Sociedad

La felicidad en tiempos adversos

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María Carolina Stegman

Menos de la mitad de los argentinos se siente feliz con su vida. En un contexto cada vez más complejo, las formas de medir y entender esta forma del bienestar individual y social están en discusión. Una mirada a los malestares y esperanzas de la época.

Las claves. La felicidad no es solo economía y acceso a la salud y educación. También importan los niveles de cooperación entre las personas.

Foto: Shutterstock

La felicidad de la población está en estudio. Ya son clásicas las publicaciones que buscan a los «países más felices del mundo», podio que detentan, desde hace años, las naciones nórdicas. Los indicadores que miden esa supuesta felicidad son específicos: se evalúan la economía y los niveles de acceso a la salud y a la educación, pero también destacan los niveles de cooperación entre las personas, la posibilidad de tener una vida relajada y el acceso a cuestiones tan simples como una caminata en la naturaleza, disfrutar un café o pasar tiempo con amigos. 

A nivel local, una encuesta reciente de la consultora Management & Fit reveló que para el 71,8% de la población las principales inquietudes se vinculan a cuestiones económicas. Otro relevamiento, dado a conocer en abril de este año y llevado a cabo por el Observatorio de Psicología Social de la UBA, dice que el 58,69% de los encuestados asegura sufrir alteraciones del sueño y que el 52,40% considera estar atravesando una crisis personal o vital, a la que atribuyen en su mayoría vínculos con preocupaciones económicas.

Otro reporte, realizado por la Universidad Siglo XXI, se mete de lleno en el concepto de felicidad y asegura que desde que iniciaron la medición, en 2018, los y las argentinas alcanzaron su punto más bajo: menos de la mitad de la población, el 46,8%, se siente feliz con su vida, esto significa una baja del 1,5% respecto de 2025. También dice que el 31% se siente triste, deprimido o sin esperanzas varios días de la semana.


Bienestar emocional
Hasta aquí, sin dudas la variable económica parece prevalecer al momento de hablar de felicidad o bienestar emocional, pero, ¿qué es la felicidad? ¿Solo se vincula a lo material? ¿Se es feliz solo o en comunidad? ¿Cuál es el rol de la esperanza?

Para Micaela Cuesta, investigadora, doctora en Ciencias Sociales y socióloga que se desarrolla en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de San Martín, una concepción más crítica de la felicidad debería evitar asociarla a un estado, a un objeto o a un bien. «Se puede definir la felicidad por lo que no es: no se agota en el alcance de un objeto», dice. Y suma: «Se debería evitar, desde una perspectiva crítica, que esa felicidad quede asociada a algo que se puede alcanzar a través del mercado. Los bienes de lujo también entran acá, porque supuestamente garantizarían haber alcanzado un determinado estado que redundaría en felicidad. Entonces, ni la mediación a través del mercado ni a través de la sociedad, tal como está estructurada actualmente, que es no igualitaria, sino asimétrica y mediada por formas de dominación y violencia, pueden definir la felicidad».

¿Entonces es correcto hablar de felicidad o infelicidad o habría que buscar otras formas de definición de lo que se experimenta? «No hablaría tanto de infelicidad sino de malestares, de formas de sufrimiento social que pueden ser interrumpidas por algunos momentos de felicidad», asegura Cuesta e identifica a su vez los posibles orígenes de dichos sufrimientos: «Los malestares contemporáneos tienen múltiples fuentes: están producidos por la incertidumbre, la falta de seguridad en el mundo del trabajo que se traduce en modalidades de precarización, explotación, pluriempleo que redundan en sentimiento de agotamiento que hacen casi invivible la vida», asevera.


Nadie es feliz solo
Desde esta mirada, la felicidad no parece estar tampoco vinculada a un repliegue en la interioridad, en el yo, que es lo que promuevan muchas de las ideologías del emprendedurismo actuales que se traducen en formas de autoayuda. Esto es así porque no es difícil darse cuenta de que hay pocas cosas que las personas pueden resolver solas. «Somos sujetos interdependientes y casi todas nuestras prácticas vitales están sujetas a esa interdependencia, que no es, como se nos quiere hacer creer, empobrecedora, sino potencializadora, habilitante –dice Cuesta–. Siempre se nos muestra una cara ominosa de la interdependencia, se dice que depender de otro «limita» la capacidad de expansión, de libertad o de existencia, cuando en realidad ocurre casi lo contrario: solo podemos realizarnos porque existen otros, otras, no solo sujetos sino también instituciones que permiten que podamos llevar a cabo aquello que identificamos con ser felices, o interrumpir formas de sufrimiento», advierte la investigadora. 

Para legitimar este pensamiento basta con pensar en las formas de trabajo. «Desde el feminismo podemos afirmar, a partir de investigaciones y prácticas, que no habría ninguna posibilidad de trabajar o vender fuerza de trabajo en el mercado si no existiera antes un trabajo no reconocido y mal remunerado que son los de cuidado y reproducción de la vida cotidiana», expone Cuesta. Históricamente, los griegos pensaban a la felicidad como un bien público, que la felicidad estaba asociada a la vida pública. Claro que quienes podían acceder a esa vida pública eran muy pocos: varones en general y pertenecientes a ciertos estratos sociales; el resto estaba excluido. Una de las primeras exclusiones, además de los esclavos, eran las mujeres.

Según señala Cuesta, hay algo de la vida política y de la participación en una comunidad que nos aproxima a la felicidad, cierto encuentro con lo diferente en uno que nos sorprende o nos hace reflexionar respecto de algo que no habíamos reflexionado antes, que involucran a un otro o al orden de la otredad. Lo cierto es que, desde su mirada, cuando las formas de vida posible se cierran sobre sí mismas o parecen agotarse, esto no puede conducir más que a formas de sufrimiento; cuanto más se empobrecen las expectativas de estilos de vida posible, más padecimientos ocurren en la vida de los sujetos. «En momentos de crisis, como los actuales, cuando se obturan esas expectativas, cuando reina la incertidumbre, cuando no se encuentran caminos viables para transitar las diversas biografías, es cuando más se habla de la felicidad, pero menos practicable se vuelve», advierte.


Sin resignación y con esperanza activa
Otro de los tópicos que aparece discursivamente, sobre todo en la dirigencia política, es la cuestión del «sacrificio» para luego alcanzar la supuesta felicidad, una especie de tierra prometida cuya conquista justificaría todo el malestar previo, un discurso ligado a cierta retórica religiosa, de carácter mitológico. Cuesta propone «pensar en otro sentido de la religión en el que sí exista algo del orden de la esperanza, más vinculada a volver a comunicarse con otros, religarse y generar comunidades no sacrificiales, sino igualitarias, donde la esperanza esté alojada en prácticas concretas, no como una sala de espera o una antesala de un estado futuro de salvación, sino como un hacer activo».

«La instalación del malestar en la sociedad solo puede beneficiar a los que dominan. Porque en general, esa instalación provoca la resignación, y la resignación lleva a una suerte de renuncia a la voluntad de transformación de aquello que causa el malestar. Es una forma de la indiferencia y, en algunos casos, de despolitización, o de politización reactiva o autoritaria. Quienes ocupan posiciones de formación de la opinión pública deberían cuidarse mucho de alentar esas formas de instalarse en el malestar, de promover cierto escepticismo o nihilismo ‒concluye la investigadora‒. La resignación solo puede llevar agua hacia el molino del statu quo, de las asimetrías, de las modalidades de dominación vigentes que son unas de las fuentes de donde brotan los malestares de la sociedad»,

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