Adelantos de libros

Casi pájaros

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Pablo Gúngolo

Para la escritora chilena Cynthia Rimsky, «los cuentos de Casi pájaros se corren de los significados comunes y establecidos. Esos relatos provocan emoción y proponen formas más vagas de entender las relaciones y la forma de habitar el mundo».
Pablo Gúngolo (Bahía Blanca, 1980) publicó los libros de poesía Polaroid (2011), Los restos (2017) y Los lazos (2019). Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA). Casi pájaros –editado por Salta el Pez– es su primer libro de cuentos, cuyo adelanto Acción presenta en exclusiva.

Intemperie
La manada de bisontes aplasta la nieve con una facilidad que envidio.

La tormenta no los detiene, las cabezas negras persisten, arremeten.Los bisontes galopan firmes. Desde los cuartos traccionan la fuerza con belleza.

Grabo: No hay novedades del gorrión alpino, escuché el canto, no lo sé. Tengo agua y comida para dos días, o día y medio. Dos tigres de la montaña bajo el sol. La cría mordía el cuello de la mamá. Atrás los bisontes galopaban con paciencia. Ubicación y fecha. Rebobino, vuelvo a escuchar la nota de voz; el silbido del viento copa el sonido de la cinta, como latigazos negros borra frases enteras. Vuelvo a grabar, cambio de posición, acurruco el cuerpo entre el hueco de dos rocas.

Escuché el canto de un gorrión alpino, o de una especie similar.

Tengo escasas provisiones. Una mamá tigre se dejaba morder el cuello por la cría, el sol brillaba sobre la nieve y los bisontes tenaces regresaban con un poderío humilde. Los filmé. Ubicación y fecha. 

Guardo el grabador. Reviso las provisiones: de las dos conservas elijo la de sardinas. Al abrir la lata me corto el pulgar, un hilo de sangre se mezcla con el aceite. Hago pis sobre mis manos. El corte del pulgar es profundo. Apoyo las palmas en la nieve y las seco en el pantalón.

La herida arde. Enciendo la linterna, con dificultad armo la carpa al pie de la montaña. El viento es imposible. Mantengo el sabor de la sardina en la boca.

Me cubro los hombros con una frazada. Estiro una rama larga y aso unos penachos. Miro las estrellas. El cielo gana la oscuridad del último azul de la tarde. Destapo una lata de cerveza, salta la espuma y me apuro a beber. Los troncos crujen. Inclino la cabeza hacia arriba, no miro el cielo y bebo cerveza. Juego a dar forma a pequeños troncos que después tiro al fuego. Los penachos no están cocidos. La luna brilla, a lo lejos los lobos aúllan. Vuelvo a cubrirme con la frazada, junto mis manos y hago un hueco, exhalo. La llamarada de la fogata crece, un resplandor naranja de centro amarillo eleva su fuerza. Destapo otra lata de cerveza. Los troncos arden.

Es la casa más alejada de la comarca. Fuerzo la cerradura, parece ceder, pero la puerta no abre. Tiro una piedra, rompo el vidrio y a patadas despejo los cristales adheridos de la ventana. Hay un hogar con dos troncos apagados. Sobre la chimenea una cabeza de oso con las fauces abiertas. Levanto cada uno de los portarretratos apoyados en un modular de arce: un niño de rulos colorados sostiene un pescado casi de su tamaño, y un hombre con un trofeo posa en cuclillas detrás de él, de su pecho peludo cuelga una medalla dorada.

Delante de un lago entre montañas, sonríen el mismo niño colorado un poco más grande y una niña rubia con un peluche en la mano. En una explanada, una mujer sostiene un rifle y la niña rubia, más alta, flores silvestres; la niña ríe con toda la boca abierta, la mujer parece distraída. Bajo un cielo radiante, el niño colorado con manchas de chocolate en la comisura, besa a la mujer arrodillada, detrás hay una gran roca negra y mar. Apoyado sobre el capot de un auto, el hombre luce bigotes ocres y lentes negros, sonríe con una ardilla en el centro de su pecho, el hijo detrás de su hombro saca la lengua, le faltan algunos dientes. Entro al baño, me siento en el inodoro. Enciendo un cigarrillo y miro el humo. Duermo en una cama individual, la del niño colorado. Acabo de ducharme, humedezco la almohada. Froto los pies hasta quedar dormido.

Grabo: El hombre ingresó al cuarto con una escopeta y me apuntó a la cara. Levanté los brazos y grité. Con la voz entrecortada le pedí que bajara el arma. La mujer detrás de la puerta preguntó con voz chillona sí llamaba a la policía. El hombre continuó apuntándome, me pidió que saliera de la cama con los brazos en alto. No puedo, dije, estoy desnudo. La mujer se llevó la mano a la boca. El hombre maldijo y con un gesto ordenó a la mujer y al niño que se retiraran.

