22 de octubre de 2026
En la Villa 21-24, una escuela de boxeo recibe a decenas de adolescentes y jóvenes que encuentran en el club un sitio de pertenencia y acompañamiento para enfrentar las violencias y poder imaginar proyectos de vida.

Deporte y contención. Desde su inauguración, unos 1.200 adolescentes pasaron por el club. Hoy asisten unos 60 jóvenes por día. A las 18 comparten merienda y charlas.
Foto: Victoria Gesualdi
A finales de los 90, el sociólogo francés Loïc Wacquant entrenó durante tres años en un club de boxeo de un barrio afroamericano de Chicago, Estados Unidos.
«Ante todo, el gym aísla de la calle y desempeña la función de escudo contra la inseguridad del gueto y las presiones de la vida cotidiana», escribió diez años después en Entre las cuerdas, el libro en el que contó aquella experiencia.
A más de 9.000 kilómetros, Santiago Ochoteco leyó el libro apenas fue publicado en Argentina, en 2006, y comenzó a soñar con una escuela de boxeo en la Villa 21-24, ubicada en el barrio porteño de Barracas. Santiago, quien falleció en 2022, formaba parte de la Fundación Temas, que desde 2003 trabaja en ese barrio atravesado por la pobreza, la violencia y respuestas estatales que oscilan entre el abandono y el hostigamiento.
Junto a otros espacios, como el comedor Amor y Paz, Ochoteco le dio forma al proyecto y en noviembre de 2008 inauguraron Barracas Boxing Club.
Desde entonces, alrededor de 1.200 adolescentes y jóvenes de entre 14 y 24 años pasaron por la escuela. «En lo que va de 2026 ya vinieron 130 chicos y chicas. El año pasado rompimos nuestro récord: 224», cuenta a Acción Mariano Quintana, pedagogo y coordinador de Desarrollo Institucional de Temas.
El barrio más poblado
La Villa 21-24 es el barrio popular más poblado de la Ciudad de Buenos Aires. Ubicada junto a la Zavaleta, reúne unos 80.000 habitantes, de los cuales el 40% son niñas, niños y adolescentes.
Además de hacinamiento, las viviendas presentan problemas estructurales con conexiones precarias de agua, electricidad y cloacas. A eso se suma la contaminación vinculada con la cercanía del Riachuelo.
El club funciona junto al comedor comunitario Amor y Paz y una escuela de circo: un corredor de espacios donde infancias y juventudes encuentran contención, actividades y alimento.
El lugar físico es como cualquier club de boxeo: un galpón con un ring en el centro y un espacio para entrenar con colchonetas, pesas y sacos colgando. Funciona en tres turnos por los que pasan unos 60 jóvenes por día. A las 18 se comparte una merienda: un momento de encuentro y conversación tan importante como el entrenamiento.
Jenni López Salinas, de 20 años, agarra dos sillas del gimnasio y las lleva afuera: «Aprovechemos el sol», dice con una sonrisa perfecta que no se borra durante toda la entrevista y que, contará, fue resultado de un tratamiento de ortodoncia que pudo hacerse con la dentista que atiende en Temas.
La joven llegó al club a través de sus primas. Tenía 16 años y hacía pocos meses que vivía en la Villa 21-24: «Estudiaba y jugaba a la pelota, pero no era suficiente. Vine a los entrenamientos de boxeo y me gustó; empecé a quedarme los tres turnos y a compartir las meriendas. Eso fue lo que más me enganchó», describe.
«Al principio me parecía raro que nos preguntaran cómo estábamos. Eso no me había pasado antes, y está buenísimo», cuenta, y asegura que esta contención genera que algunos vayan al club aunque no entrenen: «Se quedan a tomar mate y a charlar con los profes. Tengo una conocida que tiene 13 años y estaba todo el día dando vueltas en la calle, la invitamos a venir y ahora está acá todo el tiempo», cuenta.
Construcción colectiva
Diego Gómez es el profesor de boxeo del club. Nació y se crió en la Villa 21-24, se formó en educación física y en 2015 se incorporó al proyecto de Temas.
