6 de noviembre de 2026
El jurado del premio Almadía Ventosa-Arrufat destacó las virtudes literarias de la novela ganadora, pero un programa detectó que había sido escrita con tecnología generativa. Humanos, máquinas y polémica.

De pronto, un concurso literario se transformó en una pesquisa policial o algo así. Con su crimen, su sospechoso y sus procedimientos para reunir pruebas. La historia –que aspira a escándalo– comenzó cuando el diario español El País denunció que la novela Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, ganadora de los 20.000 euros del premio internacional Almadía Ventosa-Arrufat, está escrita con inteligencia artificial. Y aquí entra el detective tecnológico: el hallazgo de esta violación a las normas expresas del concurso lo hizo Pangram, una herramienta de IA diseñada para detectar textos producidos por máquinas. Casi un duelo de robots.
Las reacciones siguieron más o menos este orden. En principio, la editorial mexicana Almadía anunció que haría su propia investigación para determinar si la acusación tenía asidero, al tiempo que suspendió las presentaciones de la obra previstas en España. Por su parte, Silva Rojas publicó su descargo en el que desmiente enfáticamente haber hecho la trampa que se le imputa. «Soy el autor de Donde el agua trabaja. Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla», explicó en un texto difundido en sus redes sociales.
En paralelo, un grupo de escritores (Juan Villoro, Mariana Enríquez, Andrés Barba y otras 20 firmas) redactó una carta en defensa del sello mexicano. Allí destacan «el rigor en la construcción de su catálogo y la meticulosidad en el trabajo con cada libro», a la vez que afirman que el premio otorgado a Silva Rojas («un autor hasta entonces desconocido») no responde «a ninguna estrategia comercial ni a ningún interés de la editorial». A diferencia, deslizan, de cómo se conducen otras editoriales, que digitan los ganadores de sus certámenes.
En efecto: aun producto de la tracción a sangre, muchas obras que obtienen premios cuantiosos en billetes (que no tanto en prestigio) son meras operaciones comerciales a las que no roza denuncia alguna, quizá porque es un mecanismo naturalizado. De todos modos, el caso Almadía, antes que invitarnos a reconsiderar la validez de los concursos literarios (y la honestidad de sus criterios), nos interroga sobre el lugar de la IA en la literatura.
El reconocido jurado que premió a Silva Rojas entre más de 2.000 concursantes (la mexicana Cristina Rivera Garza, la argentina Selva Almada y la ecuatoriana Mónica Ojeda) remarcó las sutiles virtudes de El trabajo del agua en los fundamentos de su elección. De manera que, si la investigación en curso concluyera que la novela es una creación de la IA, acaso cabría una sanción para el autor (resignaría su galardón), pero quedaría intacta la apreciación estética de la obra.
De modo que habría un juicio moral y no literario, algo impropio de un tribunal artístico. Un verdadero dilema.
Narrativa algorítmica
A pesar de que la IA tiene un uso extendido en el mundo editorial (es cierto que no siempre se dice en voz alta), el affaire que nos ocupa parece ventilar el temor de que la narrativa «algorítmica» compita con la humana y además la supere. Lo que perturba quizá no es el supuesto fraude de un escritor, sino la posible excelencia de una máquina, tanto en la labor artística como en la mímesis indetectable.
«El simulacro siempre produce terror, el miedo a que sustituya al original, a la «cosa verdadera»», dice el escritor Daniel Guebel. «De ese terror viven los peritos de arte, que detectan cuando una pintura es original o falsa. El caso en cuestión pone en juego algo más interesante que la detección de un libro escrito por un dispositivo tecnológico: que solo una máquina sea capaz de descubrirlo». Así como los formalistas rusos intentaban definir con precisión científica cuál es el carácter distintivo de la literatura, quizá ahora haya que invertir idéntico empeño en hallar el gen humano. La pregunta es: ¿para qué lo haríamos? Sigue Guebel: «Los exámenes sobre la pureza del esfuerzo humano en la creación resultan inquisitoriales.
Las formas literarias, los procedimientos, están siempre atravesados por las formas en que se usan los saberes adquiridos, y hasta es posible que un buen escritor pueda hacer un buen libro utilizando los recursos que proporciona la IA, que no es más que una aplicación externa destinada a ahorrar tiempo».
Quizá la discusión (¿ética?, ¿estética?) se concentra en el grado de auxilio que proporcionan los dispositivos. Una cosa es apelar a la IA para reducir esfuerzos engorrosos de búsqueda y otra que te hagan la novela de punta a punta. Que sería una forma sofisticada del plagio, pues lo que procesa la máquina es una inconmensurable memoria literaria, léase trabajo ajeno. En estos planteos parecen resonar los argumentos que se han enarbolado para hablar en términos negativos de la música electrónica o del arte híbrido en general.
Dice Mercedes Halfon, escritora, periodista y docente: «Uso IA para tareas tontas y aburridas como el orden de una bibliografía, el estilo para un CV, la reducción a doscientos caracteres de un proyecto kilométrico; pero tengo la versión gratis, porque prefiero seguir siendo la más inteligente de las dos. No quiero que me confunda. No quiero perder de vista que es una gran bolsa de lugares y sentidos comunes. No quiero ponerla en un altar. Como a ningún humano tampoco». A su vez, Halfon advierte sobre la falsa neutralidad de la intervención tecnológica: «Las IA son de empresas, así que sus servicios siempre esconden intereses comerciales. Es como tener un amigo un poco interesado».
Especialista en tecnología, la periodista y escritora Natalia Zuazo señala que existe la posibilidad de una narrativa algorítmica indiferenciable de la humana. «Porque no toda la literatura humana es interesante, bella y bien escrita», advierte. Lo que Zuazo se pregunta es «qué sentido tiene hacerle escribir a la IA algo que es tan tuyo como un libro. Porque en el batallón de escritores no best sellers, donde me encuentro yo y la mayoría, sabemos que no escribimos por plata, que lo hacemos porque queremos decir algo, por la razón que sea. No importa si los lectores se dan cuenta, aunque para mí sí lo hacen. Creo que le quitamos lo poco que nos queda a nuestra voz si la reemplazamos por la máquina».
De todos modos, conocedora del paño, Zuazo cree que no hay que alarmarse ni andar por ahí «botoneando a la gente». Explica que «siempre hay un momento de cambio y luego uno de estabilización con la tecnología». En un momento la perplejidad cede y se establecen ciertos protocolos de uso. Quizá se trate nada más que de prevenir al lector. Por lo menos, habría que empezar por ahí.
