De cerca

La honestidad brutal de Feli Colina

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Juan Ignacio Babino

Con una impronta urbana y pop que abreva en las raíces de la música argentina, la cantautora discute con su tiempo en La otra mejilla, un disco catártico atravesado por la furia. Búsqueda, intuiciones y certezas.

Foto: Jorge Aloy

La verdad sea dicha: Feli Colina tiene en su haber pocos pero buenos discos. Sobre todo si se vuelve la mirada y la escucha sobre El valle encantado/Lxs infernales, donde con firmeza y arrojo se metió con el cancionero folclórico y popular, y La otra mejilla, editado recientemente. Hay una búsqueda propia que ya asomó, más pronto que tarde. La otra mejilla tiene un fuerte pulso narrativo. No es una obra conceptual, pero bien podría serlo. Un personaje recorre todas las canciones, se transforma, cabalga sobre la furia, termina bajo cierto manto de calma. Golpes a una puerta, gritos, estallidos, cantos suaves, susurros, el trinar de unos pájaros. Esa es la parábola.

La cantautora encuentra que no se diferencia tanto de sus trabajos previos. «Excepto Lxs infernales, que es un disco de versiones y es como una isla, siempre les pienso una narrativa. Este por ahí se entiende un poco más porque usé mucho foley», dice, en referencia a los efectos de sonidos cotidianos usados en la grabación. «Es como que siempre es el mismo cuento, pero con distinta temática. «Feroza» por ahí era más sobre una ruptura amorosa, «El valle encantado» una relación con la inspiración y con la música misma y «La otra mejilla» es una conversación conmigo misma, con mi estructura psíquica».

Se podría aventurar, entonces, que es su disco catártico. Un trabajo cargado, quizás pop, quizás urbano, barroco lírica y tímbricamente (guitarras, coros, bajos, contrabajos, teclados, pianos, batería, percusiones, voces, samples y ruidos y más ruidos). La cantante por momentos suena enfermiza, con letras que alcanzan cumbres como: «Veo parlamentos y reyes ungidos volviendo a subir y bajar» («Amituofo»), «La flecha se cree dueña del indio y la hazaña» («Ingrata»). En ese marco, se permite citar e interpretar libremente a Fernando Pessoa o hacer una versión de «Demasiado nada» de Flema.

Si en sus anteriores trabajos las referencias estaban más a mano (el Cuchi Leguizamón, Sandro) esta vez los sonidos remiten a rarezas de aquí y, sobre todo, de allá. Cositas que escuchó en la web, alguna cantante árabe, punk berlinés, rock progresivo de Japón. Ella menciona a Björk y también a los Fabulosos Cadillacs de Fabulosos Calavera. Todo eso definió el sonido del álbum, que contó con la producción de Nan Q e invitados como Clara Cava, Chechi de Marcos, La Piba Berreta y Florián Fernández Capello, su pareja.

Foto: Jorge Aloy

–¿La otra mejilla discute con su tiempo?
–Yo creo que sí. Mi intento es ser lo más honesta posible a nivel emocional, intelectual. Soy una persona 2026, siglo XXI, entonces estoy atravesada por lo que está pasando cultural, políticamente: lo que pasa en el mundo me afecta. Y eso después es materia prima para estas canciones. Entonces supongo que hay una relación no intencional, aunque tampoco tengo nada en contra de que así sea. No es que dije «bueno, voy a retratar un poco la época», pero ojalá que se transparente.

–El personaje del disco finalmente pareciera encontrar cierta calma hacia el final.
–Está vencida por lo menos. Vencida y con ganas de recuperarse.

–¿Vencida?
–Sí. Es como que está impuesto el ganar, ¿no? No se habla tanto de lo hermoso que es perder. O sea, entregarse a la derrota es muy poderoso. Lo duro es cuando todavía está agarrada del orgullo. Y no se suelta y se sigue protegiendo ese escombro que le queda; pero cuando ya no tiene ni eso ni nada, y se vence uno frente a la cosa, es muy liberador y muy poderoso.

–¿Entraste de una manera a la grabación y saliste de otra?
–Sí, sin dudas. Entré furiosa y salí mucho más tranqui. Estoy hablando de un período de cuatro años, no es que entré así de neurótica a grabarlo, pero el proceso emocional y psicológico fue así. Fue potente esa crisis, la verdad. No sé si antes había sentido una frustración, una pérdida de sentido tan intensa, con esa ira.

