De cerca

El mundo cabe en un acordeón

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Mariano del Mazo

A partir de su propia obra y de versiones que van de Tránsito Cocomarola a Spinetta, el Chango Spasiuk la da vida al espectáculo Mundo Chango. La música como un espacio de encuentro, reflexión y resistencia.

Foto: Juan Quiles

Se pasea por el departamento que utiliza de oficina con mate y termo. Tiene boina («al estilo del Che», diría Joaquín Sabina) y una remera negra con la leyenda «Allá Ité». El ambiente –dominado por algunos libros, un piano eléctrico y dos sillones– ostenta un desorden manejable. Estamos en el corazón de Villa Urquiza, a metros del célebre estudio de grabación de Luis Alberto Spinetta. Chango Spasiuk luce, como siempre, algo eléctrico y descontracturado. Está contento: el viernes 6 de noviembre vuelve al Coliseo con su espectáculo Mundo Chango, en el que revisita su propia obra y reúne, como suele ser habitual en él, tradición, vanguardia y búsquedas varias. Pero también, dice, propone algo más: «Hacer de la música un espacio de encuentro, reflexión y resistencia frente a la aceleración del mundo». Su discurso se escucha, también como siempre, sereno y místico.

–¿Qué te impulsa hoy a seguir haciendo música?
–Me tracciona todo el camino recorrido. Hay tanto material, tanta información acumulada, que me gusta sentarme, mirar lo que construí y reelaborarlo. Mientras hacía mis discos no siempre tuve la oportunidad de compartirlos de la mejor manera. A veces hacía buenos discos, pero no tenían una buena producción o no tocaba en lugares donde sonaran bien. Entonces miro hacia atrás y pienso qué canciones de Polcas de mi tierra o de Pynandí merecen volver a mostrarse. También ese chamamé tradicional, antiquísimo, con el que aprendí a tocar el acordeón, merece ser compartido con el ensamble que tengo ahora. Mundo Chango tiene que ver con eso: presentar algo que antes no pude mostrar en toda su dimensión.

–Son todas versiones, ¿no tenés música nueva?
–Sí, sí. No es que no tenga música nueva, pero siento que hay composiciones e ideas que merecen ser revisitadas. Cada vez que vuelvo a una obra descubro que puedo explorar otros costados. A veces encuentro algo que no había tenido en cuenta y que conserva su potencia; otras veces creo que una idea se agotó y la dejo atrás.

Foto: Juan Quiles

–En tu música conviven la tradición y la vanguardia, lo popular y la experimentación. ¿Cómo se relacionan esos universos?
–Para mí no hay diferencias. Hay cosas más abstractas y otras absolutamente simples, pero están cohesionadas. Puedo pasar de Tránsito Cocomarola a Spinetta con naturalidad, de «Kilómetro 11» a «Seguir viviendo sin tu amor», sin sentir que salto entre mundos incompatibles. Es como la comida: pasás de un sabor a otro y no necesitás preguntarte si tienen algo que ver entre sí. Si algo es sustancioso y te hace sentir bien, aparece un punto de conexión. Para un músico, esa flexibilidad es un ejercicio creativo. También permite sacar al acordeón del cliché de que solamente puede tocar un pasodoble, una tarantela, un cuarteto, una musette o un chamamé. Mirá: cuando me invitaron a tocar en la Kermesse Redonda me dieron ganas de hacer «Motorpsico». ¿Por qué no? Tiene una melodía y una armonía hermosas. Lo podés tocar con el acordeón y encontrarle otra dimensión. ¿Qué tiene que ver eso con Cocomarola o con Tarragó Ros o con mis propias composiciones? No lo sé, pero no necesito encontrar una explicación. Muchas veces me caben más las preguntas que las respuestas.

–¿Cómo nació Mundo Chango?
–El concepto nació a partir de un cuadro de un artista plástico de Santa Fe. Era una pintura hecha con tierra colorada, con un niño en el centro, los brazos abiertos. Era una imagen muy bella. Sentí que ese niño era una representación de mí. Pensé: qué lindo, tengo que hacer un concierto alrededor de esta idea. Un chango, un mundo… Mundo Chango. Después conocí las máquinas de animación de Martín Schachner. Me enamoré de esos dispositivos y le propuse que hiciera una máquina para el concierto, algo que pudiera estar sobre el escenario y que el público viera funcionar. Martín diseñó una máquina enorme, capaz de generar imágenes durante las dos horas de un concierto. Él la llama «Animáquina», yo le digo «la máquina de hacer pájaros». La incorporé y ahí empezó a tomar forma ese mundo. ¿Qué contiene? La música que hice para cine, la búsqueda, la belleza, el camino recorrido, el acordeón, la música de cámara, la música cantada y los compositores que amo. Son más de cuarenta años tocando el acordeón.

