22 de agosto de 2026
En sintonía con la novela de ideas, Un amor sin futuro, de Betina González, narra con sutileza la particular relación de una profesora con su joven exalumno. Crítica de los mandatos sociales y exploración del deseo.

Hace un tiempo se instaló como categoría en papers y reseñas la posibilidad de considerar, como un subgénero, a la «novela de ideas». Autores canónicos de nuestro país, como Ricardo Piglia, entre tantos otros, fueron puestos bajo esa matriz desde la novela Respiración artificial, publicada en 1980.
Pasados los años, el rótulo nos llega como una invitación a ser repensado, al leer las obras contemporáneas más interesantes y reubicar su tradición. ¿Por qué habríamos de suponer que la narrativa no imprime ideas? En cuentos y novelas, el lenguaje se piensa porque construye mundos posibles y horada y reversiona el conocido.
Más que explicar, entonces, esta acaso lábil tesis, podríamos tomarla al acercarnos a la obra de Betina González, que acaba de publicar Un amor sin futuro (Tusquets). Es fácil, al leerla, comprender, sin esfuerzo, a la literatura como discurso prescriptivo y metatextual, bajo la premisa de que toda ficción nos habla, en el fondo, de cómo debe escribirse una ficción. La novela se emparenta con lo que la autora planteaba en un ensayo previo: «Todo acto creativo es un acto crítico».
«La novela trabaja con cuál es el riesgo de enamorarse, y de alguien que entabla una relación que la época condena, y que no tiene nombre para esa relación.»
Nacida en la localidad de San Martín, estudió Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y gracias a dos becas es magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Texas y doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Cuando estaba allí ganó los premios Clarín, Tusquets y Fondo Nacional de las Artes. De vuelta en Argentina, comenzó a trabajar como docente de escritura en dos universidades nacionales.
A sus obras de ficción Arte menor, América alucinada y Olimpia, entre otras, se suman los libros de ensayos La obligación de ser genial y Cómo convertirse en nadie, que pueden apreciarse como vasos comunicantes entre ambos géneros. En Un amor sin futuro las ideas no son explícitas, sino preguntas incómodas y, al mismo tiempo, orgánicas con el nivel de la trama.
Sin declamaciones, además, en pocas páginas, encontramos una suerte de crítica social: los mandatos que recaen en especial sobre las mujeres, que se resisten a dejarse domesticar por un «deber ser» conservador y mercantilista, bajo una pátina de aparente libertad.
Desde ya, la autora no lo dice así. Es algo que se desprende de varias capas de la prosa.
La nouvelle, narrada en segunda persona por una profesora de 49 años, cuenta el avance de dos relaciones. Una sin erotismo sexual de por medio, de maestra y discípula, con una estudiante talentosa y algo torpe. No es frecuente en la literatura encontrar este tipo de tramas; sí de varones profesores. Al mismo tiempo, otro vínculo se despliega y se repliega: terminada la cursada, la narradora comienza a verse con un exestudiante suyo.
Leemos: «”No se suele recomendar la pasión. Y, no obstante, cada quien la acecha y cada uno en secreto quisiera ser presa de ese mal mortal”, dice Anne Dufourmantelle, la escritora que estás leyendo sin saber cuánto necesitás ahora, a los cuarenta y nueve años, ese libro». Ideas como la citada, de Elogio del riesgo, recuerdan a Una única historia, del inglés Julian Barnes donde, por fuera de los consejos de las redes y de la pretensión de mantener el control, el narrador se entrega al desborde emocional en una relación con un mujer de 48 años. Él tiene 19.
En esa lava se mueve Un amor sin futuro, que ya desde el título parece festejar la gratuidad de lo presente. Durante la entrevista, la autora comenta que buscó contar el enamoramiento. En general, dice, las historias rondan el duelo, el desgaste, los celos, el desamor.
«Es una nueva manera de disciplinamiento, un poco atroz. El terror es una mujer vieja, porque si es vieja, es fea. Fealdad y vejez están homologados.»
«Eso ya se contó mil veces. Entonces, yo decía: para mí el desafío es hacer lo que hizo Silvia Plath en dos párrafos. ¿Podría escribir una novela que solo cuente la parte del cortejo y del enamoramiento? Y, bueno, lo intenté».
Uno de los hallazgos de la novela es la segunda persona, esa que usamos en los correos, que recibimos desde los carteles y las normas. Es el tono de lo epistolar, y también la del imperativo y lo prohibitivo. La narradora le habla de vos a su enamorado y a sí misma. La novela se vuelve coral porque además incorpora la voz de sus amigas que comentan, aconsejan, condenan.
