13 de febrero de 2026
Entre la crónica de viaje y la historia del género, el baterista Fernando Samalea cuenta en su cuarto libro sus andanzas más recientes junto a Charly García y los exponentes de las nuevas camadas.

En Qué es un long play, el primer volumen de la saga de cuatro que escribió Fernando Samalea, hay una escena fundacional que reúne, por su naturaleza, buena parte de los condimentos que tienen todos sus libros, es decir, que también tiene toda su vida artística. El músico viaja en la parte de atrás de un ciclomotor Juki que tiene el caño de escape roto. El conductor es un hombre que, en ese momento, está cambiando la historia del rock argentino. Se llama Charly García. Es el año 1986, Charly viene de hacer dos discos consagratorios, Clics modernos y Piano bar, y está armando su banda para grabar un nuevo LP que a la postre no hará más que ratificar su estado de gracia, Parte de la religión. Samalea es un novel baterista de 21 años que llegó al entorno de García por amigos en común. Pegaron onda. Hablan de cine, de música, de libros. Sin casco y sin demasiados cuidados viales, García trepana las calles de la ciudad a bordo de ese pequeño artefacto nervioso. Samalea tiene un deseo enorme: que Charly lo convoque para su banda. Pero Charly le habla de otras cosas. De pronto, tras frenar en un semáforo, de la nada, le dice: «Bueno, tocas conmigo entonces, ¿no?». Y no espera la respuesta, sino que arranca. Samalea se queda en el aire. Su vida acaba de cambiar para siempre.
«Me gustaba el estado de libertad de Charly. El poder del deseo tuvo mucho que ver también en que yo tenga la suerte de cruzar mi destino con el suyo.»
–¿Te acordás de esa escena?
–En la Juki. En ese momento todavía no se sabía bien con quién iba a armar la banda, porque había tocado con los GIT y Fito Páez en el festival de Rock & Pop en Vélez. Todos los músicos argentinos estaban atentos a ver si seguía con esa banda o tenía una nueva, o si le daba lugar a los jóvenes ignotos como nosotros, como finalmente sucedió. Pero por alguna razón, como se había incendiado su casa, estaba en lo de Gaby Aisenson y Richard Coleman. Vivía ahí con ella, entonces lo veíamos y cada tanto zapábamos por ahí. Era muy gracioso que él se movía muy libremente por la ciudad en la Juki. Íbamos sin casco. Era otra época, muy inconsciente. Pero me recuerdo por el bajo, por Figueroa Alcorta y toda esa zona de los bosques donde está el Planetario. En general íbamos a Fire, una discoteca cerca de la cancha de River. También a Freedom.
–Freedom, el boliche de Libertador.
–Sí, me gustaba su estado de libertad que un poco remitía a esos tiempos de Clics modernos, cuando él estuvo en Nueva York. Creo que el poder del deseo tuvo mucho que ver también en que yo tenga la suerte de cruzar mi destino con el suyo. Y hubo algo inexplicable. No sé si es astrología, si es suerte, pero estaba ahí. Por un lado, toda mi admiración latente, pero por el otro, al empezar a tratarlo era una suerte de naturalidad. Él nunca, por lo menos a mí, me hizo sentir como que le debía algo o que estábamos rindiendo un examen. Los ensayos siempre eran muy amistosos, con un trato supercordial. Cuando elegía a sus aliados, de alguna forma enaltecía la labor de cada uno. Entonces te hacía sentir un poco importante, entre comillas, dentro de su núcleo. Eso fue lo más lindo, que nunca sentí que estaba rindiendo una prueba con él sino justamente compartiendo su música, que es la que más me gusta, literalmente.
–Como lo reflejás en tu nuevo libro, Viviendo el futuro, esa admiración por él, pese a que luego tocaste con gente como Sabina, Calamaro, Cerati y tantos más, no solo no mermó, sino que creció.
–Claro. Hubo épocas en las cuales no lo veía tanto. Viví en Europa unos cinco años. También estuve en muchos otros proyectos. Pero de alguna manera siempre ese sonido, el sonido de su música, va a ser lo más genuino que tengo y que siento a la hora de tocar. Siempre va a estar emparentado con mi corazoncito y con lo más noble y genuino dentro de la música. Empecé a ensayar con él cuando yo tenía 20. No había viajado nunca en avión. Él me abrió esa posibilidad tan linda de girar por Centroamérica, de ir por todos lados, de descubrir esa cosa multitudinaria de los conciertos, de toda la gente que iba a verlo.
«Intento encontrar la cuota exacta de cosas triviales, superfluas y graciosas de la vida del rock, el mundo de las drogas, todo eso que también es genuino.»
