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La revolución de los colores

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Ariel Scher

El club irlandés Bohemian FC dedicó una camiseta a la revolución cubana, un hecho que se inscribe en su tradición progresista. ¿Qué significa la indumentaria en la era de los superequipos? La política y el mercado.

Dublín. El Bohemians con su camiseta en homenaje a Cuba, en un partido ante el Longford Town, el 16 de agosto de este año.

Foto: Getty Images

En el tercer vagón del Subte A, bastante poblado en la décima hora del viernes, Diana mira sin envidia a un muchacho rubio al que, debajo del buzo, le brilla una ropa del Manchester City y, también despojada de cualquier envidia, detecta el pantalón de Atlético de Madrid que recubre las piernas de una señora en los bordes de los 60. No ejerce envidia, quizás, porque no es su emoción dominante o, más probablemente, a causa de que, en algunas semanas, también ella lucirá una prenda futbolera a la que sueña como la mejor de todas. Ya se imagina Diana yendo y viniendo en el Subte A con la flamante camiseta del Bohemian FC. Flor de camiseta: está dedicada a la Revolución Cubana.

En el ejercicio de una pasión consecutiva de casi cuatro décadas, el periodista Pablo Aro Geraldes armó una colección de camisetas más amplia que las Naciones Unidas. Tiene al menos una de cada una de las 211 federaciones afiliadas a la FIFA y otras 40 de territorios, colonias, naciones o pueblos aún sin reconocimiento. Si se cruzara con Diana, la comprendería de inmediato: «Cuando el Bohemian presentó la camiseta que usaría en la FAI Cup 2026-27, los coleccionistas se dieron cuenta inmediatamente de que estaban ante una pieza imperdible: el club, que suele tener en sus tribunas la bandera palestina, ahora sumaba un nuevo motivo para fidelizar a sus hinchas y a los seguidores externos que lo tienen como un faro de ideas que van desde la lucha antifascista, la protección de los inmigrantes o su militancia para frenar el cambio climático hasta su oposición a ultranza contra cualquier idea de convertirse en Sociedad Anónima. Conociendo esta línea de pensamiento, no resultó tan loco que, en coincidencia con el centenario del natalicio de Fidel Castro, lanzara una camiseta que remite a la bandera cubana, pero con los tonos del club».   

¿Qué es hoy una camiseta?, ¿significa lo mismo que hace 20, 50 o 100 años, cuando muchos de los clubes actuales de cualquier latitud ya existían y ya habían estabilizado sus colores y sus diseños?, ¿cómo se explica que –no importa si comprada en las tiendas oficiales de una entidad o a través de lo que la industria textil paralela es capaz de generar– se haya tornado en atuendo habitual de mucha más gente que en otros tiempos?, ¿floreció y se multiplica un fenómeno de identidad o lo que acontece es un fenómeno de mercado?

Como en tantas cuestiones, no hay respuestas completas o, en todo caso, las respuestas en edificación suman un poco de todo. Por un lado, emerge la evidencia de que, en la Argentina o en donde sea, se naturalizó la concurrencia a los estadios con la pilcha del equipo propio, algo que resultaba bastante menos habitual en otras eras. Hace un lustro y desde Barcelona, un estudio del psicólogo Albert Juncá y del experto en actividad física Eduard Inglés Yuba trabajó esta transformación. «La camiseta actúa como un símbolo que aglutina a todos aquellos que la llevan o que, sin llevarla, la sienten como propia, y los define como miembros de un mismo grupo», plantearon, acaso desplazando hacia el fútbol a la célebre idea de «comunidad imaginada» que el politólogo Benedict Anderson acuñó para pensar qué es una nación: los miembros comparten un lazo identitario y una historia aunque no se conozcan.

Un libro fundamental. Tapa del «Atlas de camisetas», una obra imprescindible a cargo de Cune Molinero y Alejandro Turner.

 «El poder del trapo»   
El productor televisivo Cune Molinero se transformó en erudito en el tema cuando, junto con Alejandro Turner, modeló Atlas de camisetas, un minucioso catálogo en el que exhiben desde las casacas fundacionales de los conjuntos argentinos hasta sus versiones contemporáneas. «Cuando nos dispusimos a hacer el Atlas de camisetas, funcionamos desde nuestra propia percepción y con una mirada estética. Queríamos saber el origen de los colores y tratar de entender de qué se trataba ese pasaje a la intensidad que significó para nosotros la primera camiseta que nos regalaron. Pero entendimos el verdadero significado y el valor que tiene esa prenda cuando le preguntamos a amigos, a conocidos o a hinchas anónimos por su camiseta preferida. El abanico fue enorme, pero nadie nos dijo que no tenía una a la que considerara especial. El valor sentimental, estético y simbólico es impresionante en Argentina y también en el resto del mundo».

En mayo de 2012, Sergio Agüero metió el gol que le dio al Manchester City su primer título en 44 años. Ocurrió en el descuento del descuento y sobró épica. Cuando comenzaron los festejos, el héroe de la jornada se envolvió en una bandera de Independiente, su referencia de origen en la Argentina. Siguiendo la escena, otro goleador, Jorge Valdano, sintetizó lo que eso representaba: «El poder del trapo». El poder (mayúsculo) del trapo nace en los fondos del pasado y respira vigorizado en esta etapa. Puede que para el aplauso. O para el eventual reproche. «La camiseta de XX (varían los destinatarios) se tiene que transpiran /y si no, no se la pongan /váyanse y no roben más», proclama una letra reiterada en diversas populares. Vestirse con ese trapo es exactamente un honor.

