De cerca

«Soy una cantante vintage»

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Mariano del Mazo

Con el flamante disco Bailaré bajo el brazo, Mimi Maura se lanza a la aventura a partir de una nueva sociedad musical. La importancia de la familia y las raíces, entre Puerto Rico y su nueva casa en Escobar.

Foto: Juan Quiles

Irrumpió hace unos 30 años como una variante algo rebelde y contracultural de una movida muy de los 90, como si hubiera encarnado una síntesis del rock y reggae alterlatino, la moda del bolero y la estética de las mujeres almodovarianas. Mimi Maura representó actitud y una voz entonada que, en aquellos años, fue como una fresca brisa caribeña. Ahora está aquí, parada en el medio de la vida, frente a una nueva etapa: se separó de Sergio Rotman –padre de su hijo, Leroy–, vive en Escobar, aprendió a manejar, intenta el cultivo orgánico, volvió a pintar y tiene bajo el brazo un disco que saldrá esta primavera y que Acción tuvo el placer de escuchar, aunque sin la mezcla definitiva.

Es su primer trabajo sin el poderoso influjo de Rotman. El saxofonista de Los Fabulosos Cadillacs fue una omnipresencia afectiva y conceptual en la carrera de Mimi y ahora se mantiene a una discreta distancia artística. Ella fue arropada por una producción compartida entre Ezequiel Araujo y Nicolás Miguelez, y se la ve contenta.

–¿Cómo te encuentra este momento?
–Toda mi carrera fue un recorrido en familia, porque también en los últimos años está involucrado mi hijo, que es un musicazo. Con Sergio somos amigos, somos familia. Pero bueno, nos separamos después de 28 años de pareja: es un montón. Él siempre fue el motor. Seguimos haciendo cosas juntos. Pero ahora me estoy encargando de todo, junto con mi manager y con mi equipo.

–¿De qué va lo nuevo?
–Es muy diferente de lo que vengo haciendo. En esencia, siempre cultivé el reggae y el rock. La gente del estudio Sound Ambition, o sea Nico y Ezequiel, me hicieron una propuesta y compusieron muchas canciones pensando en mí. Es la primera vez que me presto para algo así. Obviamente que las canciones pasaron por mi oreja y yo hice una selección muy precisa. Me gusta experimentar con algo diferente. Nico y Ezequiel buscaron que el disco sea una obra, como era antes. Un álbum de principio a fin. Vamos a ver hasta dónde llega esta aventura.

El disco tiene como título Bailaré y casi todos los temas fueran escritos por Miguelez y Araujo. Destaca un cover de los Decadentes, «El pájaro vio el cielo y se voló», en el que canta junto a Jorge Serrano. En otras canciones meten sus voces Vicentico («Maleficio») y Santiago Motorizado («Presentimiento»). El disco será presentado en noviembre, en Niceto. 

A esta altura, habrá que decir que Mimi nació como Midnerely Acevedo en Santurce, Puerto Rico, en 1972. Es hija del bolerista boricua Mike Acevedo y en muchos de sus proyectos ha honrado la memoria de su padre. Va y viene de su país y conserva su tonada caribeña, su cantito, sus «chéveres».

«Estuvimos viviendo mucho tiempo en Puerto Rico, de hecho parte de la educación de Leroy fue allá», cuenta. «Siempre estoy yendo. Es bello volver a mi casa. Puerto Rico sigue siendo mi patria y me encanta respirar el aire, el mar, la música, la gente. Mi mamá vive allá, tengo hermanos, amigos, primos. Ha cambiado mucho todo, es cierto».

Foto: Juan Quiles

–¿Por qué?
–Culturalmente, ni hablar. Hay una música que se apoderó de todos los medios, tú sabes. Y todo está muy turístico. La isla ha sido golpeada desde el huracán María, de 2017, que fue un desastre total. Y después con el covid… Hay problemas de agua y de luz en el área metropolitana. Ahora mismo me comunico con mis amistades y llevan tres o cuatro días sin agua. Hay sequía.

–Hablabas de la música que se apoderó de todos los medios. Si antes Puerto Rico era sinónimo de salsa, hace tiempo que domina el reggaetón.
–Sí. Y ni hablar del rock, que está como un bello durmiente. Son otros tiempos. Debo decirte que lo de Bad Bunny en el Super Bowl me tomó allá, y fue impresionante. Mirá que a mí no me gustaba su música, pero empecé a escucharlo de otra manera. Algunas de sus canciones me están gustando cada vez más. No tengo más que admirarlo. Lo que hizo en el Super Bowl nos llenó de orgullo. Allá él es como un dios.

–Y en su último disco volvió a las raíces.
–Claro. Todos los caminos conducen a las raíces. Bueno, yo lo vengo haciendo hace muchos años, ¡pero nadie lo vio!

–No te creas.
–Desde el primer disco vengo haciendo boleros, canciones de mi viejo. En otros álbumes tuve la participación de bandas de percusión de Puerto Rico. Me parece que está bueno tomar en cuenta estas raíces latinoamericanas que son, en definitiva, africanas.

