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En defensa de las culturas originarias

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José Francisco Calí Tzay, miembro de la comunidad maya kaqchikel de Guatemala y presidente del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU.

Incansable batallador por los derechos de los pueblos originarios, no solo de su país, Guatemala, sino del mundo, José Francisco Calí Tzay está al frente del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Es, además, el único miembro indígena de ese comité. Francisco, como prefiere que lo llamen, se define a sí mismo como un hombre de una época signada por las injusticias sociales, por las luchas de resistencia, por la discriminación y el atropello a los derechos. Criado en un país con una población mayoritariamente indígena, vivió en carne propia el desprecio y la estigmatización. Una discriminación que para él tuvo los rasgos propios de un sistema de apartheid. Un desprecio que aprendió a superar con la lucha por un mundo más inclusivo y con mucho orgullo. Orgullo por su cultura, por su idioma, por ser maya kaqchikel.
Calí Tzay estuvo en la Argentina y una de las provincias que recorrió en su corta visita fue Tucumán. Allí tuvo la oportunidad de conversar con caciques de los pueblos originarios de la región y conocer las problemáticas, las organizaciones y las luchas que se llevan adelante. Y, gracias a que se trató de una visita no oficial, pudo escapar a formalidades y protocolos para darse tiempo de conocer un lugar emblemático, una comunidad del departamento de Trancas, al norte de Tucumán, que todavía llora y exige justicia por Javier Chocobar. Compartió la mesa de la familia del comunero que el 12 de octubre de 2009 fue asesinado por un terrateniente en un conflicto por su propio territorio. Ese territorio que todavía hoy la Comunidad Indígena de Chuschagasta defiende de usurpadores. En esa mesa sencilla y rodeada de gente curtida por el sol y el trabajo, marcada por el dolor y la pérdida, fortalecida por la lucha y la resistencia, Francisco se conmovió con una historia que aseguró llevarse consigo. Con esa gente, la familia y amigos de Javier Chocobar, caminó hasta el lugar mismo en que aquel hombre murió a manos de un avasallador de los derechos de los pueblos originarios. Francisco Calí hizo propia esta historia y la sumó a todas las otras que reafirman su convicción. En ese marco dialogó con Acción.
–¿Cuáles fueron las experiencias más significativas que lo marcaron y lo impulsaron a desarrollar la labor que hoy lleva adelante?
–En primer lugar tengo que decir que vengo de una familia maya kaqchiken. Soy el segundo hijo de un matrimonio que se ha separado y a muy temprana edad quedé, junto con mis hermanos, en manos de mis abuelos paternos que dieron la vida por los tres. Se quitaban el pan de la boca para darnos de comer a nosotros. ¡Viera usted todo lo que hacían esos viejos para criar a sus nietos! Creo que todo eso es parte de lo que soy en estos momentos. Casi no tuvimos niñez ni juventud por la situación de discriminación que vivimos en aquel entonces. En la escuela, a pesar de que la mayoría éramos mayas, había un rechazo rotundo a la cultura indígena. No estoy seguro si era una política nacional o simplemente la actitud de algunos maestros la de querer quebrarnos culturalmente. Se burlaban de nosotros, insultaban a nuestros abuelos, insultaban  nuestra cultura, nuestro idioma. Todo lo que para ellos se asociaba con el indio era algo que había que destruir. Significábamos el atraso