La misma batalla
En la diversidad que ofrenda Atlas de camisetas, sobresale la que Central Ballester dedicó a los fusilados de José León Suárez de 1956. Emplazado cerca de ese sitio, el club la mostró en 2016, al cumplirse 60 junios de esa cadena de espantos que narró Rodolfo Walsh en Operación masacre. En su dimensión política, esa camiseta es pariente de muchas otras. La del Clapton inglés, por ejemplo, una ofrenda a los republicanos españoles. Y la del Bohemian FC, que fue concebida en sociedad con la banda británica de trip hop Massive Attack y diseñada a partir de la obra de artista plástico Jim Fitzpatrick, cuya reversión del retrato del Che Guevara, inspirada en la fotografía emblemática de Alberto Korda, es un clásico. Describe Aro Geraldes: «A los lejos se ven franjas negras y verdes, pero, al reparar en estas últimas, llevan escritos fragmentos de discursos antiimperialistas pronunciados por el Che llamando a la resistencia contra el dominio colonial, entre ellos referentes a Argelia, la República Democrática del Congo, Angola e Irlanda». Plena lógica: el Bohemian FC enarbola una tradición de causas ideológicas que sincronizan con su camiseta más reciente. Y algo más: el 30% de lo que dejen las ventas de esta novedad irá para la sanidad cubana. Mientras aguarda que su prenda llegue, Diana sonríe por el destino de su dinero.

«En un mundo acelerado, hiperconectado y plagado de estímulos, las camisetas de fútbol ofrecen algo sólido: una historia, un escudo, un símbolo colectivo. Vestir una camiseta retro permite anclarse a algo, aunque sea de forma irónica o estilizada», escribió en The Conversation, en 2025, la socióloga española Sandra Blanco Durán, quien, junto con su colega Jorge del Río, puso el foco en una tendencia de moda urbana: el blokecore, la combinación de camisetas de fútbol antiguas con pantalones o sueters cotidianos. Su análisis se vale del concepto de «signo distintivo», del sociólogo francés Pierre Bourdieu, una reafirmación del sitio que alguien ocupa en la vida social; pero añade especificidades: «La camiseta de fútbol se ha convertido en mucho más que un uniforme. Es una prenda que condensa memoria, estética y pertenencia; una forma de tejer comunidad y narrarse en un presente inestable». 

Contracultural
La economía de mercado, que precisamente avanza y arrasa en cualquier zona en la que huele circulación de mercancías, redefinió hace rato lo que posibilitan las camisetas. Porque el mensaje que libera el Bohemian FC se erige claramente como contracultural, desafiante, una lengua afuera delante de quienes mandan desde el poder del capital. Pero, por fuera de estas expresiones, lo que viaja a la altura del corazón en cada camiseta, de manera abrumadora, es el nombre de alguna compañía que la registra como el vehículo para visibilizar, instalar o comerciar su producto. En los años 80 del siglo XX, el presidente de la FIFA, Joao Havelange, escandalizó a unas cuantas conciencias y encandiló a unas cuantas corporaciones al afirmar su «yo vendo un producto llamado fútbol». El legado de esa sentencia fue/es la potenciación del producto fútbol como espacio para vender otros productos. No azarosamente, la FIFA sanciona una leyenda sobre Malvinas pero viabiliza los mensajes de las empresas que pagan para decir, en el universo de la FIFA, que la existencia es más bella consumiendo tal o cual cosa. No azarosamente, los megaclubes (y no tanto) de muchas geografías apuestan fuerte a sus tiendas de ropa. No azarosamente las camisetas y sus atuendos complementarios se afianzaron en el centro de las cuentas de las firmas transnacionales de indumentaria deportiva.

El fútbol, además, es un espectáculo principal en una era que esfuma fronteras a través de la industria del espectáculo, migrando entre pantallas. Las camisetas de los superequipos europeos (ya va siendo debatible denominarlos clubes) penetran como paisaje recurrente en las pupilas de millones. Y ese acceso ni siquiera parece requerir de la tentación de palpitar córners. Tras auscultar las conductas de las gerencias de marketing de hipermarcas ligadas con el show deportivo, el periodista Marcelo Gantman concluyó: «El fútbol descubrió hace relativamente poco que hay fanáticos que no son como los hinchas de siempre. Que quieren comprar la camiseta y que no miran el partido. Que viven del otro lado del planeta y vibran a su modo por un equipo que no tiene nada que ver con su lugar de pertenencia; al que no llegaron por esa tradición familiar transmitida con el café con leche de cada desayuno. Pero así funciona: depositan sus dineros en forma de membresía para aumentar los ingresos de un club al que nunca irán».

Sin embargo, a la vez, esa mutación no evapora lo de siempre. Lo siempre, al revés, se ensancha. En una camiseta cabe tantísimo. Y la palabra misma porta una fuerza tal que se disemina hacia otros escenarios. Los científicos argentinos, castigados por las políticas gubernamentales hacia el sector, organizaron en agosto una movida, con movilización incluida, bajo el lema «Ponete la camiseta». Todo el mundo entendió a qué apuntaba. También Diana. Que esa tarde se sumó a las calles. Y que, seguro, a la próxima va con la del Bohemian FC.

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