo tienen escondido en una suerte de campeonato intercountry en Miami. Salvo el del seleccionado, entonces, el nuestro es un Messi de pantallas.
¿Qué se termina con su largo adiós? ¿Cómo se entiende una ciudad tan grande como Buenos Aires aletargada de tanta gente que va al Monumental a decirle «gracias, te quiero, me hiciste feliz» y tanto más? ¿De qué manera se sigue cuando se termina un vínculo así? Porque no es solo Messi; es lo que significa un Messi que nos convocó a la alegría popular y multitudinaria como nunca. Por él fuimos un pueblo unido. Pasó en Qatar, y pasó hace unos meses, cuando el Mundial parecía ser la única dosis de alegría en medio de tanto país venido abajo por el desempleo, la inflación y la violencia.
Fue por Messi que lloramos cuando él lloraba tras perder la final contra España. Y fue por Messi y su equipo que hoy el tema Malvinas vuelve a estar en la vidriera. Sin dudas, Messi es más que la pelota.
Sabemos que Messi nunca fue verborrágico. Lo suyo era la cancha y el gesto, la mirada. Así habla él. Por eso sus palabras en la noche de despedida no fueron las palabras de un discurso formal, sino de uno salido de las entrañas. Un Messi emocionado que recordó a su papá primero. Después dijo que no se quería ir, que quería que esa noche no terminase nunca. Como alguna vez dijo que no nos iba a dejar tirados, rodeado de la emoción de sus compañeros (las lágrimas de Enzo Fernández serán eternas), esta vez pudo soltar un «los quiero mucho».
Los aplausos y gritos de las más de 80.000 personas en el estadio significaron una respuesta contundente: nosotros también.
