31 de agosto de 2025
¿Qué sabrán en el futuro sobre su nacimiento y su historia los niños y niñas gestados «por sustitución»? El derecho a la identidad, el lugar de las gestantes y otros interrogantes sin respuesta.

¿Qué pensarán dentro de unos años los niños nacidos por gestación subrogada sobre los relatos y explicaciones de sus padres? ¿Con qué palabra se referirán a la mujer que los gestó? Recientemente el tema adquirió notoriedad cuando el conductor Marley habló públicamente de las decisiones que tomó durante el parto de su hija, gestada por esta modalidad.
Entre los múltiples debates en torno a la gestación por sustitución hay uno que parece menos abordado: cómo impactará en las hijas y los hijos nacidos por subrogación. En un país como la Argentina, donde la lucha por la identidad es una pieza clave de la historia reciente, el tema resulta por lo menos álgido.
«Cuando empezaron las nuevas tecnologías reproductivas, desde la antropología ‒donde el estudio del parentesco es tradicional‒ se hacían preguntas como qué va a pasar con esos niños gestados con semen de un padre que murió diez años antes de que ellos nacieran, por ejemplo. Son cosas para las que la sociedad no está preparada, porque va más rápido la tecnología que la ley y que nuestra cabeza. Ahora tenemos que pensar qué es una madre, cuando la reproducción está fragmentada: ¿Es la que dona los óvulos? ¿La que da el medio? De ahí viene las frase “las mujeres no somos vasijas”. ¿Y la que da ambas cosas? ¿Y la que no da nada de eso pero cría? Son temas espinosos que se usan de acuerdo a estés en contra o no», plantea Mónica Tarducci, antropóloga y directora de la Maestría en Estudios Feministas de la Facultad de Filosofía de la UBA. Insta a tener en cuenta que «los temas que involucran a la familia y la maternidad también están ideologizados. Las derechas, que aman a la familia y siempre fueron partidarias de una familia biológica, en la dictadura arrancaban hijos biológicos de madres “subversivas” para dárselos a otros».
Verdad y consecuencia
A principios de julio el canal TN contó la historia de Perla Federmann, una mujer argentina que gestó mellizos para una pareja de varones australianos, a cambio de 12.000 dólares. Contó su caso como una experiencia feliz y dio cuenta del vínculo que construyó con los dos padres, con quienes un año después del parto sigue en contacto y de quienes recibe fotos de los bebés. Un mes antes se había publicado en el portal Vayainamag una entrevista a Olivia Maurel, vocera de la Declaración de Casablanca que brega por la abolición de la gestación por sustitución. Allí cuenta su propio caso y el dolor que le causó no conocer su verdadera historia, hasta descubrir que no era hija biológica de quienes la habían criado y que había nacido por subrogación.
Las de Perla y Olivia son solo dos entre las múltiples historias recientes en torno a la gestación por sustitución. Algunas con final feliz. Otras, no.
Quien entrevistó a Olivia fue la escritora Paula Puebla, autora del libro El cuerpo es de quien recuerda (Tusquets, 2022): una trama entre tres mujeres atravesadas por esta práctica. Una de ellas es la joven Rita, obsesionada por conocer y entender su origen. La identidad y su búsqueda tienen en esta novela sobre subrogación un lugar clave. Pero, en la mayor parte de las discusiones sobre el tema, no.
«No considero que se dé poco espacio para pensar el lugar de los hijos e hijas nacidos bajo la contractualidad de la subrogación. Considero que directamente se cercena esa posibilidad. Es “cosa de adultos”, es el “deseo de los mayores”, es una “decisión tomada”. En ningún caso creo que aparece la formulación de la pregunta sobre esos bebés o sobre los niños, adolescentes y adultos en los que se convertirán esas vidas surgidas en la firma de un contrato», opina Puebla en diálogo con Acción.
Sigue: «Casi como si a lo que apuntara la subrogación de vientres es a satisfacer una necesidad, un deseo, sin importar sus consecuencias. Y, en este caso puntual, son consecuencias muy profundas que pueden herir a una persona que de ninguna forma suscribió un consentimiento para nacer. Muchos podremos decir que tampoco lo hicimos, pero en general no somos producto de un intercambio comercial transaccional, reglado, dividido en cláusulas. Somos producto de una relación humana».

En pantalla. Marley y Luciana Salazar, dos de las celebridades argentinas que recurrieron a la gestación subrogada.
