Cultura

Caminos que se cruzan

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El diálogo entre los dos géneros es cada vez más fluido. Artistas y discos que atraviesan fronteras y combinan ritmos para enriquecer el campo de la música popular argentina.

 

Fuentes. El repertorio de Salinas (arriba) y Barboza (abajo) se nutre de ambos géneros.

Históricamente, el folclore y el tango funcionaron como músicas que dialogaron entre sí. Pero en los últimos tiempos esa empatía natural parece haberse convertido en algo más importante: en un puente que comunica a una con la otra. Fortaleciendo esta tendencia, dos de los discos más notables de tango de los últimos tiempos no provinieron del tronco del género –ni de orquestas típicas ni de cantores tradicionales– sino de sus bordes. Uno, Tardes provincianas, pertenece al músico de chamamé Rudi Flores, que en su primer trabajo solista sin su hermano Nini Flores se destapó como un exquisito guitarrista de tangos. El título del segundo, Tango y criollismo, del cantante Juan Villarreal y el bandoneonista Marco Antonio Fernández, encierra toda una definición de principios: lisa y llanamente, música argentina.
«Yo ni siquiera me pregunté qué género iba a cantar. Me salió así. Con la cantidad de información musical que uno recibe a diario, cualquier prejuicio es obsoleto», explica Villarreal, guitarrista y cantor de la orquesta El Arranque, cuyo disco reúne zambas, guaranias, chamarritas y tangos. En todo caso, el denominador común es un tono confesional que realza un dato: son finalmente canciones. Nacido en Santa Cruz, criado entre La Plata y Buenos Aires, Villarreal sostiene que todos esos paisajes resuenan en él naturalmente. «Tal vez el folclore sea más salvaje, pero cuando uno escucha al Polaco Goyeneche se acabaron las fronteras», dice.
Sería un poco injusto ubicar este fenómeno como una expresión tardía de aquello que la industria discográfica denominó en los años 90 como «crossover» y que nutrió las bateas con discos algo impostados en los que artistas navegaban en géneros lejanos. Más bien parece la consecuencia lógica de un proceso en el que se diluyó la ortodoxia musical, al compás de nuevas ofertas de escucha mucho más fragmentadas y variadas, con Internet como paradigma. Hoy es bastante difícil hablar de folclore o de tango en sentido estricto, como espejos de música rural o urbana. Pero este fenómeno tampoco ocurrió de la noche a la mañana.
Si se toman ejemplos históricos, allí está la temprana pasión que desarrolló Mercedes Sosa por el tango, y que coronó en diferentes grabaciones. Durante su exilio, Alfredo Zitarrosa tenía en mente grabar un disco de tangos, y si bien no llegó a concretarlo, quedaron extraordinarios registros de «Farolito de papel», «Tinta roja» y «Malevaje». Siguiendo en esta línea, hay una foto muy simpática que muestra a los dos budas de la música argentina –Aníbal Troilo y Atahualpa Yupanqui– tocando juntos en la radio. Y como síntesis siempre está Carlos Gardel: antes de inventar el tango canción, había cantado música folclórica en 1912.
El acordeonista Raúl Barboza –otro de los que entendió tempranamente el folclore y el tango como sustratos de una unidad– exalta su admiración por músicos como Héctor María Artola, Eduardo Rovira, Máximo Mori y Horacio Salgán, y detalla que en una oportunidad fue testigo de un encuentro histórico: Aníbal Troilo y Astor Piazzolla asistieron a la grabación de un disco de Isaco Abitbol, con quien él tocaba. Para Barboza, la principal diferencia estaba en las distintas tradiciones musicales: «Yo soy músico autodidacta, porque en general los acordeonistas nos formábamos así, tocando en los patios y en las fiestas populares, en cambio el bandoneonista de tango tenía la oportunidad de ir a aprender a una academia o con un maestro».
Por eso, si antes era una cuestión de afinidad, ahora se trata de músicos que incorporan ambos géneros como parte de un concepto y de un repertorio. De modo natural, una de las cantantes más destacadas de tango actual, Lidia Borda, dedicó su último disco, titulado Atahualpa, a la obra de Yupanqui. Antes ya había hecho lo mismo en el disco Manzi, caminos de barro y pampa, con el repertorio campero del poeta de Añatuya. También el violinista Ramiro Gallo desplegó ambas pasiones en su último compacto El cielo no queda tan lejos, en el que desde los títulos de los bloques de temas ya pone de manifiesto la propuesta: «Azul ciudad», «Verde pampa»,  «Marrón río» y «Otros colores».
La revitalización de la figura del cantor criollo, con la mixtura de tangos, música pampeana, zambas y tonadas, a través de exponentes como Cardenal Domínguez, Hernán Lucero, Alfredo Sáez y Cristobal Repetto, también se podría situar en esta tendencia, al igual que la música del Quinteto Bataraz, el Tanino Dúo, o la libertad para manejarse en diferentes registros del guitarrista Luis Salinas. Las estéticas y los ejemplos son múltiples, pero el eje siempre es el mismo: música argentina. No se trata solo de saltar fronteras, sino de que estos elementos forman parte de un bloque indivisible.
Uno de los ejemplos paradigmáticos es la música del armonicista rosarino Franco Luciani. Desde su primer disco de 2002, Armusa, con el grupo La Tropa, donde indagaba en el folclore, pero también en milongas como «El esquinazo» y en tangos como «Sur», tuvo una aproximación a ambos géneros. Luciani lo plantea en estos términos: «Es difícil categorizar un género en forma absoluta. Astor Piazzolla y Héctor Varela hacían tango, pero eran dos mundos antagónicos, de la misma manera en que el folclore del noroeste es totalmente diferente al de Cuyo. Y yo me pregunto: ¿cuál es la identidad musical de Rosario? No es fácil de responder». Para el armonicista, el foco pasa por otro lado: «Ya no existen prejuicios sobre qué música hacer. Pero si te metés en un género, tenés que hacerlo a fondo, conociendo sus yeites y sus formas. Esa es la cuestión».

Andrés Casak

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