de Guatemala, nos echaban la culpa, decían que éramos un país subdesarrollado por el componente indígena. Eso me marcó para toda la vida. Lo cuento no por rencor sino como un elemento que también sirvió para fortalecerme y reforzar mi identidad como también mi convicción de lucha contra la discriminación y el racismo que todavía existen. Esa discriminación vivida cuando niño, cuando joven, es lo que ha marcado al Francisco Calí de hoy. Una discriminación a la que califico como un apartheid de hecho, no legal, pero sí de hecho. No teníamos derechos porque no tuvimos la oportunidad de divertirnos, de ser niños, de ser jóvenes. Eso marcó mi vida y fue la base del trabajo contra de la discriminación racial que desarrollo en este momento.
–¿Cuál fue el momento de inflexión en la toma de conciencia de que su camino era el de la defensa de los derechos de su pueblo?
–Desde muy joven empecé en el Movimiento Indígena y Campesino de Guatemala y desde siempre padecí la injusticia con mi pueblo. Pero si tengo que señalar un momento, fue el exilio. Me fui del país a principio de los 80 pensando que volvería pronto. Me fui cuando un amigo, uno de los mártires de nuestra lucha, un domingo me dice que hay un listado de las personas que van a asesinar. Y que el segundo en la lista era yo. En ese momento mi juventud no me permitía ver la dimensión de lo que estábamos haciendo. Habíamos formado un grupo cultural llamado Círculo Cultural Ixmucane (por la abuela que en la mitología maya creó a los hombres y mujeres del maíz). Con ese grupo se hacían obras de teatro en nuestro idioma, se cantaba en nuestro idioma, en un momento llegamos a ser parte fundamental de la Feria Titular (N. de la R.: fiestas populares en Guatemala, que se realizan en cada departamento y duran varios días) de nuestro pueblo. Pero era algo que hacíamos pensando en difundir nuestra cultura, no veíamos sus implicancias políticas. En ese período se incrementaron las violaciones a los derechos humanos en Guatemala, principalmente contra las comunidades indígenas. El salvajismo con el que se ensañaron demostró el odio y el racismo que tenían las estructuras del Estado. Entonces empecé a darme cuenta de que lo que hacíamos para fortalecer nuestra cultura maya era un elemento de cuestionamiento al Estado. Estábamos diciendo, en nuestra inocencia de jóvenes, que el Estado era racista porque no reconocía una cultura diferente, no reconocía un idioma diferente que era la lengua de los pueblos indígenas. Lo que estábamos haciendo era un cuestionamiento al status quo del Estado. A partir de ahí pude ver que el único camino que me quedaba era seguir defendiendo los derechos humanos y denunciar todas las violaciones a los derechos de mi pueblo.
–¿Cuándo volvió a Guatemala y con qué país se encontró?
–Volví en 1995, 14 años fueron los que estuve fuera. Encontré una Guatemala moderna en la infraestructura pero con las mismas formas de pensamiento. Estuve un año y cinco meses en la capital porque no quería poner en peligro a mis hijas. Recién en 1997 decidí volver a mi pueblo y me encontré con una sociedad retrógrada. En la calle me cruzaba con las gentes que fueron responsables de la persecución política. Me recibieron como alguien que regresa a un lugar que no le pertenece. Los insultos casi me quebraron, casi pudieron con mi voluntad, principalmente por mi familia. Ante eso decidí volver a la capital pero mi mujer, mi compañera, la madre de mis hijas, me dijo que no, que ya habíamos dado el paso y que debíamos quedarnos. Y nos quedamos. Ahí estamos todavía.

