Cuento | Por Leandro Ávalos Blacha

Que pase el desgraciado

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Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) estudió Letras y asistió al taller de escritura de Alberto Laiseca. Entre otras obras de narrativa, publicó Berazachussetts (2007, Premio Indio Rico de nouvelle), Medianera (2011), Malicia (2016), Estuario (2022) y Los Quilmers (2023). Sus libros han sido traducidos al francés.

Ilustración: Patricio Oliver

–Aquí la conductora soy yo, y usted habla cuando yo le digo. ¿Oyó? Hable, pues.
–Nosotros vivíamos con los problemas de cualquier barrio… Pero teníamos a nuestras hijas en casa. Estos dos arruinaron todo. ¡Abrieron esa cosa maldita y las perdimos para siempre!
–Qué mujer bruta… el portal estaba ahí, quién sabe desde hace cuánto.
–¿Usted está contenta con el descubrimiento?
–¡¿Qué voy a estar?! Pero no puedo hacerme cargo de eso. La hija se metió al sótano de noche, sola, como una rata. Una rata en celo…
–¡Lavate la boca para hablar de Emilia!
–Explique lo de la puerta para la audiencia, que nos tiene a todos en Babia.
–El portal conduce al pasado. A la prehistoria. Y las chicas se están yendo a buscar tipos.
–OHHHHHHH.
–Allá no hay tanta vuelta, señora Laura. Los cavernícolas van a los bifes. Las agarran, las meten en esas cuevas inmundas y hacen la porquería. Compare a estas chicas con esas mujeres peludas… Los tipos se volvieron locos. Hasta con la Emilia.
–¡Emilia es una chica ejemplar! Las vagas del barrio le llenaron la cabeza.
–A ver, señoras, las chicas son grandes. ¿Cuál es el problema si sus hijas quisieron irse, al pasado o donde fuera?
–Primero la forma, señora Laura. Desaparecer de la nada. Nosotros perdimos mucha plata buscando a Paola. Un día me encontré un papelito en el sótano, escrito así nomás, donde me explicaba todo. Yo ni había visto la puerta hasta entonces. 
–¿Cómo puede no ver una puerta en su casa?
–No me tome de boluda. Le dejé una foto a la producción. Está tan camuflada con el piso que no se distingue. Nunca la registramos. Mire que han venido plomeros a trabajar ahí. De alguna forma la descubrió mi hija.
–¿Y qué le dijo en la carta?
–Que había viajado en el tiempo, que no nos preocupáramos, porque estaba bien. Parecía una locura, pero era su letra. Con mi esposo no sabíamos qué hacer. Al final esa noche Víctor agarró el arma y nos asomamos por el portal para ir a buscarla.
–Cuéntenos del lugar.
–Estaba oscuro. Una oscuridad como nunca vi. Nos daba un miedo terrible. Víctor temblaba. Se oían cosas que se arrastraban por la tierra, unos bichos enormes nos pasaban zumbando por la cabeza. Creo que las bestias sintieron nuestro olor enseguida y se nos estaban acercando, porque las plantas y los árboles empezaron a sacudirse. Víctor se puso a disparar a cualquier lado.
–¿Y la policía revisó el portal?
–¿Qué podían hacer? Vino el comisario a inspeccionar. Salió desencajado el pobre. «Clausure eso, señora», me dijo, y se las picó. Después pidió el retiro.
–Si le hubiesen hecho caso, mi hija estaría en casa.
–A ver si la deja seguir con la historia.
–Paola dice que los hombres acá no quieren compromisos hasta que son unos viejos chotos. En eso la entiendo. Pero ella no era como la Emilia, que nunca tuvo pretendientes. Con el salvaje tiene un metejón.
–¿Le contó qué le seduce del cavernícola?
–Y…
–Ohhh.
–Por favor, sin gestos obscenos.
–Disculpe. Por mí que haga su vida, pero que no me complique la mía. Mire, después de un año sin noticias suyas, se nos aparece en el living. Embarazada, casi por parir. Me costó reconocerla: sucia, desprolija… Tuvo al chico a las semanas.
–Me imagino el shock.
–¿Sabe qué es lo peor? Solo se quedó unos días después del parto y se las picó de nuevo.
–¿Y les dejó al niño?
