Cultura | De cerca | El diagnóstico y la cura

Aprendizaje

El mundo de Garzón cambió de manera radical a mediados de 2009, cuando empezó a sentir lo que parecía una inocua molestia en la garganta. «Cuando me mandaron a hacer una biopsia, me imaginé que estaba enfermo. Claro que escuchar de boca del médico “tenés cáncer de lengua” fue shockeante, creo que el peor momento en el proceso de la enfermedad», cuenta. «El oncólogo me dijo que el secreto es tolerar el tratamiento, porque el cáncer de lengua tiene un 70% de posibilidades de éxito. Y lo encaré con decisión, con carácter, con la firme intención de que iba a salir adelante».
–¿Cómo llevaste ese período?
–Fue un descubrimiento, algo revelador encontrar una nueva versión mía en la que no iba a estar más a las corridas, no me iba a hacer más malasangre por boludeces, además de descubrir lo importante que era descansar, leer y escribir mucho. También tomarse el tiempo para pensar, para parar la pelota. Es mucho lo que se aprende cuando te pasan estas cosas.
–¿A qué te referís?
–Un psicooncólogo con el que me traté me dijo una frase que me modificó el panorama: «El cáncer es una enfermedad que te brinda una oportunidad para cambiar, para dar un volantazo».
–¿Y en qué sentís que cambiaste?
–Una vez mi representante me dijo: «Gustavo, ¿sabés que pasa con vos? Sos un cabrón, sos imposible, por eso mucha gente intenta evitarte». Me quedé mudo, fue un golpe de nocaut, porque de alguna manera me estaba diciendo que era una persona desagradable, algo que yo nunca había registrado. Claro, si yo no registraba a nadie. Después pude ver que yo lo discutía todo, lo cuestionaba todo. Y me propuse hacer el mayor esfuerzo para modificarlo.
–¿Lo lograste?
–Absolutamente. Hoy soy un pan de dios, el primero en promover un diálogo, sin imponer verdades, aunque haya disensos, y a decir «no» con dulce de leche. Porque aprendí a decir lo que pienso sin dejar de ser quien soy y sin ganarme enemistades tóxicas.