Voces

«La poesía del fotógrafo es rara»

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Diego Pietrafesa

El disparo con un gas lacrimógeno de un gendarme casi le cuesta la vida. Hoy, después de un milagro y una ardua rehabilitación, el fotoperiodista Pablo Grillo conversa con Acción. El testimonio de su papá. 

Foto: Rolando Andrade Stracuzzi

Hace un año que el Hospital Manuel Rocca es su segunda casa. O la tercera, si se cuenta el Hospital Ramos Mejía. Desde el 12 de marzo del año pasado, Pablo Grillo pasó casi todo su tiempo en centros de salud. La represión policial en el Congreso, el disparo de un gendarme, el cuerpo tendido del reportero gráfico sobre el asfalto, el temor de que su vida se fuera irremediablemente.

Y ahora este sol de junio, el patio del instituto de rehabilitación, otros pacientes que comparten con él la esperanza de recuperarse de sus dolencias físicas, todas de magnitud. Sin sobresaltos ni estridencias, el chico llega a paso lento, con un pantalón de gimnasia, zapatillas, buzo con la inscripción «Las Malvinas, argentinas por siempre» y un gorro de lana en la cabeza, rojo, blanco y rojo, los colores del club Independiente de Avellaneda.

–Del hombre que sacaba fotos al hombre al que le sacan fotos ahora. ¿Cómo estás viviendo eso? ¿Cómo lo ves?
–Es muy raro. La poesía del fotógrafo es rara, ¿viste? Hay que hacerse de templanza, hay que tener achicada la cuestión y tratar de camuflarse. Estoy pensando en comprarme una máscara (ríe). Recibo mucho cariño, lo que antes no recibía. Antes capaz te ignoraban: «A este fotógrafo lo dejamos de lado». Ahora no, ahora me dejan pasar a todos lados donde quiero ir. Antes quería que no me echaran porque estaba laburando, y ahora me hinchan las bolas porque estoy laburando. Es raro.

– ¿Te estás acostumbrando también?
–Me estoy acostumbrando también.

–¿Te hace bien la calle, el trabajo?
–Sí, el laburo nuestro de fotógrafo es un re-laburo. El tema es ese: ahora me hinchan las bolas porque soy reconocido, digamos. No puedo esconderme. Antes iba con la cámara, sacaba fotos y nadie me miraba.

–¿Volviste a cruzarte con las fuerzas de seguridad en las calles?
–No, desde la vez que cabeceé el gas lacrimógeno me volví a cruzar de manera común y no pasó nada. Cuando fuimos a ver a Cristina (Fernández) con mi viejo nos cruzamos con los de la Policía Federal y no pasó nada. Eran compañeros, eh. A mí me extrañó, pero eran compañeros.

–¿Y qué sentiste al verla?
–Fue un golazo. Una señora que está impecable. Está presa. No nos olvidemos de que está presa. Yo sentí primero un orgullo de que me haya convocado y después no podía creer que esté presa. Que ella esté presa por no haber hecho nada es una locura.

–¿Qué imaginás para el futuro?
–Yo quiero laburar de fotógrafo. Eso es lo que sueño. Mis sueños tampoco son grandilocuentes. No voy a ser una paloma blanca como la que está ahí (sonríe y señala una paloma blanca), pero vamos a tratar.

–¿En qué te ayudó el hospital público?
–El hospital público ayuda mucho. Este centro de rehabilitación… el hospital público te salva la vida. Al menos a mí me la salvó.

–Da la sensación de que lo humano va de la mano de lo profesional…
–Primero desde lo humano, porque no te preguntan ni de dónde venís y ya te atienden.

Foto: Rolando Andrade Stracuzzi

–Dejamos para el final lo más desagradable. Cuando ves a Patricia Bullrich y el lavado de cara que está intentando, ¿qué creés?
–Es todo chamuyo. De imagen no va a cambiar porque es lo que es. A la edad que tiene, si sigue haciendo lo que hace, no va a cambiar. Que la gente no se coma la curva. Parece recta la mina, pero no es recta ni a palos, está llena de curvas.

–¿Creés que puede ser presidenta?
– Tengo miedo de que pueda ser presidenta. Porque la gente que tenemos también vive en una nube de pedos, con todo respeto. Votaron a Milei, que venía con una motosierra. No sé qué se pensaban que iba a venir a hacer. Con una motosierra mucho no podés hacer. Iba a cortar todo, y es lo que está haciendo.


En nombre del hijo
La entrevista termina con el mutuo e implícito acuerdo de no someter a Pablo a demasiado esfuerzo. La charla contó con su padre, Fabián, como testigo. Desde que la muerte quiso abrazar y no soltar a su hijo, el hombre no se despega de su lado. «Como debe ser», aclara, para deshacerse de heroísmos y otras virtudes.

–¿Cómo está Pablo? ¿Cómo lo ves?
–Yo lo veo mucho mejor. Nos lo dicen todos. Nos lo dice la gente acá en las terapias, acá en el Roca. El otro día le llevé una resonancia magnética para que la viera el neurocirujano y me dijo: «Diez puntos». Le dije: «¿Cómo diez puntos?». «Bueno, si querés, nueve cincuenta, pero está bien», me dijo. Va bien. Le están haciendo estudios y está mejorando. Los pequeños inconvenientes que venía teniendo, que para una persona común serían grandes, dada la patología y el daño que tuvo, son pequeños, y los está superando uno a uno.

–Desde el punto de vista judicial, ¿cómo está la causa?
–Ya está elevada a juicio oral. Falta concretar qué juzgado y en qué momento. Nuestras abogadas dicen que puede tardar hasta un año. Para los tiempos nuestros, nos parece mentira que (el cabo Héctor Guerrero) no esté ya condenado, dado que es tan obvio y evidente lo que pasó. Pero para los tiempos legales y para el sistema judicial argentino parecería que va bastante rápido. Esperemos que siga así. Sabemos que el Poder Judicial está muy atado al humor político y social, y eso cambia. Por eso consideramos importante cada comunicación que hacemos: para sostener el tema y que no quede en el olvido.
El caudal de noticias y el manejo mediático hacen que algunas cosas se oculten y otras no. Hay que mantener el tema presente. Creo que está muy instalado en la opinión pública y también en las instituciones vinculadas al periodismo y al fotoperiodismo a nivel internacional, no solo nacional. Les va a ser muy difícil cualquier maniobra que quieran hacer.

–También se lo pregunté a Pablo… ¿Cómo tomás el intento de lavar su imagen de Patricia Bullrich?
–No es nuevo. En realidad, no la va a poder hacer. Al contrario. Creo que se está concentrando en una clientela política a la que le gusta el discurso agresivo. Están compitiendo entre ellos para ver quién es más turro. Lo hace con el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (Jorge Macri) que también apuesta a ese discurso y lo multiplica. Se ve en los afiches y en la propaganda. Evidentemente, los focus groups les dicen que tienen que apuntar a ese sector; pero creo que esta vez el humor social está cambiando. Espero que así sea.

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