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Trump y Xi Jinping, el poder en disputa

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Telma Luzzani

La cumbre entre los presidentes de EE.UU. y China expuso distintas visiones sobre los conflictos bélicos mundiales, la guerra comercial, la regulación de la IA y la situación en Taiwan. Claves de un nuevo orden mundial en marcha. 

Washington. Charla entre Trump y Xi Jinping en un recorrido que compartieron el 25 de septiembre.

Foto: Getty Images

La última cumbre entre los presidentes Donald Trump y Xi Jinping mostró de manera descarnada los dos mundos posibles entre los que la humanidad tendrá que elegir en un futuro no muy lejano. El de la guerra y la violencia o el de la conciliación.

Pocas horas antes de recibir con gran pompa a su par chino, Trump había descargado toda su furia imperial en la Asamblea General de Naciones Unidas. Allí no solo amenazó con aniquilar al pueblo persa sino que, en alusión a la fuerte presencia china en América Latina, advirtió que si «fuera necesario usaría el poderío militar sin igual del Pentágono contra quienes amenazan los intereses vitales de Estados Unidos en la región».

El exabrupto fue interpretado como una muestra inequívoca de debilidad y desesperación ante el inocultable declive de Washington. Ninguna potencia segura de su fortaleza hace un show de esa naturaleza.

Horas después, en Washington, Trump dejó el uniforme de guerra y se puso el smoking. El presidente chino –sobrio, por momentos sonriente y siempre inmutable– encaró su discurso retomando el eje de lo conversado, cuatro meses atrás, en Beijing, en el otro gran encuentro entre ambos: «¿Podremos evitar la trampa de Tucídides? ¿Podremos afrontar juntos los desafíos globales?».

Las dimensiones abordadas fueron varias. En cuanto al sensible tema de Taiwán, el presidente chino, con tacto diplomático, pero muy firme, recordó que la cuestión de la independencia de la isla es un límite que no se debe desafiar y llamó a tener prudencia. La advertencia tiene sentido: hay pendiente una venta de armas (por ahora suspendida) de EE.UU. a Taiwán.

También abordaron la situación de los conflictos bélicos mundiales, especialmente el de Irán. Lejos de la propuesta de Trump en la ONU, Xi insistió que la salida era retomar las negociaciones reflotando el Memorandum de Entendimiento de Islambad, pacto que el mismísimo Trump firmó el pasado 17 de junio en el Palacio de Versalles.

Pero sin dudas el punto principal de la cumbre se centró en el delicado tránsito de las relaciones bilaterales entre ambas potencias. Mientras Trump eligió frases banales («es una gran visita, somos buenos amigos y hemos mantenido una cooperación a fondo y cercana»), el presidente chino buscó concretar un hoja de ruta con contenido humanitario y al mismo tiempo geopolítico.


Un paso adelante
«Frente a los actuales cambios en nuestro mundo, en nuestro tiempo y de significado histórico, China y EE.UU., como dos grandes países, asumimos una responsabilidad histórica de avanzar el desarrollo y el progreso de la humanidad», dijo en la Casa Blanca este 25 de septiembre.

Beijing ya no oculta ni su estatus de gran potencia ni su paridad con Washington. Entre otros logros, en el primer semestre de 2026 tuvo un superávit comercial de casi 200.000 millones de dólares con EE.UU., impulsado en gran medida por la demanda de componentes relacionados con la Inteligencia Artificial. 

En ese campo, China proyecta, este año, dar un salto del 90% en capacidad de cómputo, es decir, en la velocidad y eficiencia del sistema informático para realizar operaciones matemáticas y procesar datos. Según sus cálculos, ese crecimiento exponencial refuerza la soberanía tecnológica del país, reduce drásticamente los gastos y abre paso a una democratización de la IA.

Camaradería. Los mandatarios con las primeras damas Peng Liyuan y Melania Trump en un paseo por el Museo de los Archivos Nacionales.

Foto: Getty Images


En carrera
El presidente Xi, consciente de la dimensión geopolítica que tiene hoy la tecnología y del debate sobre la libertad de empresa (defendida por Estados Unidos) o la de una posible regulación, planteó que la IA «tiene que permanecer bajo el estricto control humano». «Tanto China como EE.UU. tenemos la capacidad, la responsabilidad y la obligación de manejar la IA en favor del bien común de la humanidad», agregó.

La carrera competitiva entre ambas potencias, tanto en tecnología como en otros campos, tampoco fue soslayada por Xi, pero consideró que deben tener límites: «No necesitamos evitar la competencia, pero debe ser sana y mantenerse dentro de los límites. Debe ser una carrera por alcanzarse mutuamente, en lugar de una lucha en la que solo se puede ganar o perder. China y EE.UU. hemos de defender el límite de no conflicto ni confrontación entre nosotros».

China es consciente de la complejidad que existe entre la competencia por el liderazgo y la interdependencia económica en el mundo actual. Hay cerca de 80.000 empresas estadounidenses que invierten en China y los lazos comerciales entre ambos países –algunos en sectores muy sensibles como el de las tierras raras– deben ser tratados con cuidado.

Construir una relación de «estabilidad estratégica», avanzar hacia la cooperación donde todos ganen y no hacia la confrontación «donde ambos perdamos» y «construir una coexistencia pacífica» fueron las principales ideas fuerza que sostuvo Xi Jinping a lo largo de su intervención. 

En ese sentido, instó a fortalecer la comunicación y propuso que ambas Fuerzas Armadas mantengan un diálogo fluido «para prevenir o gestionar posibles crisis». En ese contexto, se anunciaron también la creación de «Diálogo IA» (para discutir riesgos de seguridad o incidentes relacionados con eso) y dos juntas bilaterales: una de Comercio, para gestionar intercambios de bienes no sensibles, y una Junta de Inversión, como espacio de diálogo sobre los flujos de capital. 

En el plano de lo comercial, en esta cumbre se acordó que China hará compras adicionales de productos agrícolas estadounidenses por 17.000 millones de dólares anuales hasta 2028 y, según confirmó el embajador estadounidense en Beijing, Davis Perdue, el Gobierno comunista hará una adquisición de armas estadounidenses con una compra inicial de 200 aviones Boeing. 

Las cumbres entre las dos potencias no se pueden analizar aisladas. Las palabras y los gestos de los líderes, tanto en Beijing como en Washington, confirman no solo que existe un nuevo balance de poder entre las dos mayores economías del mundo, sino que está en marcha –incipiente, pero irreversible– otro orden mundial.

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