1 de noviembre de 2026
La colaboración de funcionarios argentinos con la fuga de Flávio Bolsonaro y la negativa a reconocer el triunfo de Lula tensan la relación con el principal socio del país. Distanciamiento de la derecha local e impacto en los mercados.

Campaña. Milei y Flávio Bolsonaro en un acto del Partido Liberal en San Pablo, en julio.
Foto: Getty Images
El embajador Peter Lamelas lució en el rodeo organizado en el predio de La Rural una vistosa camisa con los colores de la bandera de Estados Unidos. Era la celebración –tardía, por cierto– del 250º aniversario de la independencia de ese país y la gala contó con la presencia de dirigentes políticos de La Libertad Avanza, algún que otro juez, embajadores y funcionarios del Gobierno nacional que no desentonaron con el ambiente más propio de una finca de Texas: se vio abundancia de los típicos sombreros cattleman y del gentilicio «americano» para referirse a lo estadounidense.
Tampoco la escena desentonaba con el espíritu de alineamiento automático del Gobierno de Javier Milei a deseos y necesidades de la Casa Blanca. Todo en un clima de enredos luego de que se hubiera facilitado la huida del excandidato presidencial brasileño Flávio Bolsonaro y se negara a reconocer oficialmente el triunfo de Lula da Silva del domingo anterior. Decisión esta que compromete la relación con el principal socio –no solo comercial– del país y de la que representantes de la derecha local buscan despegarse de manera ostensible.
Uno de los primeros de ese espacio en felicitar al presidente de Brasil por haber sido reelegido fue el expresidente Mauricio Macri, a horas de conocerse el resultado del balotaje. «Que su nuevo mandato traiga prosperidad y crecimiento para su país y también la región», ponderó el fundador del PRO. La respuesta de Da Silva en su red fue elocuente y al hueso: «Comparto plenamente el deseo de una región que trabaje unida por el desarrollo y la prosperidad de nuestros pueblos. Y recuerdo con nostalgia los tiempos en que diferencias circunstanciales entre nuestros países se discutían y se solucionaban de manera civilizada y republicana».
A estas expresiones de apoyo a la democracia habría que agregar las de todos los Gobiernos derechistas latinoamericanos, sin distinción. Si hasta el partido con el que se presentó a los comicios negó la posibilidad del fraude que esgrimió como excusa Bolsonaro Jr. para no reconocer el resultado. «Ni el Partido Liberal ni yo podemos afirmar que hubo fraude porque no hay pruebas de eso», dijo el jefe de campaña, Rogerio Marinho
A todo esto, los medios más influyentes de Brasil, léase O Globo y Folha de S. Paulo, caratularon como golpista a una carta de Flávio Bolsonaro publicada a su llegada a Estados Unidos. Un texto que tuvo tres revisiones –¿errores o mala praxis?– y que también indignó al Partido Liberal, de Bolsonaro. «Estamos sorprendidos, porque ayer conversamos de la necesidad de que Flávio, con 60 millones de votos que tuvo, asumiese el papel de líder de la oposición, que es importante», dijo Marinho.
Destratos cotidianos
Las relaciones exteriores que plantea Milei distan de ser las más convenientes para la Argentina, como es cada vez más evidente incluso para esos sectores del empresariado que más beneficios reciben de sus políticas y aplauden a manos rojas sus excesos discursivos. Su interés supremo no es algo que oculte. Está enfrascado en una «batalla cultural» que está fuera de las necesidades reales de la nación. De allí que hasta la senadora Patricia Bullrich saliera a dar una pirueta para mostrar sus diferencias, en el marco de su estrategia de mostrarse como la opción civilizada del modelo libertario. «Tenemos profundas diferencias políticas con el nuevo Gobierno de Brasil, pero nuestros países comparten una historia, intereses estratégicos y enormes oportunidades de cooperación», escribió en su cuenta de X.
Y sí, muchos de esos empresarios que se apuntan en primer lugar a cuanta conferencia asista el presidente tienen intereses en Brasil y nada los complicaría más que la ruptura de relaciones con el vecino. Algo que difícilmente ocurrirá en esta etapa definida como de «paciencia estratégica» por la diplomacia brasileña; pero habrá de reconocerse que la jugada de abrir las puertas para la fuga Bolsonaro en un avión privado de una firma vinculada a escándalos de diversa índole, y haberse jactado de una operación de inteligencia coordinada con Estados Unidos, no es una buena carta de presentación. Más todavía cuando, por otro lado, el Gobierno intenta aprobar una Ley de Defensa de la Soberanía a la que ya tuvieron que cercenar su alcance a pedido de Washington.
¿Todo vale?
Aunque también es verdad que en estos tiempos, cruzados por las extremas derechas y el «todo vale», parecieran haber pasado de moda la diplomacia y las buenas formas; pero en cualquier circunstancia, una intromisión tan descarada a la larga puede tener consecuencias, por más que esas disputas no incumban a la relación entre los pueblos argentino y brasileño. Ya bastante había con las disputas futbolísticas o incluso con algún que otro choque de índole racista, y no por parte del vecino precisamente.
Por ejemplo, ¿qué piensan los mercados de esta situación? Bloomberg se apuró a destacar que «el jet privado en el que Flávio Bolsonaro y su familia viajaron a Miami es operado por una empresa envuelta en un escándalo de corrupción que atrapó al presidente argentino Javier Milei».
Fue así que las acciones argentinas bajaron en algún caso hasta 15%, mientras que el riesgo país trepó a más de 760 puntos.
Cuando todavía esas aguas no están calmas, este martes el principal apoyo internacional de Milei, Donald Trump, enfrenta una crucial elección de medio término. Y un días más tarde el inquilino de la Quinta de Olivos tiene previsto viajar nuevamente a España para la XXX Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno, según el canal TN.
Lula había avisado que no iría por «problemas de agenda», pero Pedro Sánchez es el anfitrión. A todo esto, Milei sí envió un mensaje de felicitación a Benjamin Netanyahu por el resultado de la elección del martes que pasó, aunque aún es prematuro asegurar que el primer ministro israelí pueda conseguir los apoyos parlamentarios para ser ungido nuevamente.
