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«Esta es mi revolución»

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María Soledad Iparraguirre

Fundador, con otros religiosos, del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo –de gran presencia en los 70–, Domingo Bresci recuerda aquella experiencia de lucha social y repasa la actualidad y el rol de la Iglesia en la política.

Foto: Jorge Aloy

Heredero de una generación de párrocos que buscó una apertura de la Iglesia, Domingo Bresci es uno de los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), colectivo que irrumpió la convulsionada escena social de los 60 y principios de los 70.

Formado en la escuela pública, ingresó a los 16 años al Seminario de Villa Devoto y pronto se enfocó en la cuestión social. En 2019, al cumplirse los 50 años del movimiento, la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) le entregó los archivos de espionaje que la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Dippba) realizó entre 1968 y 1974 en los que el grupo aparecía definido como subversivo. Con 88 años y casi seis décadas y media de sacerdocio, Bresci recibe a Acción en el Hogar Sacerdotal de la Arquidiócesis de Buenos Aires, edificio ubicado en el barrio de Flores, donde vive desde hace diez años, cuando fue diagnosticado de un cáncer del que se recuperó. Autodefinido como «orgullosamente setentista», sostiene: «Nosotros luchábamos para destruir el capitalismo y ahora estamos luchando para ver cómo sobrevivimos en el capitalismo».

–Hay infinidad de material sobre la historia del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), ¿cuál es tu balance?, ¿qué rescatás de aquella vivencia
–Rescato una experiencia maravillosa. En el libro Historia de un compromiso (grupo editorial Sur) intento dejar testimonio. Ahí está el registro de los primeros 240 adherentes, los primeros que se animaron a fines de 1967 a acompañar una idea muy distinta a la habitual de la Iglesia, los que quisieron dar la cara. Fue a nivel nacional; casi en todas las provincias había algo oculto y apareció esto que los convocó. La inspiración fue la de los 18 obispos para el tercer mundo. Ellos sacaron un documento, un grupito de curas lo recibió y lo enviaron a curas en todos los lugares del país; esos son los que adhieren. Nadie sabía que había 240 tipos que se sentían interpretados por ese documento en la visión más amplia del Concilio, que tenía ya una mirada innovadora, pero seguía siendo eurocéntrica. ¡Les faltaban las tres cuartas partes del mundo! A los pocos meses habían firmado 320, entre sacerdotes y simpatizantes. Y llegamos a ser el diez por ciento de todos los curas del país, cerca de 500, un número importante de un sector del clero con gran afinidad a una línea, eso era lo que valía. Con autonomía, además; eso fue una característica del grupo en general. Cuando te asociás con otros curas para plantear algo vas a verlo al obispo, pedís permiso, te nombran las autoridades, etcétera, y nosotros no hicimos nada de eso, nos manejamos por la nuestra, salió espontáneamente. Algunos tenían muy buena relación con el obispo de su diócesis, otros no tanto, pero surgió así. Nos reuníamos una vez por año en encuentros nacionales y teníamos, a su vez, reuniones regionales. Era todo un movimiento que pedía una renovación, que era, en un comienzo litúrgica, catequética y dio un vuelco hacia lo socio-político.

–¿El alineamiento político fue inherente a la búsqueda de respuestas a un contexto de convulsión e inequidad social?
–Claro. No era cuestión de lamentar «qué mal que estamos, pueblo»; lo que nos proponíamos era ayudar a que esos pueblos se levantaran por sí mismos y lograran su liberación. La contradicción principal era liberación o dependencia. Lo nuestro no partía solo de propuestas teóricas sino de acciones concretas. La idea era acompañar los movimientos que promovieran un desarrollo integral, equitativo, justo de los pueblos del tercer mundo. Y eso conllevaba involucrarte en definiciones políticas, acciones políticas y en vinculaciones con organizaciones políticas. Había matices, pero logramos un consenso general respecto de lo político; en el camino quedaban los más pastoralistas, los que propugnaban la renovación interna de la Iglesia, digamos –la curia, la catequesis, la pastoral–, después se empezó a plantear que la evangelización tiene como constitutivo esencial la promoción del hombre y esta es total: social, cultural, científica y política. Entonces fuimos consensuando. La interna fue desde los orígenes y los vínculos que teníamos los curas. Había tres líneas; una movimientista, peronismo con Perón; una de base, peronismo sin Perón; y otra más trotskista. Eran tres líneas que nos juntábamos, debatíamos, nos entendíamos y seguíamos adelante. No pasó como en otras agrupaciones que estas diferencias derivaron en una ruptura. 

