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Melancolía cancionera

Un mar de soles rojos
Estelares
Popart Discos

Clásicos. La banda de Moretti y compañía entrega un puñado de hermosas canciones.

Foto: Prensa

«No podíamos dormir, creemos que nadie podía dormir. Íbamos por los instrumentos por las noches para espantar a los fantasmas, pero fue inútil, los temas más acuciantes no dejaban de golpearnos a la puerta. Escribimos sobre el miedo, sobre la paternidad, sobre el futuro incierto, sobre la desesperación, sobre la esperanza. Eso es Un mar de soles rojos. Almas revueltas en aguas hirvientes». El texto lo firma la banda pero destila el inequívoco estilo prosaico de Manuel Moretti. Son las ideas que eligieron para enmarcar el noveno disco, como liner notes a la vieja usanza.
Por motivos sutiles Estelares es, a esta altura, una banda única. Su postura es engañosa. Por un lado, no se corre un milímetro de lo que se entiende como «rock nacional» –cancionero, beatle, en la fatigada línea que une a Andrés Calamaro con Pity Álvarez, esa fórmula de secuencia de acordes imbatibles que se consolidó en ciertas radios post boom Tango feroz–, pero por otro ofrece detalles estéticos y conceptuales delicados, conmovedores, que la elevan de la media. Su tratamiento letrístico desnuda una poética generacional. Urbanos, hasta tangueros, quedan ubicados en un punto equidistante entre el estribillo eficaz, sensible, y ciertas maneras arties: el improbable cruce entre Leonardo Favio y John Lennon.
Moretti escribe desde su edad. A los 56 años no esconde cicatrices, fobias, separaciones, hijos, películas, muertes, mudanzas. Todo lo vuelca en canciones. Humus biográfico que se puede advertir en el minucioso libro de Andrea Álvarez Mujica, Estelares. Detrás de las canciones, que acaba de salir. Las letras son la borra de café de un personaje que combinó en dosis parejas universidad, calle, drogas y rock and roll. Ya lo dijo Moretti: «La música me salvó». Ya lo escribió: «Le di mi vida a las canciones, y no me arrepiento».
Dos grandes temas destacan en Un mar de soles rojos: «Miedo» y «Habrá que aprender a amar». La primera tiene una densidad deudora del trip hop y en su claustrofobia se revela como una tremenda canción pandémica. ¿Qué es el miedo? ¿Qué hacer con esa sensación?, es la cuestión. «A veces el miedo es solo/ siempre el miedo es sordo/ A veces el miedo come de mí», se escucha. «Habrá que aprender a amar» también parecería referir a la peste: es una balada feroz en la huella de «Ella dijo»: «No voy a poder más, estoy tan obtuso/ Está todo tan raro, todo tan difuso/ Noticias que asustan, que zumban oídos/ Nos quieren matar/ Se cierran las almas, se callan los ríos/ Las cosas que suenan son todas horribles/ Son cosas ajenas, son casi invisibles/ Son cosas perdidas, son casi imposibles».
La contracara es «Padre», un pop luminoso que retrata un momento de dicha: «Estás mirando el fuego con ansias infinitas/ Estás pensando en una pizca de eternidad/ El verso más preciado, la más bella melodía/ Este sueño intacto, este día tras día». Con el aporte clave de la guitarra de Víctor Bertamoni y el bajo de Pali Silvera, y la producción de Germán Wiedemer, la salud de la banda es total. Hacía tres años que no editaban nada nuevo. Volvieron por lo suyo. Ocupan un sitio clásico, respiran melancolía, tratan –como ellos mismos señalan– de domar «las inseguridades y los deseos urgentes».
El disco cierra con otra gran canción, «La melodía más triste del mundo»: «No se puede ver la niebla/ Nos ciega el color la guerra/ No hubo mejor tiempo que aquel fulgor/ Tratábamos de mejorarnos/ Y el mundo se quebró/ Astillas y un sopor». Esa es la entrega de Estelares: hermosas canciones para atemperar dolores de un mundo quebrado.


Mariano del Mazo