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Un Brasil partido en dos

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Gustavo Veiga - Desde San Pablo

La ultraderecha encarnada en Flavio Bolsonaro se impuso a Lula por estrecho margen y llega como favorita al balotaje del 25 de octubre. El abstencionismo, una clave para entender los resultados. Los desafíos del PT para intentar una difícil remontada.

Río de Janeiro. Mensaje a la prensa de Bolsonaro, luego de emitir su voto.

Foto: Getty Images

Las elecciones en Brasil confirmaron su destino de país partido al medio. Habrá segunda vuelta el 25 de octubre, como lo anticiparon todas las encuestas. Flavio Bolsonaro superó al presidente Lula por poco menos de dos puntos porcentuales. Un resultado sorpresivo, aunque depende de cómo se lo mire. No era favorito el hijo del exmandatario detenido y condenado por golpista. El histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT) incluso había confesado que podía ganar en el primer turno. Pero se equivocó y ahora quedó en una posición muy incómoda para buscar su cuarto mandato. 

Los comicios, cruciales en un momento histórico de Latinoamérica, donde la extrema derecha avanzó un paso más, dejaron varias certezas y una sola incertidumbre. ¿Quién asumirá el Gobierno el próximo 5 de enero? Porque la diferencia es poca y no garantiza nada. 

En 2022 Lula había superado a Jair Bolsonaro por poco más de cinco puntos y ganó el balotaje pidiendo la hora. La ingeniería electoral permite ensayar varias hipótesis, aunque las estadísticas no son prometedoras para el PT y sus aliados. Nunca desde la dictadura finalizada en 1985 un perdedor del primer turno dio vuelta el resultado. Pero también el ganador nunca pasó a la segunda vuelta con un porcentaje tan exiguo como el mayor de los hermanos Bolsonaro.

A Lula le quedan algunas cartas por jugar, aunque arranca desde atrás. La abstención histórica del 21,08% es un campo fértil para que intente la remontada. Equivale a 33.469.203 brasileños y brasileñas. Entre el voto en blanco y el nulo hubo otro 5% y candidatos casi testimoniales de la derecha con escasos porcentajes impidieron una definición en primera vuelta. La que soñaba a su favor el presidente que cumplirá 81 años el 27 de octubre.

La extrema derecha, representada en la familia Bolsonaro con Flavio como aspirante a la presidencia, creció en su representación legislativa. Jair, el jefe del clan, continúa detenido, pero su esposa Michelle avanzó hacia el Senado y logró la banca por Brasilia. Dos de sus hijos, Carlos y Jair Renán, ganaron su lugar en la Cámara Alta y la Baja, como Renato, un hermano del exmandatario que salió electo diputado federal por San Pablo. El apellido se multiplicó en la política brasileña con la tracción que generan los votos de su pater familias, sobre el que pesa una sentencia de 27 años y 3 meses de prisión. Hoy se encuentra bajo arresto domiciliario en la misma capital donde su mujer salió primera.

Historia conocida
El avance de la ultraderecha, que se explica en el caudal electoral de la familia, es posible que repita una secuencia de hechos que ya vimos. La de un Brasil oscurantista, alineado de manera incondicional con Estados Unidos, dándole la espalda a China –su primer socio comercial–, y que podría terminar de completar el mapa que soñó Donald Trump para Latinoamérica. Sería el segundo ciclo de un Bolsonaro en el Planalto. El palacio de Gobierno que vandalizaron las hordas de fascistas que le pedían un golpe de Estado a los militares el 7 de enero de 2023 y que terminó con varias condenas a sus promotores.

Brasil es un país clave que hoy tiene un problema político serio, de violencia en crecimiento, con una desigualdad que Lula apenas pudo moderar, pero que está ordenado en su macroeconomía. Se trata de la nación más poblada de la región, de mayor PBI y una inversión extranjera directa de 77.000 millones de dólares, según la OCDE. Con industrias competitivas de armamentos, aviación, alimentos, tecnología, petróleo y tierras raras, la materia prima que ambicionan los tiburones de la inteligencia artificial para construir su infraestructura. 

No en vano, Rockbridge Network, una red de donantes creada en 2019 por un tal Christopher Buskirk, editor del sitio web nacionalista conservador American Greatness, JD Vance, el actual vicepresidente de los EE.UU y el tecnomagnate Peter Thiel decidieron desembarcar en Brasil. Le pusieron el ojo, como lo hicieron con otros países de América del Sur donde ahora proliferan regímenes de extrema derecha. Estos megamillonarios apuestan al potencial de la nación más rica en biodiversidad del planeta. Un vergel que tiene de todo y en manos de Bolsonaro será una delegación de Washington.

San Pablo. Lula, reflexivo, con su equipo de campaña. Ofreció un discurso optimista de cara al balotaje.

Foto: Getty Images

La instancia como bandera
Sorprendió entonces la derrota de Lula, aunque apretada, que entorpeció un sueño que hoy se adivina más lejano. Si ganara en tres semanas, y el líder del PT que cree en los milagros alcanzara uno más, terminaría en 2030 su cuarta presidencia. Con un valor agregado. El 10 de febrero de ese año, su creación, el Partido de los Trabajadores, cumplirá su 50 aniversario. Un motivo más para intentar lo que después del domingo 4 parece una hazaña. 

Una de las que el dirigente metalúrgico nacido en Pernambuco, que solo terminó la escuela primaria y sigue las enseñanzas económicas y de superación de su madre, doña Lindu, está acostumbrado a materializar. Pero, ¿podrá esta vez? 

Pudo con otras peleas que dio por la vida, antes y después de llegar por primera vez a la presidencia luego de tres derrotas electorales sucesivas (1989, 1994 y 1998). Perdió a un hijo antes de nacer. El dedo meñique de la mano izquierda con una prensa cuando era tornero mecánico. A un hermano en prisión al que no pudo velar en la pandemia. Estuvo 580 días preso en un juicio amañado por el exjuez Sergio Moro, el mismo que se transformó en esta primera vuelta en gobernador de Santa Catarina y fue su carcelero. Pero Lula siempre volvió más fuerte. 

Carismático como pocos, transformó su última campaña electoral en una lucha por la soberanía de Brasil ante los constantes ataques de Trump, prohibió las apuestas online por la creciente ludopatía en los jóvenes y hasta se mostró vital como un hombre entrenado, casi un influencer del gym, en cada aparición pública. A ese Lula tendrá que derrotar nuevamente Flavio Bolsonaro, con el poder que hace sentir Estados Unidos detrás de su candidatura.

Solo por eso, su victoria en el balotaje jamás podría descartarse. Lula es pragmático. Su vecino Javier Milei volvió a tratarlo de «comunista». Festejó la victoria en el primer round de su amigo Bolsonaro, pero Lula profundizó las relaciones con los BRICS, donde cumple un papel destacado, amplió las alianzas Sur-Sur y diversificó los proveedores y sistemas en Brasil, como que acordó con Huawei y Nvidia. Una compañía china y otra estadounidense. Parece que no lo inquietara el marco geopolítico. Ni que sus enemigos de mayor tamaño quieran jubilarlo por anticipado. 

No les resultará sencillo. Como difundió en un video de campaña donde recorre su vida, es un «insistente». Lo empuja la fuerza motriz de la mitad de un pueblo que lo ama.

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