–En un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa, ¿cómo queda en perspectiva ese Mundo Chango?
–Me pregunto qué significa que el mundo cambie tan rápido. ¿Somos un mundo que cada vez lee menos y tiene menos pensamiento crítico? Seguramente. ¿Creemos que la calidad de vida se mide por la capacidad de consumo? Hace poco vimos ese auto de Elon Musk que toma una rampa, vuela y después aterriza con turbinas. ¿A quién carajo le interesa un auto así? Para mí, calidad de vida es tomar agua pura, abrir la canilla, caminar por una calle con árboles nativos, comer fruta que no haya sido manipulada hasta el punto de dejar de ser un alimento saludable. Eso sería desarrollo. Tal vez el mundo cambie muchísimo en sus formas, pero después, en nuestra intimidad, cuando conseguimos abstraernos de esa neurosis o esa hipnosis colectiva, seguimos necesitando belleza. Por eso creo que un concierto puede ser un lugar para preguntarnos qué cosas nos ayudan a mantenernos a salvo. No tengo una respuesta ni pretendo dar consejos. Es una invitación a pensar juntos. Me gusta una frase de Lucrecia Martel: caminar y conversar en un destino común. ¿Hay algo mejor? Un concierto puede ser un espacio de conversación. O un lugar de resistencia, un remanso donde desenchufarse durante un par de horas.

–Sos muy consciente de las tradiciones y de los músicos que te formaron. Siempre los mencionás.
–Porque todo esto es una historia, una construcción. Nadie hace algo de la nada. El otro día vi un video del Branford Marsalis en el que contaba que estudiaba a John Coltrane porque quería tocar el saxo como él. Un hombre mayor le dijo que, si quería tocar como Coltrane, tenía que escuchar la música que Coltrane había escuchado. Estaba empezando por el techo y no por los cimientos. Cuando nombro a Isaco Abitbol, a Yupanqui, a Spinetta, a Ginastera, a Piazzolla, a Gismonti o tantos músicos del litoral, estoy nombrando esos cimientos. Uno está hecho de muchos pedazos y, entre todos los rostros que forman ese universo sonoro, busca el propio. Cuando hacía Pequeños universos, por Canal Encuentro, entrevisté a Alejandro De Raco, un maestro de piano que formaba a muchos concertistas. Dijo algo brillante: «En este piano está el sonido de todos los pianistas del mundo. Ahora vamos a trabajar para encontrar el tuyo».

Foto: Juan Quiles

–En relación con estos tiempos, ¿cómo te afectan los discursos de odio?
–Es un momento muy complejo. A veces ni siquiera conseguimos ponernos de acuerdo dentro de nuestra propia familia: hermanos que ven los mismos acontecimientos y los interpretan de maneras diferentes. Escuché hablar hace poco de la «disonancia cognitiva»: cuando una creencia fuerte choca con una realidad que la contradice, muchas veces la persona no modifica su punto de vista, sino que se enoja con la realidad y refuerza su creencia. Es un mecanismo poderoso. También me pregunto qué consideramos violencia. Se lleva a la gente al límite de la explotación y, cuando reacciona, esa reacción aparece como el problema. Después nos preguntamos por qué no hay diálogo, mientras la violencia que se ejerce desde las estructuras de poder es enorme. Las plataformas y las redes nos mantienen bastante adormecidos e hipnotizados. Frente a eso, me pregunto qué pequeña acción puedo hacer. Tal vez no tenga impacto en lo macro, pero igual tengo que hacerlo. Me gusta esa frase atribuida a Martin Luther King: «Aunque mañana se acabara el mundo, igual me levantaría a regar mi manzano». Los sufíes tienen una expresión parecida: «Confía en Alá, pero ata tu camello». Hay cosas que dependen de nosotros y tenemos que hacernos cargo. Vuelvo a la idea de Lucrecia Martel: caminemos, hablemos, encontrémonos. No me alcanza la energía para entender todo lo que sucede en el mundo; pero sí puedo preguntarme cómo camino esta cuadra hasta encontrarme con alguien, cómo llevo adelante mi vida cotidiana. Y desprenderme cada vez más de mis prejuicios.

–¿Sos prejuicioso?
–Cada vez menos. Me acuerdo de cuando hice Polcas de mi tierra, a fines de los años 90. Pensaba que era un disco que iba a escuchar solamente la colectividad ucraniana, gente como mis padres, que tocaban esa música en la carpintería, o personas vinculadas con los ballets tradicionales. Una vez viajaba en el subte B y había una pareja de chicos completamente tatuados, con piercings en la cara, que no dejaban de mirarme. Me daban miedo. Me bajé en Ángel Gallardo y ellos se bajaron detrás de mí. Pensé: «¿Qué carajo pasa acá? Estos me la ponen». De pronto se acercaron y me dijeron: «Chango, qué buen disco Polcas de mi tierra. ¡Cómo lo disfrutamos!». Empezaron a hablarme de detalles del álbum, de la caja de madera y de los instrumentos. Me sentí un imbécil. Esos tipos habían desarmado mis prejuicios de una manera hermosa. Yo había supuesto que esa música pertenecía a un mundo muy específico y ellos me demostraron que podía llegar a personas con las que nunca habría imaginado conectar. Siempre vuelve a mí esa imagen. Nunca sabés quién está caminando a tu lado ni qué te puede enseñar. Trato de revisar mis prejuicios, aunque sé que los tengo. Es un esfuerzo cotidiano. Otra vez, Lucrecia: lo que está a mi alcance.

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