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Madres paralelas

Pedro Almodóvar

El director manchego revisa las heridas del franquismo, con Cruz y Smit al frente.

Si bien siempre hubo señales del interés de Pedro Almodóvar por los conflictos de la política de su país, nunca antes fueron tan explícitas como en Madres paralelas. En su última película –que tuvo un breve paso por los cines argentinos, días antes de ser lanzada en Netflix–, el director manchego participa en una discusión muy vigente en España, la de la búsqueda de las fosas donde el franquismo enterró a las víctimas de su política de terror y exterminio. Y lo hace con elocuencia, sin medias tintas, con una valentía que tuvo su precio: elogiada en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, la película tuvo una tibia recepción en su país y no se llevó ni un solo premio Goya, a pesar de estar nominada en varias categorías. Las madres paralelas del título son dos mujeres muy distintas: una de unos 40 años que tiene una historia marcada por la violencia del franquismo (Penélope Cruz) y otra bastante más joven (Milena Smit), que proviene de una familia que se enorgullece de no ensuciarse con el barro de la política. El destino las termina uniendo en uno de esos relatos poliédricos y cargados de casualidades fantásticas que son tan usuales en la obra de Almodóvar, pero es el personaje de Cruz el que vive los momentos más intensos y definitorios de la trama, asumiendo el reto de desenterrar un pasado oculto realmente ominoso para poder mirar hacia el futuro sin las anteojeras del olvido forzado y las falsas reconciliaciones. «Me pareció que era más necesario que nunca recordar de dónde venimos y contrarrestar el revisionismo de la extrema derecha», declaró el cineasta cuando estrenó el film. Más allá de ese contenido tan conectado con las heridas de la política española, Madres paralelas es un prodigio de puesta en escena y tiene una banda sonora exquisita en la que brilla una descarnada versión de «Summertime», reinventada por Janis Joplin.


Alejandro Lingenti