–El libro es muchas cosas a la vez. Es como un subgénero muy sui generis, porque tiene mucho de cronista de viaje, de historiador-antropólogo de la cultura rock, de narrador de la intimidad. También aparecen decenas y decenas de personajes y siempre hay una explicación, una preocupación por jerarquizar a cada uno de ellos.
–Intento encontrar la cuota exacta entre cosas triviales, superfluas y graciosas de la vida del rock, lo desopilante, el mundo de las drogas, todo eso que, más allá de lo delirante, también es genuino. Es parte del mundo de los artistas. Y, por otro lado, también hilvanarlo con mi vida, que ha sido así. Ahí está un poco el juego. No voy a hacer una cronología de cosas rockeras, sino que incluyo a todos los mundos que me gustan. También eso es lindo, porque puedo hablar de personas completamente ignotas que he conocido en viajes y que, en el relato, para quien le interese, cobran un pequeño valor.

–Es un libro de un protagonista, pero también de un fan: las dos cosas conviven en vos. Es la experiencia de alguien que está en continuo proceso de absorción.
–Sin duda, claro. La vida me dio esa fortuna de poder vivir por quinta vez la generación de veinteañeros. Si tomamos que, cada diez años más o menos aparece una, son cinco generaciones ya. Me gusta la posibilidad de seguir compartiendo, no solamente con mis contemporáneos, incluso con gente más grande que yo, que la hay, y además con chicos. Como Joaco Burgos, mi compañera Michelle Bliman, las cosas que hacemos con Bandalos Chinos, por supuesto, me encanta esa posibilidad.
–El texto está plagado de intuiciones tuyas. Por ejemplo, en un momento estás parado mirando un cartel y esa persona que está en ese cartel, en una publicidad, te llama a la media hora.
–Ah, sí. Cosas mágicas. Tampoco quiero dármela de místico, pero me han ocurrido muy frecuentemente a lo largo de la vida, desde la niñez. Es algo que asumo como natural y tampoco lo cuestiono demasiado. Pero las señales, cuando estás muy ilusoriamente perceptivo, entran más. Es algo que te conecta con lo más lindo. Por eso escribir los libros es como un estado de gratitud a esa bendición que me acompaña desde que soy un niño y que, por el momento, sigo disfrutando. Me gusta ver la gratitud que tiene mi escritura. Es como volver a vivirlo, dejar esa especie de obra de teatro puesta en palabras. Sin ánimo de darle una grandilocuencia exagerada, hay algo lindo porque es como perpetuar ilusoriamente los hechos.
–Un documento.
–Que no se te vaya como arena entre los dedos. Si no hubiese escrito los cuatro libros y tener toda mi vida cronológica, tendría infinidad de recuerdos en la cabeza, pero tal vez me sentiría más raro. Si todo sigue como lo planeo, en algún momento existirá un quinto libro y tal vez más. En eso estoy.
«Las señales, cuando estás perceptivo, entran más. Por eso escribir los libros es como un estado de gratitud a esa bendición que me acompaña desde niño.»
–Uno de los grandes momentos del libro, que está al principio, es el desdichado no-show de Pity Alvarez en Tucumán, del que «participaste». Ese episodio caótico también deja ver que el rock, aún en esos niveles, tiene un nivel de amateurismo alarmante.
–Por supuesto, hay cosas hiperdesopilantes en la música, mal que me pese. Yo que soy prácticamente abstemio, mi relación con las drogas ha sido como una degustación, alguna vez hace infinidad de tiempo. Pero también hay chistes que se dan en ese estado, que son muy graciosos. Es muy difícil entrar en esa línea en la cual una cosa puede ser graciosa sin entrar en el dramatismo. Lo que me gusta del mundo bohemio y alocado es que a todos nos trae curiosidad, por más que sepamos que es un horror. Enseguida la gente quiere saber y ese atractivo de lo supuestamente incorrecto, o por fuera de las normas sociales, también tiene algo inherente al ser humano. Si lo tratás con humor, es bienvenido y es gracioso. Charly nos ha dado unas clases increíbles de velocidad mental en sus respuestas en las notas. Como siempre digo, es amante de Groucho Marx, Mel Brooks, Woody Allen, siempre tiene mucho de ese humor que nosotros llamamos el humor judío de Nueva York, que admiramos mucho. Sabe llevarlo a ese lugar y eso también es lindo. Salvando las distancias, mi intención inicial fue darles a los relatos un tinte más humorístico, ponerme un poquito en el papel del antihéroe, porque también podés llegar a serlo en determinadas situaciones. Uno nunca debe dar por supuesto que se merece un trato especial, sino que hay que aceptar que es muy misterioso por qué alguien tiene la suerte de vivir su vida con la música y viajar por el mundo. Por qué a algunos nos tocó y a otros no, es un misterio.
