20 de enero de 2026
El 75% de los incendios forestales son causados por actividades humanas, sea de manera intencional o por negligencia. Causas y responsables de la catástrofe que arrasó con los bosques de la Patagonia.

Puerto Patriada, Chubut. Los daños materiales y ambientales son difíciles de calcular.
Foto: EGMfotos/Agustín Gonzalez Gamarra
Los incendios forestales fuera de control que desde hace semanas arrasan con vidas, naturaleza e infraestructura en la Patagonia argentina y chilena actualizan el debate sobre la incidencia del cambio climático en la frecuencia y gravedad de eventos extremos, así como sobre el papel que deben jugar los Estados frente a esto.
Se estima que, a nivel global, el 75% de los incendios forestales son causados por actividades humanas, sea de manera intencional o por negligencia. En contextos de sequía y altas temperaturas, una fogata mal apagada, una colilla de cigarrillo o una quema sin control pueden desencadenar tragedias irreversibles, destacan desde la Fundación Vida Silvestre.
El panorama del lado argentino de la Cordillera es desolador, desde muchos aspectos y registros de análisis. Solo la lluvia pudo terminar de apagar una parte de los focos que se multiplicaron en varias provincias del sur, con Chubut como epicentro. En un escenario marcado por un clima cada vez más extremo, el esfuerzo sobrehumano de brigadistas y bomberos no parece suficiente, ya. El abandono que el Estado nacional viene haciendo de las herramientas que ‒con enormes deficiencias‒ habían sido puestas en marcha para enfrentar las temporadas de incendios no hace más que agravar la situación general. El desfinanciamiento y la subejecución de las partidas destinadas al manejo del fuego, la escasa información oficial sobre hectáreas quemadas y la intención de avanzar en cambios normativos que harán aún más endeble la protección de estos ecosistemas configuran un panorama más que oscuro para el futuro cercano.
10 años de sequía
Casi a la par del fuego en Argentina, noticias graves comenzaron a llegar desde Chile, donde la existencia de un Ministerio de Ambiente robusto a cargo de una funcionaria con amplia trayectoria en el tema (Maisa Rojas Corradi, climatóloga y doctorada en Ciencias Atmosféricas) no parece ser suficiente para controlar situaciones como los incendios que se desataron en las regiones sureñas de Ñuble y el Biobío, con decenas de personas fallecidas. Si bien ese país padece desde siempre los incendios forestales, las cosas empeoraron en las dos últimas décadas, con una extensísima sequía generalizada que lleva más de 10 años y un crecimiento de zonas de interfase (donde conviven bosques y nuevas urbanizaciones) que agregan complejidad a un problema ya de por sí muy severo.
Apagar el fuego ya no alcanza: hace falta prevención y planificación, así como actuar de manera urgente sobre las causas del calentamiento global, que son las emisiones contaminantes producto de la quema de combustibles fósiles, con el petróleo a la cabeza.
Un territorio frágil
La Patagonia es un sistema muy sensible a la variación climática donde, en las dos últimas décadas, los científicos han constatado un aumento de la temperatura y una disminución de los promedios de precipitaciones, el alimento que nutre a las temporadas de incendios a gran escala. Así se desprende, por ejemplo, de un trabajo elaborado por un equipo del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente de la Universidad Nacional del Comahue publicado en 2022 en la revista Science of the Total Environment.
La investigación –basada en una proyección de la probabilidad de incendios y vulnerabilidad de bosques en la región andino patagónica bajo diversos escenarios de cambio climático esperados para mediados y fines de este siglo– establece que esa probabilidad será cada vez mayor hacia 2050 y empeorará para finales de siglo.
Las condiciones meteorológicas de este verano en la Patagonia argentina confirman ese patrón: un informe del INTA Bariloche advierte un escenario de estrés hídrico importante para esta temporada estival. Según los técnicos del organismo (cuyo presupuesto asignado cayó un 20% durante el año pasado) el mayor problema es la escasa acumulación de nieve en las altas cumbres, así como un régimen de precipitaciones que desde hace 14 o 15 años se mantiene por debajo de los valores normales. Esto hace que las cuencas de los ríos Limay y Neuquén tengan entre un 30% y un 40% menos de agua de sus promedios anuales históricos.
Abandono estatal
Los efectos del cambio climático encontraron en Argentina un terreno liberado para actuar, ya que, para el Gobierno nacional, el cuidado de la naturaleza no existe, tal como demuestra el comportamiento presupuestario del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF), la herramienta más importante a nivel nacional. Según un análisis de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), durante el año pasado ese organismo no ejecutó el 25% de los recursos asignados, lo que equivale a casi $20.000 millones «que podrían haberse destinado a fortalecer la infraestructura, el equipamiento, las instancias de capacitación y las condiciones laborales de las y los brigadistas».
También hay una «marcada reducción» en las horas de vuelo de aviones hidrantes y una menor cantidad de informes de alerta temprana y de evaluación de peligro de incendios. «Los montos asignados y ejecutados permiten visualizar que el manejo del fuego no es una prioridad», concluyeron desde la fundación.
Los impactos económicos, sociales y ambientales de incendios forestales cada vez más frecuentes, intensos y severos son incalculables. En un escenario marcado por el cambio climático y sus nuevos patrones de clima extremo, los Estados deben avanzar en políticas de mitigación y adaptación tanto para disminuir las causas del calentamiento global (revirtiendo la matriz energética) como para estar mejor preparados (sistemas más eficientes de combate de incendios).
