Cultura

Alma de comediante

Tenía un negocio de camperas en el barrio porteño de Once, pero decidió apostar todas sus fichas al stand-up y se convirtió en un referente del humor judío. Con funciones a sala llena en la avenida Corrientes, también se destaca en radio y televisión.

Ascenso. El humorista dio sus primeros pasos en el off y en la radio con Fernando Bravo. (Juan C. Quiles/3 Estudio)

Cuenta que todo empezó gracias a su exmujer, que le aconsejó hacer un curso de stand-up. «Ella quería que me fuera de casa a hacer cualquier cosa. Yoga, un taller de cocina o de stand-up, al que terminé eligiendo por dos motivos fundamentales: lo organizaba la AMIA y era gratuito», recuerda Roberto Moldavsky, la gran aparición del año en materia de comicidad. Desde mitad de 2017, agota entradas y suma funciones en el teatro Apolo, con una consigna tan sencilla como efectiva: revitalizar el humor judío. «Creo que lo estoy haciendo, apelando a un estilo que tiene que ver con ser natural y espontáneo, sin tener una formación paisana rígida», dice.
Moldavsky admite que todavía no se acostumbra a la vida de comediante, que incluye trasnoches en escena, comidas desordenadas y madrugadas de desvelo. El hombre nacido en La Paternal tenía una vida más estructurada y con horarios inamovibles en su local de camperas en el barrio porteño de Once. Si bien siempre tuvo labia para vender ropa de invierno en pleno enero, nunca imaginó que podría trasladar esa habilidad a un escenario. «No puedo creer todo lo que estoy viviendo. Francamente, no esperaba que algo así me pasara después de los cincuenta y pico», reconoce Moldavsky, que antes de llegar con su unipersonal a la avenida Corrientes había encabezado pequeños shows en espacios como Bululú, Boris y Siranush.

Cambio de hábito
Un personaje clave de su biografía fue Jorge Schussheim, que después de verlo en acción en un video junto con otros estudiantes de stand-up lo invitó a participar en un show de café-concert en Mamá Europa. Fernando Bravo asistió a ese espectáculo y, después de escuchar su monólogo, lo invitó a su programa de radio en Continental. «La idea era una charla de diez minutos y me quedé media hora. Cuando terminó el programa, Bravo me invitó a ir los viernes a contar unas chistes, que surtieron efecto. Luego me sumaron los miércoles y hoy estoy de lunes a jueves, durante las cuatro horas del ciclo», explica. Y así, con la gimnasia diaria del aire, pudo construir esta criatura que se fue curtiendo con obras como Goy friendly y La vida según Moldavsky.
No fue sencillo para Moldavsky bajar la persiana de su local de Once para incursionar en un universo desconocido. «La incertidumbre de no saber si era algo transitorio, si no se trataba de una primaverita o de si el escenario resultaría mi nuevo medio de vida me martillaba en la cabeza», rememora. «¿Comediante o comerciante? Al día de hoy me cuesta internalizarlo, hasta me da un poco de vergüenza decir que soy comediante», agrega. Sebastián Wainraich, después de verlo en un show en Boris, lo invitó a almorzar. «Me acuerdo que me dijo tajante: “Largá todo y ponete a hacer stand-up. Te la tenés que jugar”. Para mí fue un espaldarazo, porque que te lo diga Wainraich no es lo mismo a que te lo diga un amigo», dice. «Y yo lo escuché y seguí su consejo tirándome a una pileta que tenía un poco de agua, no estaba vacía».
Experimentado cazador de talentos, fue Gustavo Yankelevich quien lo llevó a las grandes ligas teatrales. «Yankelevich me propuso mudarme de la sala Siranush a la avenida Corrientes, lo que significó el salto más importante en términos de popularidad. No imaginaba la dimensión de estar actuando en el corazón teatral de Buenos Aires». El productor histórico de Susana Giménez pocas veces se equivoca y ahora le insiste con sumar funciones y pensar en la temporada de verano. «Yo soy más precavido y prefiero ir de a poco», remarca.
Gerardo Rozín también quedó cautivado con su desfachatez y lo convocó para que forme parte de Morfi, los domingos por Telefe. «Se armó un grupo muy lindo y nos matamos de la risa con Toti Ciliberto, Chiqui Abecasis y Malena Guinzburg», dice. ¿El próximo paso será la actuación? «Uy, sería grandioso. Es algo que pienso, pero también tengo en claro que no soy actor. Lo que hago en el escenario es hacer de mí, me queda cómodo, no me cuesta nada».