–Así como escucha.
–Emilia y las otras hicieron lo mismo.
–Paola dice que les explicó los motivos en una carta.
–La carta es un telegrama, señora Laura. Seco y mal escrito: «dejo chico -allá peligroso- bichos lo comen». Ni un «gracias, mami, por la ayuda, te quiero, te voy a extrañar».
–Algo de razón tiene la chica. ¿A usted no le preocupa su nieto?
–¿Qué esperaba si se va a vivir entre los dinosaurios? Además, no quiero ser mala, pero esos chicos no están bien. ¿Usted los vio?
–Antes el público quiere conocer a su hija. ¿Verdad? ¡Adelante, Paola!
–Gracias por la comprensión, señora Laura. Mi mamá no entiende. Acá no hay futuro.
–La tribuna parece en desacuerdo.
–¡Es una descarada!
–Momentico, que la niña ni ha hablado todavía. Cuéntanos un poco cómo vives.
–A mí si me quieren o no, me importa un pito. Esta es mi verdad. Allá se vive en comunidad, tranquilos y sin tantas presiones. Nadie anda jodiendo con que estás gordita, que la celulitis… Se piensa en lo esencial, conseguir comida, tener refugio. El clan te cuida.
–Esa es otra. Cuando se fue nos desvalijó toda la ropa de invierno, señora Laura. Ni una camperita nos dejó.
–Oye, eso no está bien. Si eres mi hija y te quieres ir, ahí tienes la puerta, pero ojito con tocarme la ropa.
–¡No es para tanto!
–Paola es generosa con lo ajeno… Y estúpida. Ni un segundo se puso a pensar en el caos que puede desatar alterando el pasado.
–Tu madre tiene razón en eso. Estos viajecitos tuyos pueden tener grandes consecuencias. ¿Qué dijeron los cavernícolas cuando les llevaste la ropa?
–Se rascaban así unos a otros, en las axilas, y saltaban como locos de contentos. Hicieron una comilona en mi honor. Hasta las mujeres me agradecieron.
–¿Ellas no te aceptaban?
–Algunas eran más reacias.
–Señora Laura, serán cavernícolas, pero no boludas. Paola viene y se sienta ahí con su vestidito de hojas a hablar solo de lo lindo. ¿Por qué no cuenta lo que le hicieron las salvajes a la hija del herrero? ¡La lincharon a la pobre!
–¡Eso tiene una explicación!
–Lo que me aterra es que un día alguno de esos brutos va a encontrar el portal y se va a aparecer en casa. Vea, vivo armada.
–¡Guarde eso! ¿Sabe qué? Este asunto se soluciona con un candado en esa puerta. Que cada cual vuelva a su tiempo, ¿no?
–SÍÍÍÍÍÍÍ.
–¡Antes que me devuelvan a María Emilia!
–¡Ella no te quiere ver!
–No, no. Vuelva a su asiento. Usted también, señorita.
–¿Vio cómo se subió a la silla de una salto? ¿Y la mirada? Es una salvaje más.
–Perdón, es la costumbre. Allá hay que estar siempre alerta.
–Dime una cosa, ¿por qué no te llevas al niño? ¿No lo extrañas?
–Claro, ¿qué se piensa? Pero apenas los chicos empiezan a caminar los mandan a cazar. Eso me da miedo.
–Entonces vení y criá a tu hijo.
–Mujer, ¿no ve que está llorando? Tranquila, querida. Ten, bebe un poco de agua. Y, usted, háblenos de su nieto.
–Mi nieto es ese, el de la remera de Messi.
–¿Le gusta el fútbol?
–Es imposible que entienda cómo se juega. Cuando lo llevamos a la canchita cagó a patadas a todos los nenes. Es muy asustadizo de lo moderno y reacciona a las trompadas. Ya me rompió tres televisores… Eso sí, le das dos piedras y se entretiene toda la tarde. Golpea y golpea… Hay que estar alerta porque se cuelga de cualquier cosa y en un segundo lo tenés en los cables de la esquina. Tiene lo primitivo adentro.
–Creo que toda la audiencia quiere conocer al hombre que enamoró a Paola, ¿verdad?
–SÍÍÍÍÍÍÍ.
–Si entra el bruto, me retiro. No me parece seguro. Tiene que ver lo nervioso que lo ponen las luces, señora Laura.
–La producción se ocupó de sedarlo.
–Está jugando con fuego. La gente no debería ver a ese monstruo. Yo me retiro.
–Pues esa no es forma de apoyar a su hija. ¿El público quiere ver al cavernícola?
–SÍÍÍÍÍÍÍ.
–¡Que pase el desgraciado!