Cultura

Cambio de hábito

Con las tablets y los smartphones como aliados, la descarga de archivos dio paso a la era de las plataformas de streaming. Los efectos sobre medios y formatos tradicionales como el cine, la televisión, los discos y los libros. Opinan los especialistas.


Postal urbana.
Una pasajera del subte aprovecha el viaje para mirar una serie. (Diego Martínez)

Individuos enchufados a pequeñas pantallas brillantes por medio de auriculares, abstraídos y ensimismados. Lo que décadas atrás era imaginado como uno de los paisajes típicos de las historias de ciencia ficción, se ha convertido en una escena familiar para quienes viajan frecuentemente en los medios de transporte públicos. ¿De otra época, en cambio, podría parecer quien está leyendo un libro impreso o simplemente mirando por la ventana, sin el celular entre sus manos? ¿O quien está comprando un disco para ampliar su biblioteca musical? ¿O quien espera un día y una hora determinados para ver su ficción televisiva favorita?
En la actualidad, la mayoría de la población le da a internet un lugar privilegiado como medio de comunicación, información, entretenimiento y también como herramienta de trabajo. Seguramente hoy que se puede acceder online a una película, serie, libro o canción en cuestión de segundos, la idea de bajar un archivo en la computadora resulte bastante lejana y tediosa. No obstante, hace unos 15 años atrás se trataba de una práctica habitual. ¿Cómo se explican tantos cambios en un lapso de tiempo tan breve?
Según Claudio Lobeto, sociólogo, investigador y docente de la Universidad de Buenos Aires, «cada avance tecnológico arrastra consigo una modificación en la esfera de la recepción y el consumo. En este sentido, la descarga de archivos fue una consecuencia directa del pasaje de lo analógico a lo digital, lo que puso en marcha una nueva dinámica entre contenidos y receptores».
Fue el primer paso hacia la revolución en los modos de consumir productos culturales, cuyo punto de llegada son las plataformas de streaming. «Antes, cuando teníamos la posibilidad de conectarnos solo esporádicamente, los servicios de descarga como Napster eran de suma utilidad para descargar archivos que podían ser consumidos offline», explica Gonzalo Arias, sociólogo y director de UN3TV, el canal de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).

Jaque mate
Para Tomás Dotta, programador de Kino Palais, espacio audiovisual del Palais de Glace, aquella vía de acceso a los contenidos contaba además con una ventaja estética, ya que «en aquella época de “esplendor” de la descarga por torrent convivían en un mismo lugar el cine de estreno con películas de culto de orígenes y autores de lo más diversos. Todos aprendimos mucho de cine mirando lo que se subía a esos sitios, que eran auténticas comunidades de cinéfilos».
Pese a todo, los servidores de descarga no lograron instalarse como la tendencia dominante a la hora de consumir cultura. Las razones son varias. Para empezar, su mayor virtud, el espíritu rupturista y altamente democrático, fue también en gran medida su verdugo. «La persecución a la piratería hizo que cada vez hubiera menos espacios de este tipo», puntualiza Dotta. Si los usuarios se veían beneficiados en términos monetarios, la situación era la opuesta para creadores y empresarios.
«La descarga de archivos era un modelo caótico: te ocupaban espacio en la computadora, y tenías que pasar tiempo buscando», sostiene Juan Ibarlucía, compositor egresado de la Universidad Nacional de las Artes y cantante de la banda Pommez Internacional, aludiendo a otros motivos por los cuales este modo de acceso no prosperó. A diferencia de un vinilo o un libro, compara, «el archivo no representa un valor material para el consumidor. No es algo físico».
El paso de la descarga de archivos a los servicios de streaming podría representarse visualmente como un partido de ajedrez con final anunciado: no cabía duda quién iba a cantar victoria. Las plataformas online fueron acaparando territorio, hasta convertirse en la principal fuente de entretenimiento y cultura. ¿El motivo? Supieron ser funcionales a lo requerido por un usuario que vivía en un mundo cada vez más conectado y globalizado, donde dispositivos como el smartphone y la tablet habían destronado a la computadora.


(Diego Martínez)

Este fácil acceso hizo posible que se extendiera el hechizo del streaming, aunque con ciertas diferencias. «Hay una cuestión generacional. Los jóvenes viven entre redes y multipantallas, es su ambiente natural. Yo no podría ver una película en un celular, pero mi hija lo hace sin ningún problema», opina Stella Puente, directora de la Especialización en Industrias Culturales en la Convergencia Digital, que se dicta en la UNTREF.
Otro elemento seductor fue la conformación de un modelo equilibrado, que beneficia tanto a los usuarios como a los artistas: tarifas accesibles para los primeros y un ingreso para los segundos. «Cualquier monetización es mejor a cero», expresa Ibarlucía. Además, para los creadores significan nuevos espacios para darle visibilidad y difusión a sus obras. «También me permiten conocer cuáles son los sectores en donde se me está escuchando y en cuáles debo trabajar más», añade el compositor y vocalista.

Opciones que coexisten
En el escenario cultural contemporáneo en el que reina internet, ¿solo hay lugar para una modalidad de consumo? Medios y formatos tradicionales como el cine, la televisión, la radio, el libro y el disco, ¿tienen los días contados? Nuevamente, los especialistas consultados concuerdan al ofrecer una respuesta negativa, aunque con cierta cautela. «No sé si va a desaparecer el cine. Sigue muy vivo ese modo de ver en los festivales. Por ahora no creo que vaya a terminar y, obviamente, espero que eso no pase», reflexiona Dotta.
Frente a los nuevos tiempos, sugieren armarse de voluntad de adaptación. «Creo que debemos empezar a comprender la industria del entretenimiento como un sistema flexible de contenidos. Una discográfica, hoy por hoy, no es un negocio de discos, sino un negocio de contenidos que incluyen televisión, web, derechos editoriales, radios, merchandising y, por supuesto, streaming. Quienes no entiendan esta elasticidad, van a quedar excluidos», advierte Ibarlucía.
Oche Califa, director cultural e institucional de la Fundación El Libro, comparte esta perspectiva. «La Feria del Libro se recrea porque acompaña los cambios tecnológicos y los de las conductas de los lectores. Si puede, se adelanta. Y, si no, sale tras ellos», dice.
Por último, la mayoría de los especialistas alega que no se trata de elegir una opción por sobre otras. «La experiencia de salir de tu casa para ir al cine, conforma una característica que no puede ser asimilable a ver una película por internet y poder poner pausa cuando quieras. Son cosas distintas», observa Arias.
«El libro no debe tener miedo de ser libro», expresa Oche Califa, aunque su razonamiento bien se podría extrapolar a los otros medios y soportes. «Con el libro se está a solas y a la vez acompañado de mundos que nuestra imaginación construye. Por otro lado, es bueno saber que los jóvenes lectores prefieren la versión en papel, es decir, tener entre sus manos ese objeto querible, que alguna vez fue árbol, para abrir y cerrar cuando uno quiere. En un mundo de polución visual y sonora tremenda, el libro es, también, refugio».