Cuento | Por Clara Muschietti

La vida normal

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Clara Muschietti

Clara Muschietti (Buenos Aires, 1978) publicó entre otros títulos los libros de poesía La campeona de nado (2007), Karateka (2009) y Podría llevar cierto tiempo (2015, traducido al inglés en 2022). Entre otras antologías, fue incluida en Penúltimos. 33 poetas de Argentina (México, 2014). Es también fotógrafa. El texto que se publica pertenece al libro homónimo publicado en Chile en 2021.

Salvé a una mujer de morir. Paré el tránsito con mi cuerpo. Los autos frenaron casi en mis pies. Tres hombres la sacaron de la calle, ella se resistía y tiraba patadas al aire. Quería golpearme. Uno de los hombres me dijo que me fuera, que si no la que iba a morir era yo. Un par de días después la crucé por el barrio. No parecía estar tan mal como para querer morir. No quería que me viera y no me vio, aunque no pude dejar de mirarla. No parecía estar tan bien como para soportar toda una vida.


Me la habían presentado para que nos hiciéramos amigas. Era la hija de una amiga de una amiga de mi mamá. Coincidimos en unas vacaciones en San Bernardo. Teníamos la misma edad. Ella era muy alta y robusta, se había indispuesto y no quería usar ninguna protección. Querían que yo la aconsejara. Les parecía un buen ejemplo. Nos metimos al mar y se cayó en un pozo. No podía salir. Hacía muecas y gestos que nunca había visto. La saqué del mar. Fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida. Los guardavidas nunca se dieron cuenta. Nos podríamos haber ahogado las dos. No nos volvimos a ver.


Desde antes de que naciera lavo su ropa con un jabón líquido para bebés. Tiene un aroma suave. Ya sé con qué voy a lavar mi ropa cuando mi hijo sea grande. Cuando vuelve un olor, vuelve todo.


No era amiga del vecino. Nunca hablamos de cosas privadas. Ni siquiera sabíamos nuestros apellidos. Se fue a vivir con la novia y puso su departamento en alquiler. Al principio pensé que estaba bajo los efectos del puerperio o que esa angustia tenía otro origen. Una vida buscando el origen de la angustia. Ahora lo entiendo. Era un vecino muy amable y atento. Cuando era más joven me parecía atractiva la gente mal educada. A la amabilidad se la valora con los años.


Con esta cara salí, creí que no volvía. Con esta cara compré cosas porque creí que las necesitaba. Con esta cara busqué durante años la cura para mi enfermedad. Con esta cara seguí enferma. Con esta cara, con esta cara y con esta cara. 


La secretaria te pregunta si anota la fecha del nuevo turno en un papel o si te vas a acordar. Ya sabés que no vas a volver, pero le pedís que te lo anote. Le agradecés, le sonreís. En el ascensor apretás el papel, caminás un par de cuadras, sentís cómo se moja con la transpiración.


No importa tu historia personal, esa anécdota que de tanto contarla te resulta extraña. No importan esas personas que ahora son fantasmas. Todos necesitamos algún consuelo por vivir con estas reglas y en este mundo.


El doctor más recomendado te dice tres veces que sos muy joven para esto. Después agrega que de esto no se muere nadie, pero que es muy doloroso y que jamás vas a curarte. No conforme, te da una palmada que acompaña con dos palabras: una pena.


Quisiste explicar todos esos síntomas. Pero no quiso escucharlos. No entendió que eran la punta de un iceberg.


El médico que dice tu nombre en diminutivo y siempre te sonríe te explica que va a inyectarte en la cabeza, y en la frente, y en el pecho, y en un pie. Sentís cómo el líquido entra en tu cuerpo. Pensás en la cura. En tu casa te mirás en el espejo y te das cuenta de que tenés unos pequeños bultos en la frente. Llamás al médico, te dice que es líquido que se estancó, que ya va a fluir. Te sentás a esperar.


Sos la única persona joven en ese consultorio. Y en ese, y en ese, y en ese, y en ese.


Escribió una serie de pasos a seguir y te recetó varias cosas. Abriste la boca para decir, te interrumpió con una indicación. Volviste a abrir la boca y te palmeó el hombro.



No, ya sé que de esto no se muere nadie. Pero para que me entiendas, es como si estuvieras corriendo por el pasto y de golpe te pusieran una mochila llena de piedras y te dijeran: ah, no sé cómo se saca, corré con eso.


Es como el dolor que produce la fiebre pero mucho más fuerte, mucho más fuerte. Es como si hubieras levantando pesas todo el día, bueno, como si fuera el día siguiente. Es como si te hubieran dado golpes en todo el cuerpo. Es como electricidad. En una puntada, y otra, y otra. Es un pinchazo que se desparrama. Es como si te aplastaran la cabeza. Es como si muchos gatos te mordieran en el hueco de la nuca. Es como tener el cuerpo tomado. Es como tener un cuerpo a veces y a veces otro. Es como desdoblarse. Es como mirarse en un espejo roto. Es como salir y entrar de tu vida. Es como hablar en un idioma que nadie entiende.


Tenés mucha ilusión y corrés. Corrés rápido, pero de golpe te das vuelta y todavía estás ahí.


Ese médico te tranquiliza. No es su tono de voz, ni nada físico. Te resulta imposible ponerle palabras. Volvés muchas veces. Mejorás un poco. Hasta que un día no te tranquiliza más.


Mi hijo corre y se acerca a una familia que está merendando en la plaza. Le ofrecen jugo, él se sube a upa de la mujer. Pienso que debería ir y decirles que mi hijo no toma jugos industriales porque tienen mucha azúcar, que hasta ahora solo había tomado agua y leche. Pero él sonríe y pide más, la mujer le da mientras le acaricia la cabeza. Me senté en un banco a contemplar la escena.


Te ponen en el mundo y no te enseñan algunas cosas, y vas así con lo aprendido. Y de golpe pareciera que hablás otra lengua. Te mirás en el espejo para entender y ninguna de las partes de tu cara tiene una respuesta.


Llorás delante del médico canoso que por momentos habla español neutro. Te da la mano.


La médica que te recomendaron es muy simpática. Le respondés todas las preguntas con naturalidad, le das detalles innecesarios, le contás intimidades. En el subte de camino a tu casa te das cuenta de que no fue por ella, que a esta altura de tu vida hablar de ciertas cosas, dar ciertos detalles no tiene el peso que tenía antes. Casi que no tiene ninguno.


En la receta escribió una indicación: vida normal.