–Con tanta ruta en la música, ¿sos de mirar para atrás?
–A veces sí, a veces no. Soy de reflexionar. Y más en este momento, que tengo más tiempo para mí. Ya no tengo que cuidar a un niño, puedo dedicar mi energía a otras cosas. Me cuido, hago cerámica, volví a las artes plásticas, que fueron parte de mi vida en la adolescencia. Llegué a estudiar artes plásticas en la universidad pero, bueno, me tomó la música. Además estoy indagando en la agricultura. Me interesa mucho lo que como. Ahora en Escobar tengo un poco más de lugar para tener mis propios brócolis, mis tomates, mis melones.

La conversación deriva, casi naturalmente, hacia una palabra que aparece varias veces: libertad. Mimi parece estar aprendiendo otra vez algunas cosas elementales, como administrar su tiempo. A los 54 años, la renovación no es solo musical.

–Hacer cosas nuevas es una constante en tu vida.
–Sí. Y cada vez que tengo cosas nuevas para hacer me causa más emoción. Eso no cambia. Aunque desde chica sabía que quería ser música. No me veo en otro lugar. Me cuesta imaginar mi vida de otra manera y más: mi vida sin el vivo. Cuando estaba en el under, lo que más me interesaba es que la gente se acercara y me viera ahí, en una escala humana. Me interesaba que esa genta sintiera que yo cantaba de verdad. Nunca hice playback. Cuando tuve la posibilidad de ir a la televisión, lo primero que decía, sin tener experiencia y sin saber demasiado, era: «Yo no hago playback». Y para ellos eso era casi una ofensa.

Y aquí aparece una preocupación que parece exceder incluso a la música. Mimi habla de la Inteligencia Artificial, de los hologramas, de la posibilidad de que algún día una banda pueda ser reemplazada por una imagen, una simulación perfecta, una experiencia sin músicos presentes. Lo dice con cierta ironía, pero también con convicción: hay cosas que no se pueden reemplazar. «En algún momento la gente se va a dar cuenta de que ir a ver una banda de jazz, aunque sean cincuenta o cien personas, es impagable», afirma.

–¿Te sentís parte de alguna escena, acá, en Argentina?
–En una época sí, pertenecía a la escena del rock y del reggae. Pero pasó lo de Cromañón, un momento que nos golpeó a todos. Todo se desarmó. Después vino el covid, que hizo mucho más daño del que nos damos cuenta. Le bajó un cero a la participación, tanto de la gente como del dinero que entra al bolsillo de los músicos. A los más grandes y a los más chicos, a todos por igual.

Foto: Juan Quiles

–Lo ves en tu hijo.
–Claro. Sí, en él y en mucha gente que está a su alrededor. Él no se ve de otra manera que siendo músico. Es un obrero de la música. Estoy muy orgullosa de lo que hace. Produce y trabaja de ingeniero de sonido. Los músicos tuvieron que abrir su gama de posibilidades: tocar, producir, dar clases, hacer distintas cosas. Y está bien: el artista o el músico tiene que pensar que también lo hace por amor al arte. Porque al final está buenísimo poder hacer algo que a uno le gusta.
En ese punto aparece Soul Reggae Vol. 1, un proyecto que funciona como una especie de cápsula de memoria. El disco reúne canciones que Mimi, Sergio Rotman y Hugo Lobo registraron durante años. «Son canciones, covers, pero están hechos con mucho cariño. Hugo fue quien nos propuso hacer el material y lo fuimos grabando en su casa. La mayoría de los instrumentos los grabó él. Ahora va a salir un vinilo que reúne los simples que veníamos sacando cada año. Y la idea es hacer un segundo volumen. No queremos dejarlo ahí».

–¿Te propusiste ser una artista vintage?
–¿Sabés que sí? Al principio, cuando empecé a grabar, me miraba en el espejo de Billie Holiday. Me imaginaba que era ella. También me vestía pensando un poco en esas épocas. Y me gustaba Yma Sumac, aunque no tanto por la manera de cantar sino por lo visual. Me parecía muy atractiva esa mezcla indígena, latinoamericana, llevada a un estilo de música que nosotros hacíamos, que en esa época era rocksteady, reggae y ska. Así que sí, soy una cantante vintage.

–¿Te da miedo el futuro? 
–No me da miedo. Pero a veces digo: qué fuerte. Con los años una va viendo cómo muchas cosas te superan. Empiezo a leer sobre los robots que ya existen o que van a empezar a existir muy prontito y pienso: ¿cómo será dentro de cinco años? Todo va cada vez más rápido. Me da mucha curiosidad, y en el mismo sentido no tengo ganas de pertenecer a ese mundo. Quiero estar un poco alejada de todo. En el lado opuesto, más cerca de lo esencial. Comer mejor, cuidar la tierra. Lo que decía antes, ¡mis brócolis! Y quién sabe, si me dejan en el barrio donde vivo, tener mis propias gallinitas.

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