–Hay algo en las letras, en la manera de cantarlas, de declamar, que hace pensar en la payada, en ese modo de escribir y decir.
–Varias veces me preguntaron por estas cosas más declamadas, más dichas. Y creo que es argentinísimo eso. No sé, yo la escucho a Tita Merello y ella canta así: hablando, está como performeando, actuando. Atahualpa, en algún punto, también. Bueno, Jaime Dávalos, que tiene esos discos que son un poema y una canción, uno y una. Hay un disco en vivo del Cuchi, que tres cuartas partes de la canción es el Cuchi hablando, charlando. Y siempre se dice que los argentinos somos habladores, que somos discurseros, que somos conversadores. Siento que es una de las cosas más argentinas que tiene mi música. Siempre está esa cosa de decir, porque es, para mí, lo nuestro. O sea, psicoanálisis, poesía y canciones.

–¿Sos metódica al momento de componer?
–Yo creo que estoy todos los días de mi vida pensando en un disco. Desde que salió La otra mejilla ya estoy curiosa de qué va a pasar después, pero sentarme a componer, no lo hago mucho. De hecho, yo no descarto canciones, prácticamente: las que termino son todas las que están en los discos.

–Alguna debe haber quedado afuera.
–Alguna que otra. Cinco deben haber quedado descartadas, diez, como una barbaridad. No soy muy trabajadora, esa es la verdad. Soy trabajadora de mi interior, pero no soy tan metódica. No es que me siento, escribo y no me gusta tanto y al otro día lo vuelvo a escribir. Muchas veces continúo letras con otros porque escribí un trecho y después, cuando me quiero sentar, algo suena rígido cuando hago la tarea. Y ahí son tirones de cosas que obviamente vengo sintiendo, interpretando, masticando, observando, pensando. Ese trabajo sí está, el de percibirme a mí y al mundo. Y reflexionar, conversar y todo eso. Por lo general, previo a entrar al estudio, yo tengo intuiciones y accidentes. Por eso tardo tanto tiempo de un disco a otro, porque me paso dos años de observar intuiciones, pero ya el cuento que trae sí lo identifico en el momento previo de plasmarlo. Los grandes trazos ya están. Obvio que el disco se resignifica a la hora de la producción y yo lo sigo entendiendo después de que sale.

Foto: Jorge Aloy

–Si se repasa tu recorrido, se deduce que no hay apuro.
–No, la verdad que no hay apuro. Llega un momento en el que sí, o sea, cuando al año y medio de que saqué un disco y no hay ni una idea que me haya agarrado otra vez, me puedo preocupar. Todavía no me pasó algo así durante tanto tiempo. Bueno, El valle encantado se trata de eso, en verdad. De que no me llegaba esa idea, había tenido un puñado de canciones feroces y pensaba que no iba a tenerlas nunca más. Y había una desesperación con eso; pero un apuro «industrial» o con los tiempos del mundo, la verdad que no. No sé cómo seré en otros niveles. Si mañana soy recontra mainstream y están a la espera de algo nuevo, no sé qué me pasará. Por ahora creo que entre mi público y yo tenemos un entendimiento de mis ritmos.

–En este disco volvés a trabajar de manera independiente, después de haberlo hecho con sellos grandes. ¿Te reconocés como artista independiente?
–En este momento me reconozco como artista independiente, pero no tengo una militancia al respecto. Simplemente es la mejor opción en este momento. Sí creo que hay una tarea de reformularse de parte de los sellos, porque la industria está cambiando mucho.

–Junto con las colegas que participan en el disco y otras como La Valenti o Juana Aguirre, ¿te sentís parte de una escena?
–En algún punto, sí; en otros puntos, no tanto. Creo que soy de mi época y sí, hay muchos artistas haciendo cosas muy interesantes: las chicas que participaron en el disco, también las que acabás de nombrar. Son proyectos que me encantan.

–Recién nombrabas al Cuchi, a Yupanqui, a Tita Merello, a Dávalos. ¿En ese acervo de la música popular encontrás tierra fértil?
–Creo que sí. Cuando voy a buscar en mi interior, por supuesto que está mi cultura, la tierra donde nací y el contexto donde me crié. Y eso forma parte de mí, inevitablemente. Las referencias no me nacen así, en el sentido de que escuché tal cosa y quiero replicarlo tal cual; pero cuando me pongo en contacto con mi modo, eso aparece. Vamos a ver si en las próximas creaciones eso sigue apareciendo.

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