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La posibilidad de lo salvaje

El tercer paraíso
Cristian Alarcón
Alfaguara 
302 páginas

Fuerza natural. Alarcón ganó el Premio Alfaguara 2021 con su primera novela. 

Foto: gentileza de Alejandra López

Si algo viene a demostrar la obra de Cristian Alarcón es que no importan los corsets ni andamiajes que aprisionan las palabras en los géneros y en los anaqueles de las librerías sino que, más allá de las convenciones, a manos de un buen escritor todo resulta literatura. Ganadora del Premio Alfaguara 2021, Tercer paraíso es la primera ficción del autor, conocido por sus crónicas.
Si la novela realista del siglo XIX buscaba pintar un mundo íntegro, en el nuevo milenio incorpora recursos y materiales diversos. Ante esa capacidad de absorberlo todo, el riesgo es la excesiva fragmentación; el resultado inorgánico, frecuente en la narrativa actual, al mezclar tonos informativos, reflexivos y narrativos. Además, las inclusiones de referencias literarias o científicas suelen ostentar más erudición del propio autor que aportes para interrogar el asunto literario. El tercer paraíso rehúye estos vicios, y así se emparenta, entre otras, con Un verdor terrible de Benjamín Labatut.
La estructura se divide, entonces, entre un pasado narrado en tercera persona y un presente en primera. Si bien podrían leerse de manera autónoma, generan una unión buscada, una intriga armónica. Por un lado, en la tradición de las genealogías literarias latinoamericanas, se nos cuenta la historia de una familia chilena que termina instalándose en Argentina. Allí la cuestión de las plantas aparece sin rimbombancia, como ocurren las cosas en los pueblos y en el campo y que, en estas épocas, las costumbres urbanas retoman con elegancia cool o estridencia prejuiciosa ante la temida posibilidad de lo salvaje.
Nadia, una matriarca sufrida, castigada y luego poderosa en su clan de clase trabajadora, es un personaje encantador aun furiosa e injusta. Alarcón nos cuenta, sin caer en el sensacionalismo ni edulcorar, crueldades que en lo rural no se cuestionan. Sobre el parto de Alba, primeriza a los 17 años, leemos: «Ignoraba que sería así de doloroso, creyó enloquecer por el desgarro. Recibió la cachetada de una enfermera. Gritó más. Le pegaron hasta que contuvo el dolor». El tono con el cual se cuenta cada acto violento es otro de los hallazgos. En el otro apartado leemos: «Sin que yo lo buscara era propietario de un pedazo de naturaleza».
El narrador compró un terreno en los suburbios. Si en la historia familiar la lucha con lo impiadoso del clima es algo dado, el narrador del presente todo tiene que aprenderlo y así nos lleva con él. El gesto podría resultar enciclopedista sino fuera porque historias como las de Humbolt, por ejemplo, se alternan entre hallazgos botánicos y culebrones. En aquel aprendizaje, de lo filosófico a lo práctico, el narrador no se toma con solemnidad. «Antonio me enseñará a hacer cosas que creo conocer pero ignoro: usar la pala, podar, regar, calcular el tiempo de la siembra y el lugar para plantar, mirar la luz, a tener en cuenta las fases de la luna».
Entretenida e inteligente, la novela muestra una violencia que, interpretada como subgénero de la locura, habilita, por eso mismo, la ternura. El lector experimenta peligro y piedad. Y el tiempo, palabra que remite a lo cronológico y climático, es otro de los grandes temas: la lucha con los mandatos –sociales, políticos, sanitarios, familiares– y ritmos impuestos para la supervivencia. Aquello que obliga a detenerse o a seguir y, en ese marco, la sujeción a los dictámenes de la naturaleza termina siendo un paradójico acto de libertad. 


Sonia Budassi