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Una lengua propia

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Desde hace casi tres años las personas con discapacidad auditiva esperan una ley que garantice su derecho a estar comunicados. Un colectivo invisibilizado que lucha por su reconocimiento.

 

Noviembre de 2012. Cientos de sordos aplauden frente al Congreso Nacional para exigir que la lengua de señas sea declarada oficial en todo el territorio argentino. (MAS)

El 21 de noviembre de 2012 cientos de personas se concentraron en los alrededores del Congreso Nacional. Movían ambas manos, levantadas, como si estuvieran saludando, pero no. Esas personas eran sordas, y ese gesto que hacían era, en su lengua, un aplauso. Celebraran el hecho de ser tantos, unidos bajo una misma causa. Y es que dentro del edificio nacional se debatía por primera vez un proyecto de ley que pugnaba por el reconocimiento oficial de la Lengua de Señas Argentina.
Presentado por el diputado Edgardo Depetri del Frente para la Victoria, el proyecto –que la comunidad sorda esperaba ver convertido en ley al año siguiente– tenía como principal objetivo que la Lengua de Señas Argentina (LSA) fuera declarada como lengua oficial para todo el territorio nacional y como patrimonio lingüístico y cultural de la comunidad sorda argentina. Y es que si bien en las provincias de Córdoba, Mendoza, Chaco, Río Negro, Salta, San Juan y Tucumán, la ley declara a la LSA como la lengua natural de la Comunidad Sorda Argentina, para la Constitución el castellano oral y escrito es la lengua «oficial» de estas personas, que no pueden siquiera hablarla.
La falta de comunicación que se desprende de esta situación es, según los sordos y los oyentes que los acompañan en su lucha desde distintas asociaciones civiles y ONG, el problema central de esta comunidad invisibilizada. Increíblemente, no existen estadísticas actualizadas en el país, pero se calcula que entre un 5% y un 10% de la población padece algún grado de pérdida auditiva, con lo cual esta comunidad estaría conformada por, aproximadamente, entre 2 y 3 millones de personas. La cifra evidencia la urgencia en la promulgación de la Ley de Lengua de Señas y refleja lo fundamental que ésta resulta para toda la sociedad.
Sin embargo, y pese a haber ingresado a Diputados hace casi 4 años, el proyecto de ley no prosperó. En cambio, otro nuevo surgió de quienes conforman la Cámara Baja. Pero se trata de una iniciativa que si bien tiene peso político, según la comunidad sorda no refleja sus verdaderos intereses: en lugar de reconocer a la LSA como patrimonio lingüístico, la reconoce solamente como una lengua «que pueden usar las personas sordas», algo que se aleja completamente de la propuesta original. Y no solo eso, sino que el nuevo proyecto tergiversa varios de los puntos centrales de aquel que impulsó la comunidad.
Aprobada el pasado diciembre, esa nueva iniciativa pasó a Senadores. Pero para alegría de los sordos, la Cámara Alta la devolvió a Diputados ya que, si bien había sido aceptada, la propuesta tenía un dictamen de minoría, es decir, una aclaración de que había quienes habían votado en disenso. En las próximas semanas, entonces, la Cámara Baja deberá resolver la cuestión. Para eso los diputados convocaron nuevamente a la comunidad sorda, que vuelve a esperanzarse con la posibilidad de expresar su voluntad y de reflejar sus necesidades en un texto que finalmente tenga luz verde en el Congreso, si la voluntad política lo permite.
Las lenguas de señas son sistemas lingüísticos complejos, independientes, con estructuras, relaciones gramaticales y características propias, al igual que los idiomas y las lenguas orales. Por ende, los sordos han creado diferentes sistemas lingüísticos, así como los oyentes han desarrollado múltiples idiomas. Es decir que las personas sordas de los diferentes países del mundo tienen sus propias lenguas de señas, nacidas y creadas por la necesidad de comunicarse.
No es la excepción la LSA, que es diferente de las lenguas de señas de otros países y además no posee la misma estructura que el español oral, sino que es autónoma y tiene sus propios mecanismos internos para relacionar la forma visual con el significado. Se caracteriza por propiedades generales presentes en su estructuración, tales como movimiento, metonimia, direccionalidad y simultaneidad, no propios del español oral.