A contrapelo de los prejuicios que asocian el boxeo con la violencia, Gómez asegura que es una disciplina que requiere «un montón de exigencia física, constancia y escucha».
«La construcción del deporte es colectiva porque necesitás de un otro para aprender y se van construyendo referencias entre los jóvenes; también van habitando el espacio y lo van significando», explica Gómez.

Barracas Boxing Club. Fue inaugurado en 2008. El año pasado rompieron su récord de inscriptos: 224. Su mayor preocupación: la salud mental.
Foto: Victoria Gesualdi
El boxeo, agrega, también obliga a tomar decisiones frente a situaciones inesperadas. «Me tiran un golpe y tengo que elegir qué defensa voy a hacer, qué contragolpe en particular. Y eso después lo trasladan a la vida: me pasó esto y veo de qué manera lo puedo resolver. Y, si no puedo, en el club encuentro referentes que me pueden escuchar y ayudar como en el deporte mismo».
Alan «El Moli» Molina tiene 16 años y entrena desde hace dos. Llegó al club porque era fanático del personaje de ficción Rocky Balboa; también admira a boxeadores reales como Mike Tyson y Muhammad Ali.
«El boxeo te hace dejar esos malos hábitos de pelear en la calle; también si tenés bronca te la podés sacar con la bolsa», dice entre risas.
En 2025 atravesó algunas situaciones que lo alejaron del boxeo y que prefiere no detallar. «Me hablaron todos –cuenta El Moli–, mi mamá, mi papá, pero más que nada me ayudó el club a salir de eso. Hoy sueño con ser el mejor boxeador de todos. El año que viene me gustaría sacar la licencia. Quiero pelear por mi familia y para dar un buen ejemplo a mis hermanos y a cualquier chico, para que sepan que el boxeo te puede sacar de malas cosas».
Tirar la toalla (y levantarla)
Al costado del ring, una pared tiene pegadas varias fotografías de personas que pasaron por el club y fallecieron. Enfermedades, accidentes, violencia, suicidios. Todas duelen. Algunas preocupan especialmente.
«Para nosotros la pandemia fue un punto de inflexión –dice Mariano Quintana al hablar de la juventud del barrio–. Empezó a aparecer algo que no se veía tanto, que es una profunda depresión y una problemática de salud mental más vinculada con las emociones que con un consumo problemático de drogas».
Según datos del Ministerio de Salud, el suicidio es la principal causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años desde 2022 en Argentina. En el Barracas Boxing Club, esa realidad golpeó en 2021.
«Se suicidaron dos chicos de la escuela. No es que antes no hayamos tenido chicos y chicas que pidieran un espacio terapéutico, pero de la pandemia en adelante la demanda ha sido exponencial», cuenta Mariano.
Para atender esa demanda, el club incorporó una psicóloga que acompaña de manera individual y también participa de las rondas de conversación durante las meriendas con el objetivo de «trabajar sobre las emociones, las angustias y las alegrías».
Quintana señala que el encierro por la pandemia no explica por sí solo lo ocurrido. También observa una profundización del uso de las pantallas y una cultura de la instantaneidad que dificulta imaginar proyectos de largo aliento.
«Todo el tiempo estamos batallando con esas propuestas de éxito rápido como el curso de trader que te va a salvar o las apuestas online», describe.
A esa realidad común a todas las juventudes, se suma una particularidad para las y los adolescentes del barrio: la visualización constante de personas que hacen ostentación de la abundancia.
«No vemos que eso se haya traducido en un incremento de acciones delictivas, sino en un incremento de esta sensación de una gran injusticia, lo que genera una gran frustración», afirma.
«Entonces –concluye– lo que intentamos hacer es que haya una experiencia de organización de jóvenes que después puedan replicar en cualquier esfera de su vida. Los barrios populares tienen una forma de subsistencia a través de lo comunitario. Y estos espacios generan un sentido de pertenencia, no para romantizar la pobreza, sino para que sea posible sobrevivir y, a la vez, poder pensar en futuros mejores a través de una construcción colectiva».
