Cooperativismo | MANOS FEDERAENSES

Salir a flote

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Ulises Rodríguez

La cooperativa textil entrerriana nació en pandemia, confeccionando barbijos. Gracias al impulso turístico regional, hoy fabrica indumentaria para hoteles y restaurantes.

Labor conjunta. Brahin, Cañete, Salazar y Rodríguez en el taller de la entidad.

Foto: Nicolás Fogolini

En 1979, durante la última dictadura cívico-militar, la ciudad de Federación, en la provincia de Entre Ríos, quedó sumergida bajo el agua. No hubo inclemencias climáticas que provocaran la inundación, sino la decisión y la mano del hombre de construir la represa de Salto Grande. Sin una planificación previa, los habitantes debieron mudarse a casas sin terminar. Las fuentes laborales se evaporaron o, mejor dicho, se hundieron con el agua. El bicicletero, por ejemplo, debió emigrar porque el nuevo trazado de las calles impedía andar en bicicleta. Historias como esas se multiplicaron. 
Entonces los habitantes del pueblo se encerraron en sus casas, los lazos solidarios se rompieron junto con las ganas de reclamar en medio del terrorismo de Estado. 
Hubo que esperar hasta mediados de la década del 90 para que Federación comenzara a reactivar su economía de la mano de las termas y el turismo. Pero aquel desánimo y desunión, que atravesó a los habitantes de la vieja Federación, no se transmitió a las nuevas generaciones que comenzaron a vislumbrar la posibilidad de nuevos proyectos. En esa línea de emprendimientos colectivos fue como nació, en 2019, la Cooperativa Manos Federaenses, que en julio de 2021 obtuvo su matrícula constitutiva.

Barbijos a la fuerza
El punto de partida de esta cooperativa textil, la primera de la ciudad y de todo el departamento de Federación, estuvo dado por las capacitaciones que fueron realizando sus asociados, y fue en 2020, durante la pandemia, cuando comenzaron a trabajar a demanda con la confección de barbijos. Diana Cañete, presidenta de la cooperativa, recuerda –en aquel momento excepcional del mundo– hacer «barbijos para todos» y que a eso se le sume empezar a trabajar «con ponchitos para los chicos de la escuela, que ellos después donaban a diferentes colegios de la región y nos pagaban con telas, dos rollos los usábamos para confeccionarlos y otros dos nos quedaban». Después la municipalidad se sumó: «Hicimos 200 buzos azules con el bordado de la municipalidad de Federación y una buena cantidad para escuelas, clubes y hoteles», agrega Cañete.
El turismo, motor de la resurrección de la ciudad en los 90, también alcanza a la cooperativa. «Trabajamos mucho para las cocineras y empleados del sector. Vienen de los spa, restaurantes y hoteles a pedirnos indumentaria ya que lo que nosotros variamos con respecto a otros lugares que hacen confecciones es que somos mucho más económicos y a ellos les conviene», cuenta la presidenta de la organización.
La cooperativa cuenta con el apoyo de las autoridades municipales, que les facilitaron el lugar, donaron máquinas, capacitación y la eximieron de pagar impuestos. «No pagamos nada en este lugar, ni luz», reconoce, aunque se les presentan las dificultades propias de insertarse en el mercado ya que «es difícil hacerlo como cooperativa, que los clientes vengan hasta acá para que vean y entiendan que trabajamos bien, en cantidad y que podemos ser una empresa grande el día de mañana».

Suma de voluntades
En Manos Federaenses se cruzan realidades que cuentan historias similares. Son las voces y manos de los asociados, que pasaron de realizar un trabajo en soledad a formar parte de un proyecto laboral más sustentable y ambicioso, con la posibilidad de crecer y salir adelante.
Jacqueline Rodríguez forma parte de la cooperativa desde 2021, cuando llegó junto con su hija. «Vinimos de cero, sin saber nada y nos capacitaron para aprender a manejar la máquina. Cómo cortar, coser, poner un hilo o cambiar una aguja. Después está el tema de los papeles, pero a mí dejame con las máquinas que me llevo bien». Y si bien advierte que «de papelerío no sé nada» los miembros de la cooperativa recibieron capacitación «porque todos tenemos que saber sacar un presupuesto: cómo hacerlo, cuánta cantidad, lo que se gasta en materiales, la ganancia, etcétera».
Walter Salazar, con 29 años, se ocupa de los bordados de las prendas que realiza la cooperativa. Antes, cuenta, «solamente sabía hacer moldes pero empecé a usar las rectas y todas las máquinas, hasta que vi la bordadora, me dio curiosidad y comencé a indagar preguntándole a otros e informándome por YouTube». «Ahora me paso siempre buscando algo más para aprender cada día», confiesa.
Como el trabajo cooperativista no siempre es fácil, cuando aparece el desánimo las manos se multiplican para sostenerse entre todos. Tal es el caso de Gabriela Brahin, jefa de hogar con dos hijas menores a cargo, que se ocupa del embolsado y empaquetado, pero también «a veces de los trámites o los papeleos». 
«Acá fui aprendiendo otras cosas porque no terminé la secundaria y también empecé de cero tanto con las máquinas como con los trámites del banco», cuenta, y concluye: «Gracias a la cooperativa tengo un dinero extra, a veces he querido dejar por las nenas pero mis compañeros me alentaron a seguir, vi el sacrificio que hacían todos y decidí quedarme».

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