Sin protocolo. En Trancas, al norte de la provincia de Tucumán, el guatemalteco visitó la comunidad de Chuschugasta.

–¿Quiénes son sus referentes?
–Varios. Uno de ellos es Nelson Mandela porque a pesar de haber sido apresado, de haber estado privado de la libertad, mantuvo sus convicciones dentro de la cárcel y al salir siguió luchando por la democracia. Cualquier otro en su situación al haber llegado a la presidencia hubiera perseguido a sus captores, pero para él fue más importante refundar su país que la venganza. Otro que siempre acaparó mi atención fue Tomás Borge en Nicaragua. Este dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional que fue capturado y torturado en la cárcel, cuando triunfó la revolución se topó en la calle con su torturador. Éste, cuando lo vio, se puso a temblar porque se dio cuenta que Borge lo había reconocido. La reacción del comandante sandinista fue hacerle un poema al que luego Carlos Mejía Godoy hizo canción y que dice «mi venganza personal es darle estudios a tus hijos». Y le dio estudios a los hijos de su torturador. Otro ejemplo para mí es la resistencia de otro gran hombre, Leonard Peltier, uno de los presos políticos que Estados Unidos mantiene en la cárcel, un dirigente indigenista quien a pesar de demostrar su inocencia sobre la muerte de dos policías que acosaban a su tribu sigue preso y luchando desde la cárcel. Ellos tres son algunos de mis referentes a nivel mundial. Pero además tengo dos grandes amigos guatemaltecos que guiaron mis pasos. Don Augusto Willemnsen Díaz, un abogado que dio su vida por los pueblos originarios. Fue quien inició la discusión por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas en las Naciones Unidas, en 1959. En los años 60 lo acusaban de estar loco, de que cómo iba a hablar de derechos diferenciados de los pueblos indígenas si ya estaba la carta de Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, a pesar de eso siguió en una dura lucha por el reconocimiento interno en Naciones Unidas por los derechos de los pueblos hasta el día de su muerte sin que se le prestara mucha atención. El otro maestro, el otro compañero –también abogado– es el doctor Enrique Torres Lezama, quien murió hace dos años. Fue él quien me dio formación política; siempre me decía «no olvides a tu gente, no olvides a tu pueblo». Tenía mucha relación con su comunidad e insistía con que en el momento en que pierdas relación con tu comunidad, en el momento en que pierdas relación con tu pueblo, vas a perder la razón de tu lucha. Y eso es lo que me ha mantenido hasta este momento.
–¿Cómo es la sociedad guatemalteca del presente?
–Racista. Desgraciadamente racista todavía. Uno puede ver que incluso hasta defensores de derechos humanos de mi país se presentan como no racistas, pero cuando se escarba aparece el racismo de toda una sociedad. En mi Guatemala hace falta mucho camino por recorrer en contra del racismo, hay mucho trabajo por hacer. Esto es así porque el racismo y la discriminación en Guatemala son estructurales. La conformación del Estado Nación se construyó sobre la base de la exclusión y de la negación de lo indio, de lo indígena, de lo maya. Esto se ve también en la misma estructura del Estado; de un Estado donde la mayoría de la población es indígena. El indio, al Ministerio de Cultura con suerte. Y sin desmerecer este espacio, ¿por qué no como ministro de Finanzas, o de Educación?, ¿por qué no como ministro de Defensa? No es porque no haya gente preparada, sino que no se quiere reconocer esa preparación. El indio cuenta solo para las elecciones, solo como elector. Hay un dicho popular muy famoso que dice: «El 14 de enero a las 14 horas se olvidaron de los indios». Porque el 14 de enero a las 14 horas asumieron las nuevas autoridades en mi país. Por supuesto que ha avanzado el reconocimiento de los pueblos indígenas. Hemos avanzado en nuestras luchas. Hay instituciones que están siendo dirigidas por mayas o por indígenas. Eso es bastante en un país racista. Pero a pesar de eso, desde mi punto de vista Guatemala todavía no ha logrado conformar su identidad nacional, y estoy plenamente convencido de que la base fundamental de esa identidad tiene que ser la cultura maya. Mientras no reconozcamos que nuestras raíces culturales y la fortaleza de la nación guatemalteca es la cultura maya vamos a seguir como estamos hasta el momento, con una discriminación y un racismo exacerbados por el odio hacia lo diferente, hacia lo desconocido. El problema es que el resto de la población no sabe quiénes son los pueblos indígenas de Guatemala. Es por esto que insisto con que la educación es una herramienta fundamental para destruir la discriminación racial y el racismo. Pero una educación donde se hable de la historia real y se valore de verdad a quienes han contribuido a la construcción de esa cultura y a quienes pueden aportar a la construcción de Guatemala como Nación.
–¿Qué significa para usted que un indígena guatemalteco sea hoy el presidente del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial?
–Guatemala es un país contradictorio. En 1967 se le otorga el premio Nobel de literatura a un guatemalteco, en un país con un porcentaje enorme de analfabetismo. En 1992 se le otorga el premio Nobel de la Paz a una guatemalteca, ciudadana de un país que se encontraba sumergido en las violaciones más profundas de los derechos humanos y en un conflicto armado. Con un país tremendamente racista y discriminador, un guatemalteco forma parte de un comité que lucha contra la discriminación racial y hasta llega a presidente de ese comité. Es una sociedad de contradicciones. Y desde esas contradicciones se construye. Esa es la importancia. A pesar de todo nuestras luchas dan algún resultado y contradicen el escenario político y social de Guatemala y del mundo.
–¿Qué reflexión le surge a partir de lo visto aquí en Tucumán?
–La experiencia más fuerte es haber estado en el lugar del asesinato de Javier Chocobar. Esto es algo impresionante que me llevo conmigo, como un momento doloroso pero también como un momento de fortaleza, porque veo la fuerza que tienen los miembros de la comunidad. Veo la fortaleza de su viuda, la de sus hijos, la de sus hermanos, quienes estuvieron presentes allí, aunque callados. Se ve la fortaleza de ellos y su determinación por defender su territorio. Otra instantánea que me llevo es la alegría de encontrarme con algunos viejos conocidos que fueron parte del movimiento histórico indígena del continente. Creo que los encuentros con esos viejos amigos que siguen en la lucha lo fortalecen también a uno. Encontrar a Delfín (Delfín Gerónimo, secretario de la Unión de Pueblos de la Nación Diaguita) es algo que a mí me llena de satisfacción. Ver que no ha claudicado en su lucha, sino que sigue y que ya es como un sabio, dando consejos. Eso me llena de alegría. Esas son las imágenes que me llevo en el corazón.

Gabriela Cruz
Fotos: Bruno Cerimele/Infoto
(Desde Tucumán)

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