 

Espacios públicos
Uno de los mayores problemas que enfrenta hoy en día la comunidad sorda es el de la falta de intérpretes (personas oyentes que adquirieron la LSA y ayudan al sordo en su comunicación con el resto de la sociedad) en espacios e instituciones públicas.
«Queremos que la ley que nosotros presentamos se apruebe para que nuestros chicos tengan intérpretes en las escuelas y puedan progresar, para que podamos hacer cosas básicas como ir a un hospital o una comisaría sin la compañía de un oyente. Necesitamos que haya intérpretes en todos los lugares públicos de la República Argentina para poder vivir en libertad, para que nos den bolilla», apunta, intérprete mediante, Román Carbone, sordo y presidente de la Unión Argentina de Sordomudos.
Carbone forma parte de una familia sorda en su totalidad. Tanto su esposa como sus hijos lo son. Cuenta que entre ellos se comunican sin problemas, pero que sufren la falta de la comunicación con el mundo exterior. «No tenemos acceso a los medios masivos como la televisión, por ejemplo. Es cierto que la situación mejoró algo desde que yo era chico, que tenía que preguntarle a mi mamá todo el tiempo qué estaban diciendo. Hoy algunos programas tienen subtítulos o intérpretes. Pero son pocos y necesitamos mucho más», sentencia.
Para él, quienes más sufren los problemas de su comunidad son los sordos de la tercera edad. «Los más viejitos sufrieron y sufren muchísimo. Hoy los adultos no queremos que nos pase igual, ni a nuestros chicos. Yo ya estoy en la mitad de mi vida, pero mis hijos son chicos y no quiero que pasen lo que yo pasé, quiero un bienestar para todo el futuro que les queda por delante», ruega.
Diego Morales también es sordo y de familia hipoacúsica. «Mis papás de jóvenes tuvieron muchas barreras y yo fui creciendo y tuve los mismos problemas. Esto evidencia que desde hace mucho tiempo estamos muy oprimidos. Siempre fuimos muy pacientes, pero ahora cambiamos, nos dimos cuenta de que también tenemos derechos y de que necesitamos tener libertad, paz, y poder comunicarnos como todas las personas de nuestra sociedad», dice Morales, que integra el Movimiento Argentino de Sordos (MAS), agrupación independiente que nuclea también a personas oyentes que comparten la lucha centenaria de la comunidad sorda argentina.
En 2008, el entonces titular de la comisión de Discapacidad de la Cámara de Diputados, Claudio Morgado, había presentado en el Congreso un proyecto similar al de 2012. Tras obtener media sanción, la propuesta quedó en el olvido. Cuando asumió la titularidad del INADI, Morgado elaboró junto con un grupo de sordos un nuevo proyecto. Pero su salida del organismo, sumada a las habituales trabas para debatir propuestas en el Congreso, hicieron todavía más lento un proceso que, se veía, llevaría mucho tiempo.

Sin barreras. Walter Vásquez, de la Asociación Argentina de Sordos, expone en una audiencia pública por la Ley de Medios. (DYN)

Entonces, la Confederación Argentina de Sordomudos (CAS), junto con el apoyo de diversas agrupaciones, perfeccionó el texto de la ley que hoy quiere ser reemplazada por otra, pero que recoge el verdadero espíritu de esa comunidad. La misma propone la creación, en el ámbito del Ministerio de Cultura de la Nación, de un Instituto Nacional de Lengua de Señas Argentina (INALSA) como ente público no estatal. Del mismo dependería la preservación y divulgación de la LSA como patrimonio lingüístico-cultural de la comunidad sorda, promoviendo su difusión, fomento, estudio y desarrollo, así como otras demandas de esta minoría relativas al uso de su lengua. También, la conservación como patrimonio cultural de la LSA a partir de la elaboración y difusión de un registro de la totalidad de su léxico con sus usos y significados. Y, entre otras cosas, la difusión de material didáctico sobre la LSA que posibilite su transmisión y conocimiento por parte de niños, jóvenes y adultos sordos u oyentes.
De acuerdo con lo requerido por ese proyecto de ley, conformarían el Consejo Asesor de esta institución representantes de distintos ministerios nacionales, además de un intérprete argentino oficial de la LSA que deberá acreditar su idoneidad, y un miembro de la Comunidad Sorda Argentina. Estos últimos dos serán designados por el Poder Ejecutivo a propuesta de la CAS. El nuevo proyecto también propone la creación de este instituto, con el «detalle» de que en este caso estaría conformado enteramente por personas oyentes. «Como si los sordos mismos no supieran qué es lo que necesitan y qué es lo que les conviene», se quejan en un comunicado en repudio a este nuevo proyecto de ley.

