Cuento | María Rosa Lojo

Cuál de los tiros

María Rosa Lojo (Buenos Aires, 1954) publicó entre otros libros las novelas La pasión de los nómades (1994), Finisterre (2005) y Solo queda saltar (2018, de donde proviene el relato que se publica) y las colecciones de cuentos Amores insólitos de nuestra historia (2001) y Cuerpos resplandecientes. Santos populares argentinos (2007).

Hugo Horita

No soy la única despierta en la casa. Alguien se mueve en la sala, los pasos crujen sobre el piso de madera, avanzan y se paralizan y reanudan su marcha, como si un largo tormento los inquietara.
Cuando me asomo a los bajos de la escalera veo al tío Juan, hundido en el sofá con la cabeza entre las manos. Me siento frente a él en la mecedora y entonces me mira, con ojos vidriosos que no se detienen sobre mí. Los ojos me traspasan y van hacia otra parte, muy lejos de esta sala y de esta casa en una ciudad plana y tranquila.
–Hace frío en el sur. En el sur de este país. Tanto como en Finisterre. A veces, más todavía. El mar es duro, irregular, profundo. Hay temporales, y olas de varios metros que se tragan las barcas. Y los puertos tienen nombres sagrados y nombres de añoranzas: Puerto Santa Cruz, Puerto San Julián, Puerto Deseado. Nada puede ser más deseado que un puerto en la tormenta de ese mar sin fondo.
El reloj de pared da las cuatro. Solo dos infelices que tienen pesadillas más fuertes que la vida, colmados de congojas, se despertarían a esa hora.
–¿Cuándo estuvo ahí, tío?
–Un tiempo después de llegar a Buenos Aires. En la capital trabajé en bares, como ayudante de cocina, después como mozo. En una romería conocí a Consuelo, que acababa de llegar de Ribadeo. Nos gustamos, la cortejé. Pero yo era demasiado joven y también quería otra cosa: salir del encierro del bar, ver mundo, alcanzar su confín, el otro Finisterre, el sur del Sur. Le dije a Consuelo que probaría fortuna y que le escribiría. Un paisano me llevó con él a Comodoro Rivadavia. Nos metimos en la pesca. Aunque era lo que sabía hacer mejor, no duré mucho. No había venido hasta aquí para repetir la historia de mi padre y morir en el mar bravo. Otro gallego me consiguió empleo en una de las estancias donde criaban ovejas. En cada una cabían cientos de fincas como las que cultivamos en nuestra tierra. Era increíble que tanto campo fuese de un mismo dueño. Leguas y leguas con miles de animales, mejor tratados de lo que nos trataban a nosotros. El precio de las lanas había caído luego de la primera guerra y también la miseria que le pagaban al obrero. Estaba en una trampa, en un brete. Atrapado como las bestias que esquilábamos o carneábamos. Perdido en el fondo de una nación tan grande como varias naciones, en una cárcel sin puertas y sin muros. Otros la pasaban aún peor. Polacos y rusos, que hablaban mal y poco el castellano, alemanes, algún galés. Tenía pensado fugarme, como fuese, cuando estalló la revuelta.
–¿Qué revuelta?
–La de los obreros y los empleados del ferrocarril y los peones rurales. Las huelgas del Sur empezaron en 1920, cuando gobernaba el presidente Yrigoyen. El año anterior ya se había hecho un gran paro en Buenos Aires, que costó la vida de muchos trabajadores. Aun así, la chispa prendió también entre nosotros. Tantos que se sentían como yo, o todavía más desgraciados porque ya habían perdido la juventud y no podían consolarse con la esperanza de una vida mejor. La Patagonia ardió como un solo bosque seco, de las ciudades a los campos. Pero llegó la Policía y luego el Ejército, más devastador que cualquier fuego, y para nadie hubo piedad.
El tío Juan habla como si continuara en el sueño que lo ha despertado. Dentro de sus ojos veo los fragmentos inestables de ese paisaje en llamas.
