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La hora del musical

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Ezequiel Obregón

En los últimos años el género teatral experimentó un auge que no distingue entre el circuito comercial y el independiente. Obras de origen local y extranjero, producciones costosas y salas llenas.

Canto y baile. Pretty woman, Derecho de piso, Papá por siempre, Company y Casi normales, exponentes del fenómeno.

En los tiempos de la Gran Depresión, en Estados Unidos las salas de cine se colmaban. El público tenía sobrados motivos para intentar evadirse de la realidad y qué mejor que dejarse subyugar por historias que ofrecían un par de horas de fantasía. Tal vez algo de eso explique el auge del teatro musical por estos días, aunque no sería el único motivo. Hay otros factores que confluyen para que los espectadores elijan este tipo de espectáculos. Por ejemplo, muchos de ellos permiten el disfrute familiar en una sola salida, como ocurre con Papá por siempre, mientras que otros revitalizan títulos tradicionales que cuentan con el entusiasmo del público más fiel, algo que se percibe en Company.

En esta temporada, además de las obras mencionadas habrá espacio para el regreso de Aquí no podemos hacerlo (clásico de Pepe Cibrián estrenado en 1978), la parodia Stranger Sings, Anastasia, Invasiones I, No bombardeen Buenos Aires (con protagónico de Elena Roger, en el Teatro San Martín), Annie, Chicago y los «tanques» Billy Elliot y Charlie y la fábrica de chocolate, además de la reposición de La revista del Cervantes, gran éxito de la temporada pasada.

Sucesos como Derecho de piso, de Ana Schimelman y Ian Shifres, confirman que no todas las piezas exitosas del rubro son de origen extranjero. Su historia se centra en el montaje de una obra y toma el punto de vista de su asistente de dirección. Consultada por Acción, Schimelman considera que hoy en día hay menos prejuicios sobre el género. «Cada vez más se está popularizando la creación de teatro musical nacional, por fuera de las escuelas de formación más tradicionales. Hoy en día, siento que hay creadores e intérpretes que participan en proyectos musicales y no musicales, como es nuestro caso. Eso permite que públicos que generalmente no verían un musical, puedan acercarse», sostiene.

Otro aspecto significativo es que los intérpretes suelen participar de proyectos de diversa envergadura y en distintos circuitos. Así ha ocurrido con Mariano Magnífico, quien formó parte del elenco de Benito de la Boca en el Teatro de la Ribera, se destacó con su unipersonal La divina lengua, y actualmente asume un rol relevante en Pretty woman. «La lógica autogestiva y la comercial tienen modos de ser totalmente diferentes y esto se ve reflejado, principalmente, en los actores», afirma. No obstante, encuentra una complementariedad: «Como intérprete específicamente, es interesante ver cómo las lógicas confluyen. En los proyectos independientes que he hecho, siempre reconozco el paso por el teatro comercial por el manejo de la caja de herramientas del actor, pero también en el teatro comercial pongo mucho de mi experiencia en la autogestión, me adapto sin problema a las modificaciones, ayudo a los productores cuando es posible, comprendo un poco más la totalidad o al menos lo intento».


Potencia y profundidad
Protagonista y directora asociada de Casi normales, Melania Lenoir percibe que el auge del género se debe a varios factores, entre ellos el nivel de los elencos y la apuesta por producciones de calidad. «El artista de comedia musical se entrena muchísimo y eso se ve en el escenario. Es muy hermoso ver que cada vez más el público argentino empieza a quitarse los prejuicios y a darse cuenta de que hay historias muy potentes», afirma. Y luego agrega que «tal vez, antes los musicales eran más de entretenimiento y, en los últimos años, fueron ganando en profundidad. Hoy vivimos momentos en los que nos estamos permitiendo ir más profundo para contar, desde el lenguaje de la música, la danza, el canto y la actuación, historias más potentes».

Lenoir también fue parte del elenco de Come from away, cuyo título fue recientemente cuestionado por Pepe Cibrián por no haber contado con traducción. Con frecuencia, los formatos extranjeros imponen a los traductores y adaptadores la necesidad de pensar qué marcas idiomáticas afectan o no la recepción de las obras. Magnífico, quien además es licenciado en Letras, ofrece su punto de vista: «A mí me parece que el teatro es para la gente y que se tiene que acercar a ella. Me cuesta ver obras en las que todos se llaman con nombres anglosajones y pronuncian lugares con una fonética casi nativa, y después tiran palabras en lunfardo. Es un mapa léxico poco tomado en cuenta. Lo importante es la unicidad y la verosimilitud, la gran ilusión del teatro». Por último, si volvemos a la idea de cómo se producen espectadores adeptos al rubro, advertimos que muchos de ellos tendrán su primera experiencia con los grandes montajes como Matilda, School of rock o La sirenita. A propósito de este último, el histórico productor Carlos Rottemberg afirmó en su momento que había costado 2,5 millones de dólares. Su hijo Tomás, también productor, dialogó con Acción de cara al próximo estreno de Charlie y la fábrica de chocolate. «Presentamos lo que nosotros mismos disfrutaríamos como espectadores o que mostraríamos a nuestros hijos, sobrinos o amigos. Es un tipo de obra que siempre tiene algún contenido pedagógico; no son espectáculos vacíos, sino que tienen algún tipo de mensaje o ejemplo que nos gusta», explica. En cuanto a su rentabilidad, advierte que «obviamente hay que hacer los números, entender qué es lo que hay que hacer y, sobre todo, qué es lo que no hay que hacer. Nosotros, por ejemplo, ofrecemos las obras durante junio y julio y no nos extendemos mucho más, porque conocemos que estos formatos suelen ser muy peligrosos en lo económico y es una inversión realmente muy grande que hay que hacer».

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