Cultura

Basado en hechos reales

En los últimos años, mientras los casos de femicidio se multiplicaban y activaban la convocatoria de #NiUnaMenos, un reflejo de esa realidad acuciante también comenzó a dejar su huella en la televisión, el cine, el teatro, la literatura y la música.

Protagonistas. Iride Mockert se destaca al frente de la obra La fiera y Dolores Fonzi encara la problemática en la película La patota.
 

Dolores Fonzi y Mónica Antonópulos están sentadas en la sala de espera de una clínica. Antonópulos interpreta a Julieta, una mujer de clase alta que acaba de enterarse de que está gestando un embarazo no deseado. Fonzi es Eugenia, su amiga, quien le recomendó ir a ese lugar que ella misma visitó hace algún tiempo. «Nosotras tenemos derecho a elegir un hijo, vamos a seguir decidiéndolo le guste a quien le guste, pero nos obligan a venir a estos lugares, a hacerlo como ratas. Lugares donde te podés morir», dispara Fonzi, nerviosa y angustiada, en el prime time televisivo. La escena se transmitió en la pantalla de Telefe en mayo de 2016, en el marco de la tira La Leona.
Apenas unos pocos días antes, el caso de Belén, la joven tucumana que sufrió un aborto espontáneo y estuvo presa durante dos años acusada de interrumpir su embarazo de forma voluntaria, copaba las pantallas y los titulares de los diarios. Como si se hubieran sentado a tomar un café, la ficción y la realidad conversaban: no iba a ser la primera ni la última vez.
También protagonizada por Fonzi, la nueva versión de la película La patota es otro ejemplo de la violencia de género como contenido recurrente en la producción cultural local más o menos reciente. Podría hablarse de un clima de época que desnaturalizó la cuestión, o del nacimiento de una nueva sensibilidad: temas que antes no se trataban o solo aparecían de forma aislada pueden hallarse con más frecuencia en el último tiempo tanto en contenidos noticiosos como en ficciones de TV, cine, literatura y teatro en nuestro país. Para rastrear el germen de ese fenómeno, hay que ir varias décadas para atrás, cuando los colectivos feministas comenzaron a organizarse, pero más cerquita para ubicar un punto en el que esos reclamos alcanzaron cierta masividad. Ese momento se puede fechar en junio de 2015, cuando el asesinato de Daiana García –la joven de 19 años que fue a una entrevista laboral y no volvió a su casa– pareció ser la gota que colmó el vaso y culminó en la convocatoria #NiUnaMenos.

Atravesar al espectador
«Queríamos hacer mujeres reales y planteando esas características sabíamos que podíamos recorrer una historia dramática con el accionar de personajes fuertes, deseantes, reales», explica Susana Cardozo, coautora del guión de La Leona en el que trabajó junto con Pablo Lago. Para Cardozo, este cambio cultural en relación con las problemáticas de género es un hecho, aunque todavía la ficción y los medios tienen esquemas que cambiar. «Creo que hubo un crecimiento en esta cuestión, no solo en la Argentina, sino a nivel mundial, especialmente en las nuevas generaciones. El desafío, desde nuestro lugar de contadores de historias, es mostrarlo y narrar a las mujeres reales que se la juegan todos los días», reflexiona la autora.
La inspiración de Lago y Cardozo para escribir el libro de la tira fue la Argentina pos 2001, un escenario de crisis económica y recuperación de empresas por parte de sus trabajadores. Sobre ese fondo brillaba la figura de María Leone (interpretada por Nancy Duplaá), una mujer que trabajaba en una fábrica y representaba sindicalmente a sus compañeros. Así, aunque la simultaneidad entre la aparición de la cuestión del aborto en la telenovela y la trascendencia del caso de Belén fue casual –la tira estaba grabada desde 2015–, la intención de contar un universo femenino más cercano a la realidad, menos superfluo e idealizado, estaba planteada desde el principio. «Creo mucho en el rol social de la ficción», apunta Cardozo. «Tanto en la televisión, en el cine, como en el teatro, el objetivo es atravesar al espectador con un hecho artístico que en algún lado toque su entraña de humanidad».

Tema. Miss Bolivia y «Paren de matarnos».
 

