8 de febrero de 2026

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Deuda, déficit y pobreza… problemas que afligen a la gran mayoría de las naciones del mundo. ¿Cómo logramos hilar la idea de que faltan recursos mientras los ricos son cada vez más ricos? En un mundo que dice buscar la equidad, existen mecanismos para que la concentración, el egoísmo y el individualismo sean ley: la evasión y las guaridas fiscales.
Un informe del INDEC sostiene que existen más de US$ 200.000 millones en el exterior sin declarar. Una gran parte de esos fondos no debe ni haber pisado el país, evitando que el Estado compre esas divisas y, además, recaude pesos vía impuestos. Con estos recursos se podría saldar la deuda con el FMI, incorporar maquinaria del exterior que nos permita producir más, ¡o quién sabe! A raíz de esta escasez, el país se ve obligado a incurrir en déficits, a tomar deuda o abstenerse de mejoras estructurales que podrían elevar la calidad de vida de la gente.
Esta problemática no es propia de nuestro país, sino que es mundial, y es parte de un sistema preparado para que la evasión sea parte. ¿La forma? A través de los llamados paraísos offshore o paraísos fiscales.
El economista R.T. Naylor publicó en 1987 un artículo titulado «Dinero caliente y las políticas de la deuda», donde explica cómo los grandes grupos económicos y las élites obtienen ingresos (ya sea por exportaciones, rentas financieras, sobreprecios, etcétera) que no son declarados en su totalidad. Este «dinero caliente» sale de los países a través de diversos mecanismos legalizados, como la deuda que tiene una empresa con su casa matriz en el exterior, para luego terminar en una cuenta bancaria en una guarida fiscal. Estos lugares tan perversos (entre los que podemos nombrar las Islas Caimán, Luxemburgo o inclusive Delaware) no piden requisitos de trazabilidad del dinero, por lo que no se sabe de dónde vino y así muchas veces termina en cuentas de empresas fantasmas. Una vez que el dinero ya es parte del balance de los bancos que operan en estos lugares, solo resta qué hacer con él. Estos bancos suelen terminar comprando bonos de deuda a los Estados o a organismos internacionales que los emiten para financiarse. Para decirlo de forma más simple: esa riqueza fugada vuelve al país en forma de deuda, y esta deuda que se toma es producto del déficit que generó la evasión, en primer lugar.
¿Consecuencias? Oxfam publicó en enero de 2026 un informe donde da cuenta de que las 12 personas más ricas del mundo tienen en conjunto más riqueza que el 50% más pobre. El poder que se obtiene de tamaña riqueza es capaz de vulnerar a las democracias, doblándolas a su voluntad. Esto sucede porque las políticas de los países perpetúan modelos de concentración, en línea con las políticas financieras internacionales. Hoy contamos con democracias a nivel global al servicio del capital. Solo una regulación más estricta de los capitales internacionales y leyes que limiten las fortunas desmedidas podrán balancear los grandes problemas de desigualdad en el mundo.
