Cuento | Por Ricardo Romero

El hombre obeso

Ricardo Romero (Paraná, 1976) publicó las novelas El síndrome de Rasputín (2008), Historia de Roque Rey (2014), El conserje (2017) y Big Rip (2021). Sus textos fueron traducidos al inglés, francés, portugués e italiano. Fue editor de la colección Negro Absoluto.

Hay un hombre obeso que grita. O también: hay un grito y el hombre obeso está después de él, detrás del alarido y su inmanencia dramática. Todo depende de la perspectiva. Es cierto que el grito no existiría sin el hombre obeso, pero no es menos cierto que el hombre obeso tampoco existiría sin el grito. Y hay más. Para los pocos que habitan en las manzanas aledañas, el grito no necesariamente presupone al hombre obeso. En un principio, las primeras veces que lo escucharon, presuponieron a un hombre, sí, alguien en la edad adulta, de alrededor de cuarenta años, con algún tipo de trastorno hormonal y psicológico, pero no más. Ahora, cuando el grito surge a mitad de una mañana cualquiera, tiene la enojosa frecuencia de las alarmas de los autos o de los perros que aúllan cuando los dejan solos. Resistente, monocorde, cada tanto se interrumpe y genera la esperanza de que por fin ha terminado. Pero unos minutos después se reanuda y puede durar hasta las últimas horas de la tarde. A esas alturas, ya nadie se pregunta por el origen del grito. El grito está ahí y el ritmo que propone es todo, es el cuerpo que lo justifica.
Y sin embargo el hombre obeso existe incluso cuando no está gritando. Hay algunos pocos que tratan con él que pueden confirmarlo: los que lo abastecen con las provisiones que gestiona a través de un satélite de origen belga al que ha logrado hackear, uno de los 20 o 30 que todavía quedan operativos y en órbita, y los que le compran por el mismo medio. Unos como otros conocen su voz disfónica, el acople pausado de su respiración bucal en los micrófonos. Y si se lo imaginan obeso es porque él se ha tomado el trabajo de grabarles esa imagen con comentarios cuidadosamente diseminados al pasar en las distintas transacciones. Para él es importante que haya un equilibrio entre su aislamiento calculado y su imagen adiposa proyectada en la mente de los demás: su invisibilidad activa la imaginación, la imaginación activa el asco, y el asco es la piedra fundamental de su permanencia. El hombre obeso lo ha calculado todo hace mucho tiempo, antes de que contar las sucesivas crisis se volviera tan difícil (cuando el hombre obeso lo intenta, se hunde en el desconcierto, es como un corredor distraído que no sabe cuántas vueltas ha dado a la pista de atletismo, mira su mano regordeta, cuenta con los dedos, pero nunca puede ir más allá de una aproximación: pueden ser cuatro como pueden ser cinco). Hubo un tiempo en que el hombre obeso se movía. No mucho, no más allá de los límites del departamento, pero lo hacía, y todavía trataba personalmente con algunos vecinos a los que proveía de lácteos y productos frescos. Pero eso fue hasta que tramó la tecnología y la logística de su negocio, y logró articular los circuitos y los programas necesarios para mantenerse inmóvil en un viejo sofá y convertir su casa en una cápsula ergonómica de supervivencia. Cableados, sondas, pantallas, controles, cámaras frigoríficas y cintas industriales de transporte adaptadas. Todo, absolutamente todo está calculado. Incluso sus gritos. Aunque no los puede predecir con exactitud, sí los puede sentir recorriendo su morbidez, naciendo desde las várices que soportan el peso de su cuerpo y buscando la manera de salir de él. Son como flatulencias, como eyaculaciones, como sangrías. Son purgas orgánicas que inevitablemente revelan la materialidad de su alma. Cada grito, cada alarido que irrita y lastima las cuerdas vocales del hombre obeso es un idioma en sí mismo, una cultura, una civilización que nace, se desarrolla en sus contradicciones y muere.
El hombre obeso existe cuando grita, entonces, y cuando no grita, hombre obeso y grito existen también. En los alrededores, hay quienes escuchan el alarido aunque el hombre obeso no esté gritando. En alguna otra parte de la ciudad, hay quienes piensan en el hombre obeso aunque el grito no se escuche. Todo ha sido calculado. Todo funciona. Ahí está el hombre obeso, quieto, asqueado y asqueante, moviendo los brazos y las manos solo lo necesario para manipular su entorno, para rascarse o descamarse, en un departamento de dos ambientes en la planta baja de un edificio de quince pisos con más de sesenta unidades, la mayoría vacías. La cocina, el ambiente principal y el baño están sincronizados y él está ubicado estratégicamente para tener visión de los tres espacios. El dormitorio es un depósito, hay repuestos y herramientas por si algo se rompiera o llegara a fallar, aunque su utilidad ha quedado invalidada, porque el hombre obeso sabe que a estas alturas intentar moverse sería morir. Hay, además, del otro lado de una puerta corrediza a sus espaldas, un patio rectangular al que nunca le da el sol y en el que sus gritos son amplificados por el pozo de aire y luz. En el patio no hay nada, solo un cactus en el rincón que da a la ventana del dormitorio. Es un Euphorbiainermis que alguna vez tuvo siete ramas en una maceta marrón de cerámica, rellena de arena volcánica y turba rubia. El hombre obeso lo dejó ahí cuando todavía podía moverse y a veces piensa en él.