Cuento | Edgardo Scott

Mbappé tenía una amante

Edgardo Scott (Lanús, 1978) publicó entre otros libros No basta que mires, no basta que creas (nouvelle, 2008), Los refugios (cuentos, 2010), El exceso (novela, 2012), Luto (novela, 2017) y Cassette virgen (cuentos, 2021). Tradujo Dublineses, de James Joyce. Vive en Francia.

a Marcelo Maccio

Mbappé tenía una amante, una chica a la que veía con regularidad a la vuelta de mi casa, en el declive final de la rue Regnault, cuando la calle baja acompañando un tramo olvidado de la petite ceinture, esas vías que orillaban París hace un siglo, y donde ahora están construyendo unos edificios para viviendas sociales. La veía cada dos semanas más o menos, casi siempre los lunes, alrededor de las cinco, seis de la tarde. Se quedaban en el auto charlando, riendo y besándose, y tal vez, por la hora, merendando lo que alguno de los dos habría traído o, probablemente, lo que ella habría bajado a comprar a la boulangerie que está cruzando la rue Patay, es decir el lugar del que yo volvía.
Por supuesto que la primera vez que los vi, y también la segunda, dudaba de que fuera Mbappé. Se sabe: ¿cómo una celebridad mundial, la estrella de Francia, un muchacho millonario, por cierto, iba estar adentro de un Clío común y corriente en esa calle perdida, a pasos del périphérique? ¿No sería simplemente alguien parecido? En verdad, lo que me convenció de que era él, fue un gesto suyo, además de que al estar los dos sentados adelante, y yo viniendo de frente, remontando lento la rue Regnault, podía ver bien su cara en primer plano; un primer plano, por otra parte, al que últimamente estaba bastante acostumbrado, ya que seguía los partidos del PSG. Pero, decía, a pesar de tener la certeza súbita de que era Mbappé, lo que me confirmó la segunda o tercera vez que los vi que era él fue un gesto donde abría grandes los ojos, como asustado, y después se reía. Ese gesto yo se lo había visto varias veces, con sus compañeros, incluso en alguna publicidad o entrevista.
«Aunque ella podría ser la hermana», me dije después de verificar que era él, como si la duda se desplazara a otro plano, y yo ahora quisiera estar seguro de la escena. «¿Por qué la amante?», me cuestioné; eran prejuicios que demostraban lo viejo que estaba, porque los viejos que envejecen mal –la mayoría– son los que piensan con reflejos y prejuicios; a fin de cuentas, y si bien era más difícil retener sus rasgos, porque no era famosa como él y yo la cruzaba apenas unos segundos, disimulando, una vez por semana, ella se le parecía; quiero decir, era una muchacha un par de años mayor o menor, también magrebí. Podía ser su hermana. Y yo no los vi besarse hasta la tercera vez que pasé, cuando expectante ya divisé el auto y desde el vidrio trasero vi dos cuerpos inclinados, el uno hacia el otro. Pero no fue entonces que estuve seguro, entonces fue una ratificación, una rúbrica, en cambio el lunes anterior yo vi, viniendo de frente, cómo se miraron un momento –a pesar de que ese día él tenía unos anteojos oscuros, no negros, de un polarizado violeta–, cómo cada uno estaba concentrado o perdido en el otro, enamorados, aunque ese enamoramiento durara apenas esa mirada, un par de días, un par de semanas.
Hubo por supuesto algún lunes que no se veían. Y a la vez que me causaba una repentina nostalgia, me olvidaba rápido del asunto. En general, como yo empecé a estar más atento al IG de él, me daba cuenta de que esas ausencias coincidían con algún viaje por alguna publicidad u otra cosa. Yo sabía que él tenía una novia, una chica trans un poco más grande, esa era su relación «estable», como se dice ahora, tomando de la física o de la química un adjetivo quién sabe cuán adecuado para la vida sentimental de la gente. En cualquier caso, las ausencias me hacían pensar también que quizá la próxima vez que los viera debería pedirle un autógrafo. A lo que enseguida me preguntaba para qué, para qué quería yo un autógrafo de Mbappé. Un jugador al que, a decir verdad, no admiraba ni valoraba tanto, además de que no me gustaban un montón de sus actitudes y comentarios en el último tiempo, demasiado vanidosas y tontas, en fin… pero era Mbappé. Lo descarté, como descarté también dar aviso a los paparazzi e intentar una tajada en euros que sí me vendría mejor que un autógrafo, un papelito que en todo caso él firmaría de mala gana, al importunarlo en ese momento tan especial, en esa isla tan breve, de tiempo y amor, con esa chica. Y hasta podría enojarse y no firmarme nada.
De todos modos la cuarta o quinta vez que los vi, los vi discutiendo. En un caso discutían de manera enérgica, y esa vez aproveché para mirarlos aún más, él no tenía sus anteojos polarizados violeta –quién puede discutir en serio con anteojos polarizados violeta– y como ellos estaban en lo suyo, yo lo miré con descaro y verifiqué una vez más que él fuera él, y también me fijé si ella era la chica trans, la novia, pero no, no era. En cambio, la vez siguiente estaban en silencio, ella como siempre ocupando el asiento del conductor, mirando hacia adelante, después mirando el teléfono, y él mirando hacia afuera, supongo que como cualquiera en esa calle, mirando las gigantescas y flamantes torres Duo, esos dos rascacielos torcidos y vidriados. Mbappé miraría, como todo el mundo, cómo se reflejan los autos yendo y viniendo a toda velocidad, como si fueran peces en un extraño arrecife gris, transparente y vertical.
Me enteré algunas cosas más de Mbappé, que había nacido en un hospital del 19ème, pero que creció en Bondy, en la banlieu de París, hijo de padres deportistas, un jugador de futbol camerunés y una jugadora de handball, de familia argelina; que es el jugador más caro del mundo, su pase vale doscientos sesenta y cinco millones de euros, que tiene un hermano menor y uno mayor, los dos juegan al fútbol. Me enteré de que quiere ser entrenador cuando se retire, pero ninguno de estos datos cambió mi indiferencia por su figura, hoy esa clase de jugadores ya son como cualquier celebrity, empresarios de su imagen y de su rubro.
Por lo general cuando encaro por mi calle y bajo por la rue Regnault en vez de ir hacia Tolbiac, y salvo que vaya a tomar el tram, es porque voy a la panadería a comprar una demie-baguette o a un supermercado árabe donde venden muy barato un trozo de gouda de una marca alemana que me gusta mucho, aunque mi mujer dice que es demasiado salado para ella. También suelen tener los whiskies básicos con el mejor precio del barrio, casi un veinte por ciento menos. Las vinerías, las caves, ya no venden esos whiskies, son cada vez más snobs y más caras. Lo cierto es que viniendo con la demie-baguette ese lunes vi en el Clío a la chica magrebí sola, escribiendo en su teléfono y yo pensé que le escribía a él, reprochándole no haber venido. Esa fue la última vez que la vi, y que vi al Clío, y que de algún modo vi al fantasma de Mbappé, vi su ausencia, siempre con anteojos polarizados violeta, no menos real que el tren que ya no pasa por las vías muertas de la petite ceinture.