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Coaching ontológico: Enséñame a vivir

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Alejandro Caravario

Una disciplina difícil de catalogar florece al ritmo de la crisis, prometiendo sentido en tiempos de incertidumbre y un manual de uso para la salvación individual. El rentable negocio de entrenar al ser.

Imagen: Shutterstock

Tal vez porque campea la incertidumbre, uno de los servicios más requeridos es la asesoría. Tanto empresas como individuos recurren a una voz especializada para avanzar en sus decisiones. Las consultoras proliferan y sus informes son la hoja de ruta indispensable de los negocios y las campañas políticas. Aun cuando buena parte de estos consejeros carga en su legajo con una larga serie de pálpitos fallidos. 

Otra ocupación estelar es el coaching, una frondosa especialidad con ramas para todos los gustos y necesidades: coaching sistémico, coercitivo, con inteligencia emocional y así. Aunque este entrenamiento para la vida y el trabajo –por decirlo rapidito– tiene algunas décadas de vigencia, hasta hace unos días era terra incognita para el oído del lego. Pero entró escandalosamente en escena Bettina Angeletti, la esposa del jefe de Gabinete y propietario serial Manuel Adorni, y esta profesión saltó a las noticias de todos los días. Hoy cualquier ama de casa se ha familiarizado con el término coaching ontológico, tal es la disciplina que practica y al parecer con mucho éxito la pareja del funcionario. 

¿Qué es el coaching ontológico? Menudo interrogante. No solo por lo rimbombante de la expresión (sería algo así como el «entrenamiento del ser»), sino por las múltiples fuentes en las que abreva y los distintos acentos que le da cada coach. El entrenamiento puede estar destinado a una persona con deseos de obtener mejores resultados en sus relaciones y emprendimientos, así como a organizaciones empresariales, siempre perfectibles, siempre permeables a los discursos donde resuenan la creatividad, la innovación, la proactividad y ese tipo de méritos.

Entre la biología del conocimiento, la lingüística, la filosofía de Heidegger, el management y el pensamiento sistémico, entre otras áreas igualmente densas, se extienden las raíces de esta disciplina. Pero sus objetivos no son especulativos, sino que apuntan a la transformación de las personas y los grupos. En pocas palabras, lo que el entrenamiento ontológico busca es romper con ciertos patrones de conducta para generar nuevas competencias emocionales, del pensamiento, la acción y la comunicación. El hombre y la mujer nuevos, la revolución ontológica. 

Subjetivista al mango, este modelo plantea que la realidad no existe por fuera del que la observa; es una construcción individual subordinada a los valores, la historia y los sentimientos de cada quien. Por lo tanto, no hay que cambiar las cosas, sino la percepción que la gente tiene de las cosas. El mundo es un pañuelo, sí, pero está en nuestro cerebro. El coaching ontológico plantea una integración coherente de cuerpo, emoción y palabra. Y se diferencia de la autoayuda porque, según rezan sus fundamentos, no predica soluciones prefabricadas. No reparte consejos sobre qué hacer, sino que alienta la interrogación sobre quién soy.

¿Cómo funciona en la práctica? Ciñéndose a la bibliografía, el licenciado Luciano M. Giordano, uno de los directores ejecutivos de la Fundación Escuela Latinoamericana de Coaching (ELAC), señala que, en un «contexto basado en la confianza y la aceptación del cliente (una persona, grupo o equipo)», se desarrollan «procesos de aprendizaje con diseño ontológico, lo que implica un cambio en la manera de estar siendo en la vida para hacer diferente». Agrega que «es el cliente quien define lo que quiere que pase en términos de resultados»; el coach se limita a hacer preguntas «que invitan constantemente a la reflexión de la persona para distinguir y elegir». Sobre la eficacia del proceso, dice: «En el ámbito de las sesiones, el principal beneficio que ofrece es mejorar el bienestar y la calidad de vida a partir de la generación de nuevas formas de pensar, que inciden directamente en la comunicación, estados emocionales y relaciones». 

La ELAC dicta cursos de dos años para conseguir una certificación internacional como coach ontológico profesional. Económicas de la UBA y la Universidad Torcuato Di Tella incluyen una diplomatura en sus programas. Pero hay cursos breves y de modalidad virtual para quienes pretendan asomarse sin tanto compromiso académico a esta especialidad en auge. Por caso, la Universidad Tecnológica Nacional promociona un taller de apenas seis semanas (dos horas semanales de clase), por 350.000 pesos. La consigna es: «¡Optimizá tus habilidades de líder!».

El coaching ontológico fue creado por el chileno Fernando Flores, ingeniero y político que llegó a ser ministro del Gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador Allende. Tras el golpe de Augusto Pinochet, estuvo en prisión y luego emigró a los Estados Unidos, donde, influido por autores diversos (Heidegger, el biólogo Humberto Maturana, el filósofo John Austin) le dio forma a su aparato teórico. Otros dos chilenos, colaboradores de Flores en los comienzos de su conversión profesional, también son referentes internacionales: el abogado Julio Olalla, fundador y presidente de Newfield Network, una de las escuelas de formación de coaches más prestigiosas del mundo; y Rafael Echeverría, doctor en filosofía y autor del libro Ontología del lenguaje (1994).  

Hay quienes observan en la evolución de Fernando Flores el desencanto por la derrota de la Unidad Popular y sus aspiraciones de un socialismo democrático. Consideran que el coaching ontológico, un discurso orientado a las transformaciones individuales, supone una renuncia a luchar, como había hecho Flores en el pasado desde un lugar protagónico, por un cambio general de la sociedad. 

El sociólogo y periodista Pablo de Biase afirma que el coaching ontológico «puede leerse como un lenguaje de la salvación del capitalismo tardío, que se muestra como una promesa veloz de reinvención personal; algo así como cambiarse la vida cambiando la narrativa, la manera de hablarse a uno mismo. Allí donde antes había partidos, sindicatos, parroquias o incluso psicoterapias más largas y menos marketineras, hoy solo queda esta tabla de salvación. Su atractivo no es difícil de entender: ofrece sentido en épocas de incertidumbre, una comunidad de pertenencia, una épica del cambio y una espiritualidad laica apta para oficinas, emprendedores y sujetos que lidian todo el tiempo con la frustración». 

De Biase concede que «mucha gente encuentra allí escucha, impulso y una fe mínima para seguir, pero esto no lo convalida como ciencia». Seguramente los cultores de este oficio heterodoxo no pretenden semejante estatus.


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