Cultura

Apocalipsis criollo

En los últimos tiempos, la aparición de una serie de novelas y cuentos le dio un renovado impulso a la producción local del género. Distopía y vida extraterrestre, la materia prima de una nueva generación de escritores que combina fantasía y realidad.

(Ilustración: Pablo Blasberg)

En El libro de los géneros, un texto imprescindible para entender una parte de nuestra literatura, el periodista y escritor Elvio Gandolfo asegura lo siguiente: «La ciencia ficción argentina no existe. Casi no hay escritores dedicados con exclusividad a su cultivo, ni revistas especializadas que hayan brindado o brinden un campo regular para los relatos locales, ni una cantidad suficiente de autores nuevos, mediocres y malos que en su totalidad conformen la existencia de un género con características propias».
Para el año 2006, que fue cuando Gandolfo –un conocedor de la materia, colaborador de revistas como El Péndulo y Minotauro– dijo estas palabras, ese estado de situación demoledor tenía un asidero en la realidad. En estos momentos, en cambio, la relación de los autores contemporáneos con la ciencia ficción dibuja otro panorama: han salido obras excelentes que dan cuenta de un interés genuino e intenso por abordar la realidad bajo el tamiz del apocalipsis, las distopías, la posibilidad de otros mundos y la especulación alrededor del futuro.

Estado mental
La aparición de Los mantras modernos (Sigilo), de Martín Felipe Castagnet; Un mundo brillante (Literatura Random House), de Pablo Plotkin; Quédate conmigo (Marciana), de Inés Acevedo; y Quema de Adriana Castallarnau (Gog & Magog) muestran que el género resplandece como nunca sobre el suelo local. Y a esta lista hay que agregar Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia), de la boliviana Liliana Colanzi.  
Un mundo brillante relata la historia de dos hermanos que buscan la manera de sobrevivir a un planeta devastado, el mismo universo catastrófico que se retrata en Quema. «Siempre me atrajo el género, me gustan las historias en escenarios raros y la posibilidad que da de mostrar las relaciones entre personas», cuenta Plotkin. «Las novelas distópicas o futuristas, por otra parte, siempre tuvieron algo hipnótico para mí. Creo que el apocalipsis también es una especie de estado mental en la ficción, y un paisaje en el que se van desarrollando dramas personales que podría tener lugar casi en cualquier contexto».
A la hora de explicar el origen de Los mantras modernos, Castagnet cuenta que después de Los cuerpos del verano, su anterior novela, se había quedado «con muchas ganas de seguir escribiendo sobre Internet y las familias. Sentí que no había dicho todo lo que tenía para decir, que necesitaba otra novela, otro mundo distinto al anterior, más rico y más complejo. Tuve una intuición muy completa de la historia que quería contar, una especie de La isla del tesoro protagonizada por Los cazafantasmas. Me divertí mucho escribiéndola».
En Quédate conmigo, Acevedo describe a unos niños de provincia que, en vísperas de Año Nuevo, descubren un meteorito. Y ese encuentro deviene en una serie de aventuras con perros androides y naves espaciales. La novela es encantadora por el tono desenfadado con el que Acevedo aborda el misterio y el territorio, violento y siempre epifánico, de la niñez.
En definitiva, lo que vienen a cuestionar estas ficciones es la naturaleza propia de lo que podemos considerar como fantástico. ¿Acaso la realidad no es a veces increíble? Explica Castagnet: «La mayoría de mis influencias evaden una clasificación genérica formal, y no solo las literarias: en los videojuegos, las series animadas y las historietas no existe el realismo. Existe la aventura y la imaginación, todo lo demás son etiquetas. Creo en la ficción y las emociones que nos hace sentir. El boom es la realidad, que está explotando. La ciencia ficción se hace cargo de todos los fragmentos, porque ofrece más de una realidad».