Más recientemente, Estocolmo-Identidad perdida instaló el tema de la trata de personas en la pantalla de Netflix. Protagonizada por Juana Viale, Esteban Lamothe y Luciano Cáceres, la serie fue la primera producción local que llegó a la plataforma del conocido servicio de streaming. Y su trama se centra en el caso de una joven que cae en manos de una red criminal. Pero el impacto de estas historias va más allá del rubro audiovisual. En el campo de las letras, por caso, también se produjo un diálogo entre los hechos y su posterior representación: mientras el periodismo se vale de herramientas de la ficción para contar la realidad, la literatura hizo lo propio con la investigación periodística y la cobertura mediática de la violencia machista.
En Chicas muertas (Random House, 2014) Selva Almada relata su propia juventud en Entre Ríos y reconstruye tres femicidios todavía impunes que ocurrieron en la década del 80. En la novela de Almada sobrevuela una idea: la historia de las tres víctimas (Andrea Danne, Sarita Mundín y María Luisa Quevedo) se parece bastante a su propia historia y el destino de ellas pudo ser también el suyo. Así, en Chicas muertas, la escritora hilvana tres crímenes sin justicia con su propia vida y la de otras chicas, al tiempo que retrata la cotidianidad de las mujeres en el Interior del país, marcada por el pulso de una violencia silenciosa en una época en la que aún se hablaba de «crímenes pasionales» y en la que el femicidio todavía no se contemplaba como agravante.
El secuestro, la tortura y la explotación sexual de las mujeres son los temas centrales de Le viste la cara a Dios, la nouvelle de Gabriela Cabezón Cámara editada por La isla de la luna en 2012. Aquí el relato es en una segunda persona que incluye a una primera y la voz que narra se refiere a un tú con extrema crudeza: le habla a una mujer encerrada, golpeada, drogada, sometida a la clientela de un prostíbulo. «El de la trata es un tema que para mí apareció en 2002 con el caso, todavía impune, de Marita Verón, todavía desaparecida. Desde entonces seguí el trabajo de Susana Trimarco y de las periodistas que más y mejor se ocuparon de la cuestión, principalmente el suplemento Las/12 y la periodista Sibila Camps, cuyo libro La red es un trabajo impresionante», explica la autora. «La ficción tiene algo menos específico, es un señalamiento, un intento de abrir alguna cabeza, de desgarrar alguna máscara. Tiene la libertad de ahondar en paradojas que los géneros de la verdad no pueden tratar, al estar comprometidos con un hecho real. La literatura en sí es un hecho social, la función que cumple siempre estamos discutiéndola».

Canciones
«Salí para el trabajo y no fui/ Salí para la escuela y no llegué/ Salí del baile y me perdí/ De pronto, me desdibujé». Con esos versos empieza «Paren de matarnos», una canción de Miss Bolivia (el proyecto solista de Paz Ferreyra) que será incluida en su próximo disco y que la cantante compuso tras conocer el femicidio de María José Coni y Mariana Menegazzo, las turistas mendocinas que viajaban por Ecuador. Así, la música también se hizo eco de las demandas que supo condensar el colectivo #NiUnaMenos. «Me pegó directo al cuerpo», recuerda Ferreyra. «Me urgió escribir. Pensé que si no lo transformaba en texto, no me iba a poder levantar. Tenía que hacer algo con ese dolor, con esa bronca, con esa impotencia».
Como el tema aún no estaba grabado, en vísperas de la segunda convocatoria #NiUnaMenos, la cantante recitó la letra en un video que se viralizó en octubre pasado, luego de que trascendiera el asesinato de Lucía Pérez, la joven de 16 años que fue violada, torturada y asesinada en Mar del Plata. «Ese poema encarna el síntoma en primera persona», explica la cantante. «Estamos mal, muy mal, y mucha gente me transmitió gratitud por haberle puesto palabras al horror. Yo considero que a veces el artista es simplemente canal de la realidad, de la actualidad, de la urgencia, de lo no dicho, de lo que duele y no se dice».


El actor italiano Vittorio Gassman apuntó alguna vez que el teatro no se hace para cantar las cosas, sino para cambiarlas. Y por ese motivo, para la actriz Iride Mockert, pararse sobre un escenario y frente a un público conlleva necesariamente una responsabilidad. Desde su papel en la obra La fiera, reinventó el mito norteño del hombre tigre, que sostiene que aquel que baile sobre el cuero del animal (en Tucumán, del yaguareté) se convertirá en uno. En esta leyenda aggiornada y bajo la dirección de Mariano Tenconi Blanco, Mockert le pone el cuerpo a una mujer-tigre que busca con desesperación a una hermana desaparecida que no encuentra y decide quedarse en la piel del felino para vengar la violencia de género.
«En La fiera claramente hay una denuncia, quizás desde un lugar corrido, casi de cómic, lo cual generaba pensar la temática desde otro lugar. Incluso reírte del horror, el distanciamiento, para poder entrar en otro tipo de pensamiento de la cuestión», amplía la actriz. Para Mockert, el panorama en este diálogo entre la cultura y las demandas de igualdad de género es alentador: «Creo que de a poco se van allanando caminos que unan fuerzas. Que usen el arte, la ficción, la performance para vehiculizar la denuncia». La idea, aclara, no es utilizarlo como bajada de línea desde una posición de superioridad moral: «Lo interesante es repensar el lugar desde donde se enuncia, abrir interrogantes, hacer preguntas que te activen».