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El lado oscuro del poder

Las manos sucias
Jean-Paul Sartre

Crimen político. Hendler y Torrente se lucen en sus respectivos papeles.

FOTO: PRENSA

Figuraba entre los estrenos postergados del Teatro Municipal San Martín, anunciados antes de la irrupción del coronavirus, y finalmente se concretó en esta pospandemia que hoy atravesamos con el feliz regreso de los teatros: ya puede verse la puesta en escena de Las manos sucias, de Jean-Paul Sartre, con dirección de Eva Halac, en la Sala Casacuberta. Es un gran acierto volver sobre la dramaturgia del filósofo y escritor francés, tan valiosa como olvidada, que plantea un teatro de ideas, en este caso de discusión sobre el funcionamiento de la política y la herramienta del crimen en ese ámbito. 
La historia es apasionante y recuerda, de alguna manera, el asesinato de León Trotsky a manos de Ramón Mercader. Hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, en un país indeterminado, se produce una división dentro de un partido de izquierda. Un ala disidente encarga el crimen del líder de la otra, que ha ganado su representatividad en asamblea. El plan que se forja es el siguiente: un joven militante de la disidencia deberá ganarse la confianza del hombre señalado, trabajando como su secretario, para concretar el magnicidio. Sartre plantea diversos posicionamientos frente a los acontecimientos y, en esta historia, el crimen político terminará siendo doble. 
La puesta en escena de Eva Halac despliega numerosos elementos innovadores si se la compara con el texto original o con las versiones anteriores en nuestro país. Por una parte, la directora cruza pasado y presente de los acontecimientos gracias al desdoblamiento del joven militante en dos actores (Guido Botto Fiora y Ramiro Delgado), aspecto que se pone de relevancia sobre todo en las escenas del cierre de la pieza. Por otro, trabaja con la auto-referencia teatral, llevando a escena, como parte del mundo dramático, ámbitos, moblaje y accesorios del mismo Teatro San Martín (es decir, vemos recreados en el escenario de la Casacuberta salones, ascensores, ventanales, columnas y murales del edificio). Se trata de un procedimiento muy perturbador: una «puesta en abismo» (el todo en la parte) del San Martín «adentro» del San Martín. 
Finalmente, destaquemos que Halac le otorga especial desarrollo al personaje de la mujer del militante (Flor Torrente) como encarnación de la mirada «apolítica» o «antipolítica» (de anclaje en la energía social contemporánea), que parece mantenerse al margen de las discusiones internas del partido pero, al mismo tiempo, se siente seducida por el líder (Daniel Hendler). Este personaje es planteado, por oposición de caracteres, como el reverso de la militante que intenta proteger al «asesino político» de sus propios compañeros del partido (en la piel de María Zubiri). Componer estos papeles es un complejo desafío, especialmente por el caudal textual del drama. Hay que subrayar especialmente los trabajos de Hendler, Botto Fiora, Torrente, Zubiri y Delgado. El valioso elenco se completa, en múltiples roles, con Juan Pablo Galimberti, Ariel Pérez de María, Guillermo Aragonés y Nelson Rueda. 
Halac se ha rodeado de un excelente equipo creativo: Juan Pablo Galimberti (realización audiovisual), Gustavo García Mendy (música original y puesta de sonido), Miguel Solowej (diseño de iluminación) y Micaela Sleigh (diseño de escenografía y vestuario). Imperdible, para celebrar que la pieza se haya podido estrenar en modo convivial. Los espectadores confrontarán sin duda la función teatral con la versión en video de Las manos sucias realizada por Halac y equipo en 2021, hasta hace poco disponible en la página de «Modos Híbridos» del Complejo Teatral de Buenos Aires. 


Jorge Dubatti