Cultura

Artesano de canciones

Autor de una veintena de piezas íntimas que integran la mejor tradición de la música popular en castellano, el cantautor conservó sus principios éticos y estéticos contra viento y marea. Admirado por colegas como Joan Manuel Serrat, deja una huella imborrable.


(Florencia Downes/Télam)

Nos tocó viajar juntos buena parte del camino. Fue un artista extraordinario con una obra más que singular, fantástica. Tuvo y mostró siempre gran sensibilidad ante todo lo que hacía, ya fuera cine, arte, poesía. Pero excepcionalmente, para mi gusto, en la canción». Las palabras de Joan Manuel Serrat son una muestra de los centenares de testimonios que, en estos tiempos de peste y encierro, circularon por las redes. Luis Eduardo Aute murió el 4 de abril, a los 76, en el medio de la guerra invisible; había nacido entre los estrépitos de las bombas de la Segunda Guerra Mundial, en 1943, en Manila, Filipinas.
Fue un destacado documentalista y un pintor consumado, pero sobresalió en la delicada artesanía de hacer canciones pequeñas, íntimas, siempre algo desesperanzadas, sociales. Tiene al menos veinte obras que integran la aristocracia de la canción de autor en castellano: «Al alba», «Sin tu latido», «Rosas en el mar», «Dentro», «Las cuatro y diez», «De alguna manera», «Slowly», «La belleza». Con el humor ácido que sabía tener, escribió «Autotango del cantautor», en el que se reía de sí mismo y de sus colegas: «Qué me dices, cantautor de las narices/ qué me cantas con ese aire funeral./ Si estas triste, que te cuenten algún chiste». El tema es un tangazo que pertenece al extraordinario disco Rito, de 1973, uno de los puntos altos de una trayectoria que conservó una ética y una estética contra viento y marea.
En su vasta obra confluyen muchas de las encrucijadas del siglo XX: si «Al alba» es un postal del franquismo, «La belleza» es su reflexión sobre la caída del Muro de Berlín. Como se suele decir, nada de lo humano le era ajeno. Tal vez por eso, con el tiempo, profundizó la pasión por la pintura y cancionísticamente mostró cada vez más un escepticismo que, en su caso, configura una de las formas de la sabiduría.