14 de septiembre de 2026
Carlos Núñez (Buenos Aires, 1955). Estudió Letras en la UBA. Publicó los libros de poemas Casi la sombra (1984), En la colmena (1987), Vacantes en el Infierno (1992) y Reporte del clima (2018). Participó del grupo de acción poética Los Verbonautas. Su obra fue publicada en Argentina, Latinoamérica y España. Los poemas que presentamos en exclusiva son parte del próximo libro El aire es sólo un instante contra el parabrisas (Ediciones del Camino), finalista del premio Loew de poesía.

El Puente Nicolás Avellaneda
A la memoria de Elizabeth Bishop
Acá en la vista del puente que cruza el riachuelo
por fin asomado a su vértigo
desde donde se pueden ver los reflejos de la luz
aún en su negrura y
a las bestias alienadas como yo, caminar,
saturadas de ruido y de camiones,
en la bruma, que es como ceniza.
Quise siempre, cuando amanece, atrapar el color que separa
al estrecho riachuelo en su desembocadura, con
el Río de la Plata, tan marrón y gigante como
un ser orgánico que se expande en cada sudestada
y se pierde como un niño en el pequeño oleaje
de sus orillas interminables y falsas. Quise
verte con tus vestidos brillantes y tus anteojos plateados
vengar la monotonía, demoler la pena,
como salida de una jungla mecánica
que no puede doblegarte.
Desde aquí arriba, desde este lugar prohibido,
desatormentar el frío y la llovizna
escuchar los hierros del puerto,
las conversaciones de los rateros, de los ebrios
mezclados con el sonido de las escuelas
con las mujeres volviendo de la feria como
de una nada infinita y conocida.
Ver las sábanas que cuelgan de un balcón
atravesadas por noches de amor
y convertidas en una avenida que se acaba en el viento
y que se olvida.
Que vengas para demostrar
que el agua mantiene su esencia
aunque fluya por las miserables zanjas.
Acá en la vista del puente que cruza el riachuelo
por sobre las casas de chapas y cartón
por sobre los trenes larguísimos que simulan esperanza. Que vengas
desde el agujero redondo de la infancia a
dormirme con un cuento envuelto en tu voz áspera y dulce
capaz de sofocar, como entonces, a los patrulleros y
a los ejércitos de la muerte.
Por favor ahora y acá,
quizás podamos hablar de lo que habla la gente
que me cuentes de tu esposo, (¿si habrá dejado la bebida?)
yo te diré de la mujer de la que te había contado;
que todavía está en Rawson con sentencia y
que me dejó a su hijo y que es maravilloso
y que dibuja en las paredes.
Tranquilamente hablar
quizás necesite sólo eso,
hablar un poco, suspendido
en mitad del aire y del río
a la vista del cielo
por sobre el olor del agua y el gasoil.
El Fuego
I
Sentado en el patio
bajo el calor y los árboles
hay siete formas
siete noches una tras otra cada vez.
Antes del amanecer
dejaré salir a los perros,
me hundiré en la garganta
tabaco, palabras, carne.
Antes del amanecer
las personas serán o no
en las calles brillantes
y el pensamiento permanecerá inútil
en la intemperie de
no recordar sonido de
no abrir los ojos de
perder el tiempo.
II
Prolijamente en la noche
lo voy quemando todo
III
Dormir de a ratos sin saberlo
herido con llagas con palabrerío
perdido en lo que queda del bosque
de la noche sin paz.
Quiero quemar el aire
en realidad sólo el aire
IV
Y no tener nombres
estar solitariamente
sin nombres ni memoria.
Ver la espuma
de los océanos mezclada
con la luz gigante
detrás de los árboles
con los perros cansados
arañando la puerta.
Quemarlo todo no es nada,
el aire sigue:
termino con el alcohol
con Beethoven con Blake
con el cielo que muerde
un polvo intacto
un llamado sin voz
desde los árboles.
V
Es una noche
cualquier noche.
Viejo como el aire arrastro un fuego
que ilumina apenas todo lo que está,
todo lo que envuelve,
en el fondo de los árboles
mezclado con el océano
hay un viento que resume el dolor.
en el fondo el aire
cautivado por el fuego sumerge
los nombres perdidos
los años sangrientos
las imágenes reales.