Foto: Captura de pantalla
Cuestión de identidad
A principios de junio se conoció una noticia judicial de la provincia de Salta sobre la autorización de una gestación por sustitución para una pareja que tendría a su bebé en el vientre de una amiga. En la sentencia, la jueza de Primera Instancia en lo Civil de Personas y Familia de Quinta Nominación Alejandra Diez Barrantes estableció que, si el nacimiento del bebé se concretara, «se intima a las partes a que se le haga saber al o la mismo/a cuando tenga el grado de madurez y edad suficiente el origen de su gestación». Se cumpla o no, la exigencia expone una complejidad de la que poco se habla.
«En Argentina la adopción está pensada como buscar la mejor familia posible para ese niño, niña, adolescente. La lógica de la subrogación es otra: satisfacer el deseo –genuino– de otra persona de tener un bebé. Todo esto es muy reciente, estas personas (hijas e hijos) están teniendo edades en las que están empezando a reflexionar sobre su vida, sus orígenes. Nuestro país tiene mucha historia al respecto, no es un tema para soslayar», advierte Mariana Cristina, filósofa (UNSAM) y magíster en Bioética (FLACSO). «Dependiendo de cómo haya sido ese acuerdo, si fue algo de altruismo, la narrativa y la verdad pueden ser una. Habrá que ver qué pasa si hubo una transacción económica, cómo eso es vivido», analiza.
«No sé cómo es el caso de los niños que nacen a través de esta técnica, si les dicen, cuánto les dicen, cómo les dicen. Pero no saberlo ya es un tema en sí mismo. Que conocer tu origen dependa de lo que te digan los otros sabemos cómo termina. En el caso de Olivia, la chica de la entrevista, siempre sospechó que ella no era hija “natural” de esos padres, que había algo raro, algo que no le cerraba. El camino que recorrió para reunirse con su verdadera identidad fue muy solitario y en contra de lo que le habían enseñado. Es distinto el caso, por ejemplo, de Felipe y Martita Fort. Ellos supieron que eran hijos subrogados desde pequeños. Lo que no sé es si conocieron a su madre gestante, si alguna vez quisieron, si alguien se negó, si la buscaron», dice Puebla.
Vínculos y óvulos
Si poco se habla de la cuestión de la identidad de los bebés nacidos por subrogación, menos aún de la construcción del vínculo (o no) entre la persona que gesta y el feto que porta nueve meses. «En uno de los primeros contactos que tuve con una clínica, en una charla abierta en un centro de fertilidad, quedé sorprendida porque por un lado sabemos que en todo embarazo se trata de promover el vínculo, hablarle. Pero en el caso de la subrogación se busca que se disocie: que sea una gestante o portadora y sepa que no tiene que generar vínculo afectivo», indica Cristina. «Cuando en el feminismo ponemos el foco ahí, te dicen “estás romantizando el vínculo materno-fetal”. Pero, ojo: ¿para algunos casos recomendás una cosa y cuando esta práctica se introduce en el mercado recomendás otra? ¿Cómo es?», se pregunta la investigadora.
Señala que las primeras subrogaciones se hacían con técnicas de reproducción asistida de baja complejidad, en las que las mujeres aportaban el óvulo además de la gestación. Luego, con la técnica in vitro, quien gesta ya no aporta carga genética: solo el útero. «A partir de esto la cuestión genética se resuelve, pero no la vincular», advierte Cristina. Entre las mujeres que entrevistó, ese recorrido dejó huellas diversas: «Están las que la pasaron bastante bien y están las que después celebran –en ausencia‒ los cumpleaños de ese bebé que entregaron. Hay narrativas de todo tipo».
La inquietud que surge –señala Cristina‒ es qué tipo de vínculo social se está propiciando. «Creo que se está propiciando un vínculo que pone a cierto grupo de mujeres o personas con capacidad de gestar en el rol reproductor. Incluso bajo el argumento de la libertad reproductiva, pero pensada solo para determinadas personas. Cuando empezás a pensar qué van a hacer las mujeres que gestan para otras con el dinero, es para mejorar la vida de su familia, mejorar su casa, quedarse en su casa cuidando a sus hijos. ¿De qué libertad reproductiva estamos hablando? ¿No estamos volviendo a ponerlas en ese rol doméstico, de cuidados? Es muy complejo».