28 de octubre de 2026
Protagonista de Mis muertos tristes, Dolores Fonzi analiza el trasfondo social de la serie de fantasmas que gana adeptos en la pantalla de Netflix. El desguace del Incaa y su próxima película como directora.

Foto: Prensa
No se puede vivir con tanto veneno. Algo está contaminando el agua y un barrio entero empieza a escuchar a sus muertos. No se trata de alimañas malogradas que cayeron en la cisterna sino, como en una historia de fantasmas clásica, de personas que se fueron y que aún tienen cosas que decirnos. Son, como en los cuentos de Mariana Enriquez en los que se basa Mis muertos tristes, víctimas de maldiciones, traumas, prejuicios, maltratos, injusticias y violencia, que nos recuerdan a los que todavía seguimos acá por qué no pueden descansar en paz.
Miniserie de cuatro episodios que, coescrita y dirigida por el chileno Pablo Larraín, llegó a Netflix tras su gran recibimiento en el festival de San Sebastián, en Mis muertos tristes Dolores Fonzi interpreta a Caro, la hija de Emma, una médica (Mercedes Morán) que escucha a los difuntos desde siempre. A Caro, a su vez, la persigue la culpa por la muerte traumática de un novio. Las relaciones entre los vivos no son más sencillas: ni entre Caro y Emma, ni entre esta y su hermana Lidia (Alejandra Fletchner) ni la de Lidia con su hija Julia (Carolina Álvarez).
«A mí no me gusta el terror y a Mis muertos tristes no la veo como una serie de terror, sino como la exposición de la oscuridad que hay en el mundo.»
Con una carrera de 30 años como actriz, dos películas como directora (Blondi y la más reciente y galardonada Belén) y una más en camino, Fonzi aporta una vez más belleza clásica –un rostro que podría haber sido el del noir hollywoodense de los 40 o la nouvelle vague de los 60–, convicción, sugestión cuando se roza con lo sobrenatural y, afuera de la pantalla, también potencia militante como voz pública y referente en un momento complicado del cine argentino.
«No conocía a Mariana Enriquez, pero había leído su novela Nuestra parte de noche cuando yo todavía no había dirigido nada y la llamé para decirle que me encantaría filmarla», le cuenta a Acción días después del estreno de la serie. «Me dijo «¡Me muero!», fue muy buena onda, pero a los dos meses se la compró Alfonso Cuarón y quedó ahí», agrega. «A Pablo Larraín lo conozco hace mucho tiempo, hice algunas cosas como actriz que él produjo, como Distancia de rescate. Y la verdad que no tuvo que decirme mucho para convencerme. Tenía temas de tiempos, pero después todo era un sí total: con Mercedes no había trabajado nunca, con Pablo como director tampoco y encima con libros de Mariana Enriquez», resume.
–En este momento parece que se valoriza el terror argentino en la literatura y el cine, con obras que se vuelven masivas.
–A mí no me gusta el terror y a Mis muertos tristes no la veo como una serie de terror, sino más bien como la exposición de la oscuridad que hay en el mundo. Algo de lo que me gustó de Nuestra parte de noche tiene que ver con mostrar las redes de los poderosos del mundo, y cómo representa el mal. Cómo el poder está en manos de pocos, que abusan de la gente: los túneles llenos de niños torturados, los cuerpos. Más allá de los desaparecidos, siento que conversa con esta época desde otro lugar y que abarca mucho más que solamente Argentina; pero no, no me interesa el terror. Leí a Elsa Bornemann en el colegio, me gusta lo que escribe Mariana, pero es una sensación, primero, que no me interesa tener. Segundo, que no entro en lo fantástico del género. Lo que más miedo me da son esas películas donde se muere algún miembro de la familia, un ser querido, lo que realmente podría pasar.

