Cuento | Betina González

Niña Neptuno

Betina González (Villa Ballester, 1972) publicó entre otros libros las novelas Arte menor (2006), Las poseídas (2012, premio Tusquets) y Olimpia (2021), el libro de cuentos El amor es una catástrofe natural (2018) y el ensayo La obligación de ser genial (2021).

Para Julia

Niña Neptuno vive en las nubes pero cada dos o tres milenios baja para ver si la Tierra sigue siempre igual.

Y la Tierra nunca la defrauda:
sufren los perros y las vacas,
los chanchos y los pollos,
hasta las bacterias de la levadura lloran dentro del horno;
hay enfermos y esclavos por todas partes,
incendios e inundaciones,
pero la gente va todos los días a trabajar
porque el futuro, se sabe, solo depende de uno.

Niña Neptuno llora por todo: por la selva amazónica que un señor se llevó en un camión, por la gente que cree que los pájaros no existen, por la tarea de la escuela y por todos los niños del mundo que no tienen fideos tan ricos como los que su mamá le obliga a comer. Es difícil vivir en la Tierra y Niña Neptuno se quiere volver a su nube pero no puede, así que por todo ese milenio decide vivir en Babia.
Babia es un lugar en España donde van los reyes cuando se cansan de mandar. También van los insolventes, los que nunca se recibieron, los que dejaron vencer un contrato o se pudrieron de la cola del banco. En Babia, nadie se preocupa por nada. Hay flores que hablan y toda clase de autómatas, entre ellos, el Papamoscas, un muñeco que vive adentro de un reloj y tiene el trabajo más importante del reino: salir de su torre y abrir la boca mientras suena la campana de las doce.
Dos veces por día, los habitantes de Babia cumplen con su única obligación: salir a cazar ideas. Con lupa, con redes, con caras largas y ceños fruncidos o mareados de la risa, reyes y reinas, niñas y niños, perros y gatos salen confiados en que volverán a casa con una idea genial. Pero las ideas son escurridizas, sobre todo las geniales. Cuando se está seguro de tener una bien escondida en la palma de la mano, o en el medio del pecho, zas, aparece alguien que te avisa que eso no, que ya Beethoven, que Madame Curie y que mejor la devuelvas. Hay que tener cuidado y no mostrarle a nadie la idea que una acaba de cazar, piensa Niña Neptuno, que guarda las suyas en un cofre junto con dos pollitos.
En Babia, Niña Neptuno tiene una cama tan blanda que casi se la traga. Le cuesta mucho salir de ella solo porque lo mande el Papamoscas. Una vez, salió tan tarde a cazar que solo encontró una idea absurda. Estaba sentada sobre el césped de una plaza, mirando el piso.
–¿Cómo te llamás? –le preguntó.
La idea movió la cabeza.
–Mejor no te digo.
–¿Por qué?
–Me va a generar problemas.
–Las ideas son las que generan problemas a la gente. No al revés.
–Yo soy distinta.
Eso Niña Neptuno podía verlo muy bien. Las ideas absurdas son tan grandes que todos los cazadores las ignoran, pesan más que un elefante y son muy incómodas de llevar a cabo. Pero esta era la idea más absurda del mundo, no solo de Babia, y eso la hacía hermosa y muy tentadora. Tenía suerte de que su enormidad la protegiera. Niña Neptuno apenas le llegaba a los talones y se preguntó cómo habiendo tantos escritores, artistas y músicos, tantas científicas y revolucionarias, cómo con tanta gente en Babia y con tal predisposición para el riesgo y la alegría, a nadie, sin embargo, se le había ocurrido cazarla. De inmediato, Niña Neptuno diseñó un plan (en Babia, se le ocurrían toda clase de planes, a saber: cómo hacerse rica criando caballos de Troya, vender ataúdes con salida de emergencia o terminar la sinfonía inconclusa de El fantasma de la ópera). En este caso se dio cuenta de que solo tenía que sentarse frente a la idea y esperar.
–Nena, estás volcando toda la gaseosa –escuchó que le decía su mamá–. ¿Estás en Babia?
–¿Te duele la cabeza? –preguntó la voz de su maestra.
–¿Pero qué hace? –terció su jefa– ¿No ve que está sonando el teléfono desde hace rato?
Y hasta un hombre que ni siquiera la conocía, opinó al pasar:
–¿Cuándo va a sentar cabeza esa mujer?
Niña Neptuno no contestó nada y siguió absorta en sus pensamientos.
¿Cómo podía ser que nadie se diera cuenta de lo que costaba llevarse una idea absurda a casa?, pensó, y siguió sentada en el pasto, esperando. Esperó tanto que se hizo vieja y los habitantes de Babia empezaron a confundirla con una estatua, a dejarle flores, cartas de amor y otros homenajes.
Y justo al final de su primer milenio en la Tierra, al otro lado del césped, la idea más absurda del mundo la miró a los ojos y empezó a brillar.

PABLO BLASBERG