19 de julio de 2026

Tarde invernal, ideal para un café con leche con tostado de jamón y queso y sueldo abundante, pero ni el presupuesto ni el metabolismo permiten esos lujos. Así que Tobías y Rebequita, a puro mate nomás:
–¿Vos qué opinás, Tobías de mi corazón?
–¿De qué, Rebequita de mi alma?
–¿De que qué, Tobías de mi espíritu?
–¿De que qué opino, Rebequita de mi salvación eterna?
–Ay, Tobías, no podés seguir así, tan como que todo te da lo mismo.
–Nada me da lo mismo, Rebequita, pero quería saber de qué me estás pidiendo opinión, para opinar de eso, y no de otra cosa diferente.
–¿Ves que sos un vintage anticuado sigloventenial semimesozoico del pleistoceno? ¿Qué te está pasando en la neurona, Tobías? ¿No llamaste al técnico para que te cargue las nuevas aplicaciones? Eso de necesitar un tema para emitir opinión es muuy del siglo pasado, Tobías. Muy del modernismo, del capitalismo productivo, de la lucha de clases, del materialismo dialéctico, ¡del sexo biológico! Ahora la gente «de bien» opina sin saber de qué, siempre tiene algo listo para decir no importa lo que le estén preguntando, y cuanto más ignora del tema, más se siente autorizada al «lanzamiento unívoco de certezas indeclinables», que solo podrán ser rebatidas por el uso de una fuerza vocal colectiva superior con mayor inserción de términos política o filosóficamente correctos, alguna que otra cita académica que no importa si está comprobada o no porque es totalmente ininteligible, y sin duda, alguna referencia a algún conflicto lejano que de alguna manera, por cierto caprichosa, se pueda equiparar en nombre de cierto progresismo exportable a la disciplina antes mencionada.
–Rebequita, no entiendo nada.
–Ay, Tobías, ahora sí estás entrando en el siglo XXI, me reconforta que puedas tener la mente más abierta, puedas incluirte en el giro discursivo y permitirte una expresión que, no por ser sorpresiva, deje de tener su justificativo inefable, que se enfrente con vigor simbólico al raciocinio demodé de nuestros antefuturos.
–¿Antefuturos?
–Es un danesismo que deriva de un galicismo planteado por el filósofo congoalemán Mobuto Gurnisht, quien en su libro de esta semana, Palabras de destrucción masiva, plantea que llamar «antepasados» a nuestros abuelos es un error, porque el pasado ya pasó. ¿Entendés?
–No, Rebequita, ni jota.
–¡Ese es el Tobías que me enamora! Mirá, estoy tan feliz, que voy a llamar al mozo y le voy a pedir que nos traiga un pebete de jamón y queso que se autoperciba salmón al roquefort en pan de masamadre.