 

Señas de la realidad
«Los sordos tenemos los mismos derechos que cualquier persona. El problema está en la accesibilidad a éstos, que quedan bloqueados por la falta de comunicación», apunta María Rosa Druetta, sorda y presidenta de la CAS, que tiene como objetivo la promoción y defensa de derechos humanos de las personas con esa discapacidad que habitan el suelo argentino. Para ella, lo más importante es realizar cambios en la educación, gran eje del problema comunicacional de su comunidad: «Hay que cambiar los planes de enseñanza, que son mucho más bajos que los de las personas oyentes. Hay materias que a los sordos no les sirven. Recién cuando nuestros chicos hayan aprendido bien los contenidos de la primaria, van a poder llegar bien a la secundaria y después a la universidad. Y ahí recién van a poder completar una verdadera integración a la sociedad, mientras tanto van a quedar excluidos».
Las personas sordas aún hoy egresan de las escuelas especiales siendo iletrados, con ignorancia acerca de las características pragmáticas y socioculturales de la lengua escrita. Y es que durante décadas la educación del sordo se circunscribió a enseñarles a utilizar su resto auditivo (pese a que se piense lo contrario, no existe la sordera absoluta) para que aprendieran a hablar el español. De ese modo, en las escuelas se daba rehabilitación oral pero muy pocos contenidos académicos, pensamiento crítico y análisis.
Recién en la década del 70, cuando empezaron a hacerse estudios teóricos sobre las lenguas de señas de las distintas comunidades, se empezó a tener más respeto por ellas, lo que se tradujo en un cambio metodológico en la educación del sordo (aunque durante la última dictadura militar se les prohibió señar en la vía pública). Pero las escuelas continúan siendo contextos socioculturales y sociolingüísticos oyentes. El objetivo de la educación es aún hoy la adquisición del habla, y el sordo tiene que aprender a leer y escribir por fuera del «sistema formal»; esto es, a través del correo electrónico, del chat, del celular y de los canales de Youtube, que es como la televisión de esta comunidad.
La situación laboral de los sordos tampoco es muy alentadora. Los trabajos que suelen conseguir son en su mayoría no especializados, consecuencia de que no puedan ingresar a las universidades por falta de intérpretes. Además, las instituciones que los toman no intentan integrarlos con oyentes en actividades comunes.
«Todas las personas hipoacúsicas tienen derecho a acceder al trabajo. Pueden buscar, y varias veces encuentran, pero en general hay muchos empleadores que cuando ven que la persona no escucha se preguntan cómo van a hacer para comunicarse y aunque tenga una muy buena capacitación, no lo aceptan. Porque todo viene de la comunicación. El gran problema del sordo es la comunicación», sentencia Druetta.
«La lengua, además de constituirlo como elemento social y cultural, al sordo le da la vida. Sin la lengua de señas está aislado, no puede comunicarse, no puede pensar, no puede analizar, no puede participar. Está limitado por las habilidades de una lengua extranjera con la que no se identifica», afirma Mónica Curiel (oyente), licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires con posterior especialización en lingüística de LSA. «Sin duda se están abriendo muchas puertas y la sociedad está haciendo muchos cambios y se está enganchando con décadas de lucha de esta comunidad. Pero aún falta mucho por hacer. Por suerte los sordos sufrieron muchos años la opresión y discriminación y ahora están asumiendo un cambio», agrega la especialista, que es además coordinadora del Centro de Estudios y Acción para el Desarrollo de la Comunidad Sorda (CEA) e integrante del Mas.

 

Cambiar la historia
«Nosotros no somos discriminados realmente por la sociedad. Lo que pasa es que todos dicen que es importante nuestra inclusión, pero no conocen lo que verdaderamente es la persona sorda o cualquier persona discapacitada, entonces no es que lo traten mal, es que simplemente no lo entienden, no lo conocen», confiesa Druetta, intérprete mediante. «Si se le explica a la sociedad qué es, cómo se comunica y cómo son su lengua y su cultura, además de explicarle bien que ésta es evidentemente visual y no auditiva, los oyentes van a empezar a mirarnos y a conocernos de otra forma y ahí nos van a poder entender», concluye.
Para lograr la plena integración de la comunidad sorda, es necesario realizar una importante inversión tecnológica, de capacitación docente, de apoyo a las instituciones que trabajan en conjunto con esta comunidad y, no menos importante, de promoción de la integración por parte de la sociedad oyente a través de planes de educación y concientización. El trabajo no será fácil. Pero si la Ley de Lengua de Señas que propuso la comunidad sorda se hace realidad, la Argentina estaría cumpliendo con las disposiciones de la ONU que en su convención de 2007 planteó la necesidad de que la problemática de las personas con alguna dificultad dejara de ser un tema médico-asistencial para pasar a ser considerada como una cuestión de derechos humanos. En otras palabras, estaría cambiando la historia. Y eso nunca es poca cosa.

Paula Sabatés

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