Cultura

Arte y conciencia cívica

Reconocido por la calidad estética y el sentido político de sus puestas en escena, el director encontraba la materia prima de sus producciones en el teatro de ideas. La profunda relación que había construido con el Centro Cultural de la Cooperación.


Clásicos. Urquijo sobresalió en la realización de versiones de Ibsen, Beckett y García Lorca. (Sandra Rojo)

En la plenitud de su carrera artística y médica, inesperadamente, falleció Hugo Urquijo, uno de los grandes referentes de la dirección teatral en la Argentina, creador e intelectual ligado al programa artístico-político del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Víctima de un paro cardíaco, Urquijo tenía 75 años (había nacido en Buenos Aires en 1944) y era reconocido nacional e internacionalmente: sus puestas sobresalían por la laboriosa calidad estética, el manejo del tiempo escénico y la dirección de actores aunados a un potente sentido político y humanista.  
Fue un hombre de inteligencia notable y extraordinaria cultura: pianista, actor, profundo conocedor de la historia de las artes plásticas y la literatura, así como de las grandes corrientes científicas y filosóficas mundiales. Era médico psiquiatra y psicólogo, uno de los más prestigiosos de Buenos Aires. Y hay que celebrar su permanente labor militante contra la dictadura y el neoliberalismo: estaba presente en todas las marchas de resistencia y protesta, y fue figura protagónica de diversas agrupaciones políticas, como el MAR (Movimiento Argentina Resiste).

Una mente brillante   
Urquijo tenía una profunda relación con el CCC. Dirigió allí algunas de las puestas memorables de su programación: La mujer justa, adaptación de la novela de Sándor Marai (realizada por el mismo Urquijo junto con la gran actriz Graciela Dufau, su pareja de más de tres décadas); Antílopes, de Henning Mankell, más conocido por sus novelas policiales; Vacas sagradas, del argentino Daniel Dalmaroni; La culpa, de David Mamet, que se repondrá en breve y en su homenaje. Poéticas teatrales muy diferentes, que dominaba en su diversidad, pero en las que siempre se destacaba un elemento constante: el teatro de ideas, que propicia la discusión social, el debate político, la reflexión sobre la historia, la memoria y especialmente sobre la situación del presente.
Era un fanático lector de poesía. Presentó en el CCC un espectáculo basado en textos líricos: Con un tigre en la boca. Manual de los amantes, a partir de versos de Jorge Boccanera, Patricia Díaz Bialet, Laura Yasan y Juano Villafañe. Fue, junto a Ingrid Pelicori y Santiago Sylvester, uno de los invitados especiales para la apertura del Aula de Lectores de Poesía del CCC en noviembre pasado. Presentó allí los discos de poesía que grabó para el Teatro San Martín con grandes actores: Norma Aleandro, Oscar Martínez, Alfredo Alcón e Inda Ledesma, a quien adoraba y dirigió en una puesta inolvidable de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, que le mereció numerosas distinciones.
A diferencia de los directores que llevan a escena su propia dramaturgia, Urquijo fue el gran puestista de textos de otros autores, y sobresalió en la realización de versiones de clásicos contemporáneos: Henrik Ibsen, Samuel Beckett, Federico García Lorca, Luigi Pirandello, Anton Chéjov y Tennessee Williams. También estuvo muy atento a los dramaturgos internacionales de las últimas generaciones, como en sus puestas de Democracia, de Michael Frayn, o Ver y no ver, de Brian Friel (basada en un caso médico estudiado por el neurólogo Oliver Sacks, cruce de teatro y ciencia).
Gabriel García Márquez le entregó su única pieza teatral para que la dirigiera: Diatriba de amor contra un hombre sentado, que interpretó bellamente Graciela Dufau. También puso en escena piezas de autores nacionales: Diana Raznovich (Desconcierto, en Teatro Abierto 1981), Pacho O’Donnell (Escarabajos), entre otros. Para ello supo rodearse de un excelente equipo de colaboradores, entre ellos, el ganador del Oscar Eugenio Zanetti. Fue, además, un notable docente y director de actores, que reelaboró el legado de Lee Strasberg, con quien estudió. Se sentirá la ausencia de Hugo Urquijo, hombre brillante, de diálogo iluminador. Empieza la tarea por mantener viva la memoria de este gran creador e intelectual.