La protagonista combate focos de discursos condenatorios que vienen de afuera, y que se pueden identificar en el clima de época actual. Por ejemplo, ¿por qué estar en pareja si no puede cumplirse con el mandato de la reproducción? «Hay libros escritos así que funcionan, Aura de Carlos Fuentes, por ejemplo, que es gótica. El “yo” le habla desde el futuro a él, pero ya sabés que pasó una catástrofe y que ahí tiene otra tonalidad. A mí me funcionaba porque está interrumpida».
–Hay citas filosóficas y literarias.
–Sí, pasajes más ensayísticos o aforísticos y la segunda persona puede narrar en tercera. Y, por ejemplo, en un grupo de lectura me dijeron que, con esa segunda persona, sintieron algo del tono del dedito en alto, pero hacia ellos. Como que interpela a quienes leen.
–Están los mandatos sociales ahí hablándole.
–Y la figura de las amigas. Son una especie de coro griego, que funciona como una advertencia permanente: «Mirá que esto no te corresponde, mirá que los roles…». Y esa subjetividad es como ella misma desde el futuro. El hybris, la arrogancia extrema de Grecia de anticipar la catástrofe. Eso le da también una emoción permanente a la novela, que está tanto en lo contenido, en la expectativa sobre qué va a pasar con ese chico, si ellos van a estar juntos o no, pero también como la emoción de algo ominoso.
–Esa cosa de anticipar la catástrofe, que también está en tu novela Olimpia, y la tesis de que, a partir del miedo, surgen las acciones. Un miedo que no paraliza.
–Me gusta porque tiene que ver con el riesgo, la novela trabaja mucho con cuál es el riesgo de enamorarse, y de alguien que entabla una relación que la época condena, y que no tiene nombre para esa relación.

–Leemos que lo que la época tiene para ofrecer a una mujer de su edad son tres palabras: «menopausia, madurez, señora». Y la hipocresía hacia las mujeres de Hollywood. «Para ellas esas tres palabras no aplican. Son espléndidas, posthumanas, make up free». Son festejadas, atravesadas por el discurso del «bienestar».
–Pero lo que ves en la cotidianidad no es así. Vas a comprarte ropa y, si tenés 50 y entrás a una tienda que no es de tu rango estario, las chicas te atienden bien, pero te miran raro. Y después está la parte comercial, lo que acabás de decir, lo del bienestar. La vejez vista como una enfermedad y cómo «no te podés dejar estar», todo el tiempo tenés que estar consumiendo productos. Desde el pelo hasta la piel y las vitaminas. Es todo un target esa generación post-50. A los varones también les está empezando a afectar.
–Hace un tiempo Mariana Enríquez hablaba de la película Sustancia y la vinculaba a que lo terrorífico, como en los cuentos tipo Blancanieves, lo encarna una mujer vieja.
–Es también una nueva manera de disciplinamiento, un poco atroz, ¿no? El terror es una mujer vieja, porque si es vieja, es fea. Fealdad y vejez están homologados. Está lleno de mujeres en Hollywood que se ven bárbaras y salen con tipos más jóvenes que, como digo, son las excepciones. Y en una época que ve a la vejez como una enfermedad se la considera, entonces, evitable.
«A los jóvenes les cuesta ir en contra del sistema. Con mi humilde percepción de escritora, creo que nunca hubo una generación tan conformista como esta.»
–Hay un cariz individualista.
–Claro, hay como un «sálvese quien pueda» en general. Como si se dijera, desde quienes tienen mucha plata, «vos te morís de hambre en la calle solo, y también vas a envejecer vos porque sos pobre, yo no, porque soy rica y puedo consumir todo, desde el bótox para arriba». Lo cual me parece horrible. ¿Viste que hay unos ricos delirando con que van a downloadear su conciencia a una computadora, o que van a crear sectas de rejuvenecimiento? Es una obsesión maligna de la época.
–Para las mujeres, más.
–Sí, pero está en toda la sociedad. Ahora, para ver gente linda, real, ¿sabés qué hago a veces? Veo videos de los Beatles. Hay uno donde están ellos con sus parejas, muy en primer plano, y son gente imperfecta y hermosa. Para ver gente linda, real, te tenés que ir a otras épocas, porque ahora todo es plástico. Mucho antes de la IA ya pasaba con los filtros. Entonces, claro, muchos pibes están con esta movida de «vamos a desconectarnos» y «vamos a escuchar vinilos» y «volvamos a la cámara, a las imágenes de baja definición». Como un revival. Eso puede tener algo positivo, si no es nada más que un consumo nostálgico, si fuera de verdad un movimiento de «no queremos este tipo de humanos, no vamos a ser un engranaje más». No los veo yéndose a la revolución. Les cuesta ir en contra del sistema. Con mi humilde percepción de escritora, no soy socióloga, creo que nunca hubo una generación joven tan conformista como esta. De todos modos, capaz que sí hay jóvenes rompiendo esquemas: siempre va a haber formas de resistencia, tal vez no las vemos porque la circulación está atomizada en las redes.