Foto: Jorge Aloy

–¿Esa dirección resultó a su vez en la vinculación con los movimientos revolucionarios? 
–El vínculo con las organizaciones armadas, o no, fue un debate y se dejó librado a la decisión personal o grupal, en algún caso, si había una diócesis que, en conjunto tenía más afinidad. Las organizaciones armadas provenían de sectores católicos que los curas asesoraban: no era que los curas se adhirieron; los muchachos se adhirieron a la posición de los curas. Pensaban juntos la política; no se puede decir quién convenció a quién.

–¿Cuánto del legado del MSTM hay hoy en el movimiento de los curas en Opción por los Pobres (OPP)? 
–Ellos se autodefinen herederos del MSTM. Es un lindo aporte, en condiciones distintas. Hoy tienen muchas similitudes con lo que nuestro movimiento fue en su momento; las definiciones que dan, los compromisos, los gestos, ellos están en barrios populares, en las villas… Muchos trabajan muy bien con los curas villeros. No se insiste mucho en si estamos de un lado u otro. Nos reunimos por separado, pero en algunos lugares trabajan juntos, por ejemplo, en La Matanza. Orgánicamente, tienen otra modalidad, otro estilo, pero parten de la misma realidad. Hay una afinidad de fondo muy importante, desde mi punto de vista, eso es lo que vale. Hoy si tienen que protestar por la vivienda, el trabajo, lo hacen, no se quedan en lo meramente eclesiástico.

–¿Y cuánto de ese legado que hablábamos hay en la Iglesia?
–Hay una correlación de hechos del movimiento que se prolongó en la actualidad. El MSTM no siguió existiendo orgánicamente, pero su pensamiento se mantiene, también en cierta medida es reflejo de los papados de Francisco y León. Francisco ya empezó –cuando era Bergoglio no hablaba como Francisco. Ni nos llevaba el apunte y después terminó siendo tercermundista– a hablar de los pobres, desde los pobres; era demasiado insistente. Considero que se acercó a nosotros durante su papado, no antes. La encíclica del papa León XIV va en ese mismo sentido. 

–¿Qué lectura hacés del viraje a la derecha, fenómeno que también alcanzó a los sectores populares?
–Después de la votación a Milei, se supo que algunos curas dijeron «a estos no les doy más de comer». Si en un barrio en el que vos atendías a la gente en un comedor te enterabas de que lo votaron a Milei, te querías matar; pero son casos aislados, la mayoría no aceptó esa posición. Hay que repensar, hay que comprender las muchas otras razones de ese voto a la derecha que no es solo por conseguir el sustento material o que tengas garantizado el subsidio del Plan Progresar, el Estudiar. No es solo eso, hay una transformación de las mentalidades que hay que tener en cuenta; el peronismo sigue teniendo un amplio rechazo o temor; hay un 30 por ciento de antiperonismo histórico y hay otro que dicen los encuestadores que se mueve para un lado u otro según la circunstancia. No hay que asombrarse, peronistas sigue habiendo, lo otro es cómo llegar a esa masa. Cuando universitarios que van a la Jauretche votaron a Milei, primera generación que iba a la universidad, hay que tratar de explicar eso, no enojarse, porque no sirve para nada. El problema de fondo es cómo colectivamente un grupo social va conformando una idea, una postura que descree de la política y de la democracia. Esas son cuestiones mucho más hondas que si votaron por uno u otro. Hay un montón de gente que no fue a votar, ¿a quién se le echa la culpa? Yo creo que hay que entender los fenómenos sociales que van conformando los nuevos sentidos y las nuevas convicciones que va teniendo la gente, que no dependen de si gana más o gana menos. ¿Cómo en distintos extractos sociales toman posturas de derecha si van contra sus propios intereses? Hay que estudiar ese fenómeno. En un momento, el hijo de peronista, votaba peronismo; el nieto, no; pero está bien eso, hay que entender el fenómeno en un contexto mundial de un gran vuelco a la derecha; eso sí es cosa seria. 

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