Parado le pedí, otra vez, que no me apuntara. Caminé hasta el garaje con una bata rosa semitransparente. El hombre no dejó de apuntarme. Arrojó mi mochila a la nieve. Disparó al cielo. El niño colorado aplaudió desde la ventana. El hombre volvió a disparar apuntando a la copa de un pino y la nieve se desplomó. Los pájaros graznaron, después hubo un gran silencio. Hui en bata. Cuando pude recuperar el aire, intenté cambiarme. La brújula y una gorra quedaron sobre la cama del niño colorado. Ubicación y fecha.

Armo la carpa. Aún es de día. La bolsa de dormir tiene el cierre roto.

Me acuesto húmedo y sudo de frío, tengo fiebre. Duermo mucho.

Según el mapa, el pueblo más cercano está a quince kilómetros en línea recta, con un pequeño desvío de dos kilómetros al oeste. Sudo, tengo dieciséis años y entre las manos un regalo; una caja envuelta con papel celofán rojo y un moño azul. Las manos transpiradas.

Vuelvo por el camino más largo a casa con el regalo y lo escondo debajo de la cama. A la noche robo un vino de la bodega, me emborracho. Mi padre va a golpearme pero me abraza y aprieta mi cabeza contra su pecho. Despierto empapado, junto fuerzas, emprendo de nuevo el camino. Avanzo con los ojos prácticamente cerrados. Inclino la cabeza hacia adelante, recibo los embates en la capucha. Camino durante horas. Al llegar al pueblo alquilo un cuarto pequeño con baño. La luz es naranja. Me ducho. Preparo café, me corto las uñas con el toallón enrollado a la cintura. Recuerdo a grandes rasgos el sueño. Intento grabarlo varias veces.

Al pie de la montaña puedo ver el horizonte limpio. Lo blanco da una tregua: el volumen de nieve disminuyó. Recojo algunas piedras. Mojo los pies en el río. Con una tanza y una rama improviso una caña de pescar. Pica una trucha, la limpio, le quito las espinas. Atravieso el filo del cuchillo por el vientre y las branquias. Espero el canto del gorrión alpino. Lo presiento cerca. Acomodo las piedras en círculo para cubrir la llama. Después de comer, la cabeza unida a la espina dorsal arde en el fuego. Los ojos gelatinosos se derriten. Pierdo la vista en la imagen de la trucha devorada por las llamas.

Un hombre pequeño, encorvado, de pelo y barba blanca, abre la puerta. Me acaricia la cara e invita a pasar. Hace el gesto paródico de reverencia para ofrecerme asiento. Sonríe, le faltan dientes. Cuando era joven cazaba patos con el hermano, los cargaban sobre las espaldas y cantaban canciones de exploradores. La madre los desplumaba mientras ellos merendaban nata de leche sobre rodajas de pan y café negro. A la noche, a escondidas, sentado sobre el techo de la casa fumaba tabaco que robaba a los granjeros.

Sostengo un tazón vacío, lo escucho armar las frases con una electricidad suave, como si la memoria paladeara los sentimientos. El olor a sopa inunda la cabaña: una olla quemada con legumbres sobre el fuego. El viejo rasquetea la cabeza de un bisonte casi sin pelos, con un cuchillito de punta corta y filosa escarba la carne de la cara, toma pequeñas pulpas que deja caer dentro de la olla. La cabeza del bisonte descansa sobre una mesa de madera. La mitad de la cara aún conserva la piel rasgada, la otra parte es hueso limpio, blanco con pedazos de carne roja deshilachados. El viejo se frota las manos, con cariño me dice: esta es la sopa que te hacía de chico. Sonrío. Él sabe que no soy su hijo. Duermo en una cama improvisada de lanas crudas dentro de bolsas de arpillera. Antes de irme me agradece con lágrimas en los ojos. Vuelve a preguntar si la sopa me gustó.

Veo pasar bisontes. Tomo el grabador. Miro la tarde. Vuelan pájaros negros, los describo. Hablo del vuelo. Recito algunos versos de un poeta chileno. Creo que el gorrión alpino no existe. Los bisontes se alejan negros sobre el fondo blanco.

Abro la mochila. Del fondo, entre la ropa arrugada, saco la botella de whisky, queda poco, le doy tres sorbos generosos, hago buches.

Refriego las manos y vuelvo a colocarme los guantes. Desarmo la carpa. Quisiera arrancarme la muela de cuajo, llenar el hueco con nieve o sardinas. Vuelvo a la marcha con los ojos entrecerrados.

Aprieto el mapa dentro del bolsillo. Lo único que existe es el dolor de muela. Camino por inercia. Diviso un bosque. Apoyo la espalda contra un árbol. Intento quitarme la muela haciendo palanca con una navaja. Riego de puntitos rojos la nieve, vuelvo sobre mis pasos.

Grito, dos pájaros se asustan, golpean las ramas de un árbol, cae un poco de nieve y abro la boca, la nieve cae cerca de mi cara.

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