Cuento | Por Sebastián Basualdo

Una noche con Vinicius de Moraes

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Sebastián Basualdo

Sebastián Basualdo (Buenos Aires, 1978) es escritor y periodista. Colaborador del suplemento Radar Libros de Página/12, entre otros medios gráficos. Es autor de las novelas Cuando te vi caer (2008) y Todos los niños mienten (2023) y de los libros de cuentos La mujer que me llora por dentro (2001), Fiel (2010) y Mañana solo habrá pasado (2017).

Tal vez por el efecto que me había generado el whisky o porque había comenzado a despreciarme, no sé; pero tuve una de esas ráfagas de entusiasmo que, al principio, me ponen en armonía conmigo mismo, sobre todo en fiestas o reuniones con amigos hasta que después de la primera copa de más me vuelvo un idiota, incluso hasta desagradable. No era fácil tener una conversación en ese lugar, rodeado por la música y la gente. Me sentí incómodo teniendo que levantar la voz por momentos, o repetir palabras. Quería estar en otro lado con esa mujer que acababa de conocer. Zazi, se llamaba Era brasileña. Hay mujeres que no son de este mundo, intentar describirlas es agotador.

—Cuando me nombraste Itapuã, me hiciste acordar de que una vez pasé una noche en la casa de Vinicius de Moraes. Y hasta dormí en su cama. Lástima que la bañera era demasiado moderna como para ser la misma.

Zazi me preguntó si estaba bromeando y de manera impulsiva, porque no debía quedar más cerveza en su vaso, bebió del mío.

–Si me llegás a decir que ahora voy a conocer todos tus secretos –dijo Zazi­–, me levanto y me voy. Contame de la noche en que dormiste con Vinicius.

En la cama de Vinicius, aclaré sonriendo. La historia, en principio,  no tenía nada de particular excepto por algo que me había sucedido unos días atrás en la playa del hotel que fue la casa de Vinicius y Gesse.

–En un momento alguien me tocó el hombro y me pidió fuego. Un flaco más o menos de mi edad que estaba sentado atrás, un bahiano grandote, fornido, esos que parecen tener varias barras de chocolate en el abdomen. No te rías, siempre envidié el físico de los negros.

–Preto –corrigió Zazi.

Y además de la maconha, tenía una bolsa llena de hielo y latas de cerveza Skoll. Y, por lo que pude intuir, una imperiosa necesidad de conversar con alguien, aunque fuera un extranjero; porque apenas le respondí que era argentino me vi enredado en una charla sobre fútbol que solo alimenté por cortesía y porque el bahiano me había invitado a que bebiera con él todo lo que quisiera. Había demasiada cerveza para un solo hombre.

Zazi se rio.

¿Comenzaba a resultarle simpático?

–La primera causa de muerte en Bahía es la cirrosis –dijo Zazi.

Debe ser, sí, porque el negro, Wilson se llamaba, Wilson Badaró, bebía como si fuera a terminarse el mundo al otro día. Su castellano era tan simpático y sus ideas resultaron tan inteligentes que daba gusto estar tirado al sol con cerveza helada y conversando sobre música; porque fue sobre eso que hablamos largamente hasta que, en un momento dado, algo ocurrió y tomó un giro inesperado la charla, aterrador realmente; pero antes, como viejos amigos, denostamos todo lo que no fuera la bossa nova y Tropicália. Wilson quiso saber cómo era que yo, siendo argentino, tenía tanta pasión por la cultura brasileña. Entonces comencé a contarle sobre mi amigo Dan que por entonces era profesor titular en el departamento de Letras Románicas de la Facultad Federal pero que, cuando lo conocí, era apenas un estudiante algo mayor que nosotros, decidido a terminar la carrera de grado lo más rápido posible y regresar a Bahía con su mujer.

Y ahora, Zazi, no sé si estoy inventado o recordando lo que te conté esa noche sobre mi amigo Dan antes de volver a Wilson. No importa. Regreso a esa época como quien lee en voz alta pasajes de un libro que fue revelador durante su juventud y de pronto levanta la vista del texto para seguir un recitado de memoria, eufórico, versiones mejoradas de sí mismo que sueñan con un día terminar así, escritas, un testimonio de que alguna vez existí y fue real mi temporada viviendo solo en una pensión por Once que apenas podía solventar con mi sueldo miserable de playero en una estación de servicio, real la mañana en que conocí a Paula y mis horas encerrado en la Biblioteca del Congreso porque, entre comprarme un sándwich o un libro, elegía siempre la poca comida que me mantenía despierto durante las clases, real el asma de mi abuela y el odio hacia mi padrastro, el enigma que rodeaba la vida de mi padre y la bronca que sentía por mi madre, su egoísmo mezcla de incapacidad para salir de ella misma cuando la primera y única vez que vino a mi departamento llegó acompañada por su amante y con una cafetera eléctrica de regalo cuando yo ni siquiera tenía una silla decente donde sentarme para estudiar, real el bar a pocas cuadras de la Facultad donde Tavo, el negro Herrera y yo escuchamos a Dan por primera vez hablar de Bahía con el entusiasmo de quien descubrió una tierra. «Bahía no se parece a nada que yo pueda decirles para comparar», dijo Dan. Y fue la llave con la que abrió las puertas de mi imaginación mientras estiraba la ginebra con soda para estar a tono con los demás y sobre todo con la historia de alguien que había ido de vacaciones con sus amigos del barrio y al cabo de los quince días decidió quedarse, vendiendo anteojos, durmiendo en una carpa que solía armar en los jardines delanteros de las casas, bañándose en las duchas de las playas y alimentándose a base de queijo, tapioca y acarajé y muchísima cerveza. Una vez por semana, antes de irnos a cursar, Dan iba a mi habitación del hotel y me dejaba guiar por su entusiasmo hacia la ciudad alta, el barrio llamado Pelourinho, y me imaginaba esas calles empedradas donde Olodum hacía sonar sus repiques y la gente, en una especie de desfile improvisado, cantaba aquella mítica canción de carnaval, Bandeira branca, amor, não posso mais pela saudade

Había que imaginar toda la intensidad de la cultura afro, un lugar tan caótico como desbordante de todo tipo de emociones fuertes, sobre todo en la playa que era, según Dan, donde sucedía todo, el baile, la comida, la música, incluso el erotismo y el amor. Pero más allá de sus hermosos cuerpos morenos, lo más interesante en ellas es su identidad, algo de lo que se enorgullecen. ¿O que ê que a baiana tem? «Muchas de las cosas más importantes en la vida de los bahianos suceden adentro del mar», decía mi amigo. No importaba lo que me pasara, podía fracasar como escritor y ni siquiera convertirme nunca en periodista, incluso podía abandonar los estudios un día y no recibirme jamás pero siempre tendría un lugar donde ir, lejos de toda una forma de vida que ya detestaba incluso cuando aún no había comenzado a sufrirla plenamente.

–Wilson se entusiasmó tanto que no tardó en decirme que tenía un montón de cosas para contarme. Y me parece que fue ahí, en ese instante, que algo comenzó a quebrarse dentro suyo. Hay que estar solo y muy desesperado para contarle cosas tan íntimas a un desconocido.

–Tengo mucha intriga por lo que te dijo Wilson –dijo Zazi. 

–Voy primero al baño y después te cuento –dije sonriendo, y cuando me levanté de la silla sentí todo el vértigo que puede generar el whisky cuando solo tenés una manzana en el estómago.

 Mientras caminaba  hacia la salida me pareció escuchar mi nombre, pero no me detuve ni miré para atrás.

Una voz es lo primero que puede alcanzarte mientras estás huyendo.

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