Foto: Prensa
–En la presentación internacional de Mis muertos tristes dijiste que los muertos son nuestra memoria. ¿Qué es lo que permiten contar sobre nuestro mundo las historias de fantasmas?
–Me da la impresión de que el fantasma encarna un poco eso, lo que está y no está; por eso digo que no es de terror. Esta es una serie que abraza estas otras realidades que pueden suceder a la par de la nuestra, a los seres que ya no están pero quedan en nosotros. Y sí, ahí siento que estamos constituidos por las personas que se fueron, por los que nos dejaron, que solo existen en nosotros. Los muertos finalmente son el pasado, son la historia de la humanidad en general: no es que todo termina cuando morís. Aunque no creas en Dios y aunque no creas en nada, no es que simplemente desaparecés. Creo que somos todos como una cadena de energías que viene de hace un montón y que el mundo está hecho de lo ancestral. Y que cuando se niega eso, que existió otra gente para que nosotros entendamos ciertas cosas, se niegan las batallas y el sufrimiento de nuestros antepasados. Lo que está pasando hoy es que volvemos a vivir lo que el mundo ya vivió. Intento interpretar que los muertos en general, los caídos en Malvinas, los enfermos de covid, los que han muerto a lo largo de miles de situaciones, lo hicieron para que nosotros entendamos algo de todo eso. Los muertos tristes son las voces de ese pueblo, de ese barrio, que hablan de la injusticia.
–Es la discusión sobre la memoria que está siempre vigente en Argentina, pero el contexto actual parece darle una particular relevancia. ¿La serie nos dice algo más específico sobre lo que estamos viviendo hoy?
–Creo que sí, que nunca se negó tanto el pasado como con este Gobierno. Hemos tenido de todo, pero no como esta actualidad de negacionismo total: niegan el cambio climático, casi que niegan que hay gente discapacitada, que hay viejos, que hay gente con cáncer. Todo es de un negacionismo absurdo. Que no es negacionismo, es una estrategia claramente maquiavélica. Lamentablemente es un tema que conversa con la época perfectamente.
«Esta es una serie que abraza estas otras realidades que pueden suceder a la par de la nuestra, a los seres que ya no están pero quedan en nosotros.»
–La ambientación en el barrio de Piedrabuena es una apuesta central del relato. ¿Cómo trabajaron eso?
–No fueron decisiones mías. Son convenciones que surgen del trabajo de Pablo y Mariana, pero las agradezco: me gusta que mi personaje sea una mujer de 40 y pico que no tiene una vida formada, una familia, que no sigue las estructuras establecidas. Que tenga una madre que es una mujer que tiene un departamento en Recoleta, pero que prefiere ir a instalarse a la casa de su abuela en Piedrabuena y no se entienda por qué. De ninguna historia de Mariana Enriquez se nos escapa que el terror también está en la pobreza, porque habla de una desigualdad terrible, de una injusticia. Es un terror social, si querés, por eso digo que Mis muertos tristes no está construida para generar un miedo básico de efecto y reacción. Pero sí en muchas de sus historias Mariana habla de eso, del abuso de poder de los ricos o de cómo se le prende fuego a alguien porque es pobre.
Trabajo colectivo
La entrevista tiene lugar mientras Fonzi trabaja en el guion del que será su tercer largometraje como directora. Al igual que los dos anteriores lo va a financiar una plataforma de streaming, pero no olvida que atrás tiene una trayectoria compuesta por una gran cantidad de producciones que fueron posibles gracias a un sistema de apoyo público a la industria audiovisual, que hoy se encuentra en una situación crítica. «No existen fondos del Incaa dirigidos a ninguna película», afirma. «Quedan solo unos concursos para pocos, de poco dinero. Sacaron el impuesto de cada entrada que iba al sistema de subsidios del Incaa, ¿y a dónde va ahora? A la billetera de algunos: posta, no hay respuesta, todo es un choreo en estos días y es tan grandilocuente que no se entiende cómo no se acciona. El Instituto se vació, echaron a todo el mundo y solo algunos terminaron quedándose con lo poco que entra. Lo que pedían era auditorias y vaya que ellos no lo hacen con sus propias gestiones».
–¿Hablaste con el actual director del Incaa, Carlos Pirovano, después de que respondió a tus comentarios en los medios?
–No lo conozco, es un payaso del momento y no tengo nada que hablar con él. Va a desaparecer en dos minutos y cuando entre alguien con sentido común con quien se pueda dialogar, lo haré. Yo digo lo que pienso, pero no tengo por qué hacer de funcionaria pública para trabajar en comunicación con esa persona.

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–¿Cómo ves el modelo de las plataformas como salida frente a la situación del Instituto?
–No lo veo bien, me parece mejor que tengamos todas las opciones que un país pueda dar, sobre todo teniendo una ley como la que teníamos. Que el Instituto se reorganice, se limpie, se audite: perfecto, háganlo, pongan gente capaz y que lo hagan, pero esto de ahora es solo cerrar una salida. Tener un Instituto está perfecto y que las plataformas hagan películas también, el problema es cuando solo las plataformas pueden producir.
«Sacaron el impuesto de cada entrada que iba a subsidios del Incaa, ¿y a dónde va ahora? A la billetera de algunos: posta, todo es un choreo en estos días.»
–¿Cuál fue tu experiencia trabajando con plataformas?
–A mí me fue increíble siempre, pero yo soy una privilegiada: me fue bien con dos películas y entonces para la tercera me dijeron «hacé lo que quieras». Depende del recorrido y, como con todo, tenés un comité al que le mandás un material y eso va y viene, porque la financiación es puramente de la plataforma, pero son conversaciones. Trabajo colectivamente, me parece la mejor manera de hacerlo y no es que se me juega el proyecto si alguien del comité de la plataforma me dice «che, no entendemos esta parte». Te la explico, no tengo problema. Porque tampoco me gustan esos directores que hacen películas carísimas y nunca mostraron un guion y después se estrena y es un fracaso.
–¿En qué momento supiste que querías dirigir?
–Nunca supe que quería dirigir hasta que tuve Blondi escrita. Y entonces me dijeron, ¿cómo hacemos? ¿La actuás vos? Obvio, pero salió la financiación y ¿quién la dirige? Y terminé decidiéndolo por default: bueno, chau, la dirijo yo. Había escrito algo que quería hacer y con eso ya estaba tranquila, pero me dijeron «no, che, uno escribe los guiones para filmarlos». Ok, entonces nos pusimos a laburar para que eso pase. Y pasó y después ya no lo solté más, porque me encanta y me encanta dirigirme a mí misma.