–Tenían perros adiestrados para cazar hombres. La sangre de las ovejas degolladas empapaba los llanos secos. Y la sangre de los hombres, fusilados de diez en diez, de cien en cien, siguió a la de las ovejas.
¿Qué clase de frutos o de flores habrán crecido después, sobre esa tierra?
–Algunos lograron cruzar antes la cordillera, rumbo a Chile. Uno de esos fue el Gallego Antonio Soto, que tenía sobre el pecho la bandera libertaria, roja y negra. Nos mataron y alguna vez matamos. Ellos más, mucho más y mucho peor. El paisano que me había llevado al Sur fue de los primeros en caer.
Pero no es eso lo que desvela al tío Juan en las horas de la madrugada. No se le quiebra la voz ni se le oscurecen los ojos solo por todo lo que sufrieron él y sus compañeros en esos días.
–Eran gente de trabajo. Muchos ni siquiera podían mandar una moneda a las familias que habían dejado tan lejos. Luchaban con lo que tenían, porque no les quedaba otro remedio. Pero no todos los que pelearon conmigo en aquel tiempo hicieron siempre lo que debían hacer. Tampoco yo.
La mano derecha del tío tiembla un poco mientras levanta una copita de contenido transparente. El olor llega hasta mí, como un recuerdo punzante. Es el aguardiente de oruxo que se toma en las casas gallegas, al amparo de la lareira. No hay como ese fuego para disipar las sombras de todos los inviernos, cuando ningún sol externo puede confortar las almas inconsolables.
–Había un hombre al que llamaban el Toscano, un anarquista como Soto, aunque no de la misma madera. Valiente, sí, pero también prepotente y mandón. No le importaba mucho quién se estaba llevando por delante, lo mereciese o no. Tenía su tropa: algunos italianos como él, algún francés, alemanes, gauchos argentinos y chilenos, un negro que hablaba el portugués, varios españoles. Anduve con su banda por un tiempo. Entrábamos en las estancias, nos alzábamos con lo que hubiera y lo que sirviese, también tomábamos rehenes para negociarlos con los militares. Entonces ocurrió. Y todavía, en noches como hoy, la sigo viendo.
La muchacha había muerto en uno de esos asaltos, boca arriba, mirando al cielo, los ojos muy abiertos, mientras el mayordomo y su mujer estaban encerrados en uno de los cuartos de la estancia y varios de la gente del Toscano cenaban en la cocina.
Por culpa de ellos la chica miraba al cielo con grandes ojos de oveja degollada, aunque no habían querido matarla. Tres la siguieron cuando terminó de servirles los víveres de la despensa y se deslizó hacia afuera, esperando no ser advertida. Eran machos jóvenes que habían bebido de más luego de días azarosos de cabalgata. La invitaron a beber también, luego la insultaron a los gritos porque les tenía miedo, como si ellos, los que venían a libertar a todos los siervos, y no los patrones, fuesen sus enemigos. La chica no les hizo caso. Empezó a caminar más rápido, y después a correr. No había una sola luz –susurra el tío Juan–. Ni siquiera la de la luna.
Ella seguía corriendo bajo la tiniebla protectora, esperando llegar a un escondite conocido: un galpón, un brocal viejo, un murito sobre el cual saltar y desaparecer. Quizá se hubieran cansado pronto de esa persecución estúpida y hubiesen vuelto hacia las luces de la casa y el único recuerdo de aquella noche habría sido un latigazo de resaca a la mañana siguiente. Pero los perros ovejeros empezaron a ladrarles. En ese momento sacaron los revólveres y dispararon y se oyó el grito.
Era casi un quejido, pequeño y delgado como la jovencita hundida en el mar de la oscuridad, que amanecería con la cabeza rota y las pupilas muertas que clamaban al cielo.
–Yo también disparé, como los otros –dice el tío, sin enfrentar mis ojos–. Y nunca supe cuál de nuestros tiros fue el que le dio.