Cuento | Por Sergio Kisielewsky

Sendero

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Sergio Kisielewsky

Sergio Kisielewsky publicó entre otros títulos los libros de poesía Memoria caníbal (1987), La belleza es un campo minado (2005) y Nunca te hablé con palabras (2015). Participó en el volumen colectivo Los poetas de Mascaró (compilación de Juano Villafañe, 2012). Colabora en Acción y Página/12, entre otros medios. «Sendero» pertenece al libro inédito Señuelo.

–Ya nadie habla de libros –me dijo papá.
Después se sirvió un mate y puso dos sillas en el patio. Una parte del gomero del vecino caía cerca de las persianas. Papá miró el ramaje y dijo:
–Los voy a cortar, un día lo voy a cortar.
De noche yo esperaba el ruido de sus llaves al abrir la puerta y juro que no me dormía hasta escuchar su voz. A veces hablaban con mamá en la cocina de temas domésticos y cuando había algo que no debía ser escuchado por nadie sus diálogos eran en idish. Hasta hoy no sé una sola palabra del idioma, pero su entonación era tranquila, como si lo que sucediera no diera motivos para alarmarse.
Papá fumaba 43/70, cigarrillos negros con un envoltorio marrón y celofán prensado. A poco de cumplir treinta años comenzó a usar lentes de contacto, hecho que produjo un cambio de humor de parabienes pues hasta ese entonces era muy miope y no había regulación de vidrio que lo ayudara a ver.
Fue en ese entonces que comenzó a traer libros a casa, era la época que festejamos cuando nos pusieron teléfono y ahí es donde papá mandó a hacer una biblioteca donde cabían cientos de libros y en un cuadrado especial el aparato que no dejaba de sonar y nosotros de usarlo.
Me llevaba al cine tres veces por mes y vimos clásicos como Siete hombres al amanecer, sobre el atentado a Heydrich en Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial, El incomprendido y La pantera rosa. Después íbamos a comer pizza a Las Cuartetas pero él disfrutaba de La Sopa Inglesa, que era su postre preferido, del que nunca pude memorizar su composición. Lo veía a él tan feliz, radiante, que las veces que me contó cuáles eran sus ingredientes al instante me los olvidé. Y luego del postre
tomábamos un helado exquisito de crema y chocolate que salía de unas máquinas en la calle Lavalle. Volvíamos a casa tarde pero igual terminaba la noche sentado al pie del lado de su cama y le contaba mis cosas. Mamá se tapaba con la franca decisión de dormirse y
se dormía nomás pues era de madrugar para que yo llegase temprano a la escuela.
Amor era lo nuestro con papá y antes de irme a mi pieza a leer y dormir le daba un beso.
Ya había dejado atrás el potrero aunque Amílcar y Bichi me venían a buscar para los partidos en los pastizales del Inti sobre la General Paz y ahí tuve la agarrada a piñas de mi vida. No salí airoso pues Bichi me corrió el tabique de lugar, cosa que me enteré hace no mucho tiempo. Pero lo más extraño fue el picado que hicimos sobre mi calle, Obispo San Alberto. La pelota cayó en la casa de Doña Elvira y antes de arrojarla con cortes imposibles para volver a utilizarla escuché:
–Andate a Rusia.
Al pasar se lo conté a papá en la cena pero a la mañana siguiente escuché su voz en la casa de la señora y después me explicó que la gente confunde rusos con judíos y que todos somos iguales y merecemos el mismo trato.
Pero lo peor fue lo de Pombo, que vivía para insultarme. Papá habló con él varias veces y no entendió pero yo sí. Tomé uno de los parantes de la feria de nuestra cuadra y lo corrí pero se escabulló. Nunca más en el barrio se supo de él.
Cuando me puse de novio las cosas se complicaron con papá. Reconozco que Ornella era exuberante, tenía ojos verdes y no pasó mucho tiempo hasta que estampamos nuestra firma en el civil de Villa Urquiza. Lo cierto es que mi suegro me dijo que por mi edad debía hacer la comunión y no contraer enlace. Pero ese no fue
mi único matrimonio y de hecho tuve otros, que no es el momento de hablar aquí sino hablar de mi padre.
El abismo se terminó un día en que llamó por teléfono y me dijo: Me porté como una basura con vos. Se lo negué. Nos vimos al poco tiempo y hablamos de muchas cosas pero nunca pude preguntarle sobre su suerte o no con las mujeres.
Caminábamos y en el Pasaje Lezica lo abracé y creo que él sintió que yo lo abrazaba por primera vez. Pero no fue así, lo abracé toda la infancia cuando venía a Zumerland a buscarme o me llevaba al médico. Y me pagó un pasaje a Mar del Plata luego de una ruptura amorosa.
Siempre estaba en las caminatas por la playa durante los veraneos, cuando nació mi hija. Después no pudo con él y quedó bajo fuego cruzado de esos que se dicen familia y terminaron llevándolo a la última morada.
Me acuerdo que la última vez que lo vi fuimos a comer a un restaurante de San Telmo. Me contó de su amor por la lucha greco romana, las acciones de Tacuara contra la colectividad judía y su admiración por los que habían incendiado la cadena de supermercados Minimax de Rockefeller, en la que no hubo un herido, y que salió en todas las tapas de los diarios.
En algún momento de la charla me preguntaba:
–¿Estás escribiendo?
Era una pregunta que me hizo desde mi adolescencia. Ahora que sé de qué hablaban mis padres en idish prefiero no revelarlo.

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