Cuento | Por Débora Mundani

Una porción del mundo de mi padre

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Débora Mundani

Débora Mundani (Buenos Aires, 1972) es autora de las novelas Batán (2º Premio Fondo Nacional de las Artes, 2012), El río (2º Premio Casa de las Américas, 2015) y La convención (2018). Publicó cuentos en diversas antologías, entre ellas Las dueñas de la pelota (2014), Héroes. La Historia la ganan los que escriben (2015) y Antología del cuento extraño (2018).

Ilustración Alejandra Karageorgiu

Mi padre era profesor de castellano, literatura y latín. Tenía un portafolio oscuro en el que llevaba y traía manuales, libros y exámenes. Para mí era un orgullo ser su hija, la hija del profesor. Cada vez que existía la oportunidad, visitaba el colegio donde daba clases, un edificio compuesto por varias alas y en el centro, un patio interno rodeado de galerías. Caminar por ellas, de su mano, me hacía sentir importante. Alumnos, colegas y curas se acercaban a saludarnos efusivamente. Todos lo llamaban por su apellido. Mi apellido. 

Era un tipo muy querido y no había quien no destacara su sentido del humor e inteligencia. Tenía un manejo de la ironía superlativo, pero sabía muy bien dónde y cómo aplicarlo. No era de los que lastimaban con las palabras. Para eso tenía el silencio, su arma más filosa. Detestaba la estupidez humana; los errores evitables; la falta de compromiso; que le dieran indicaciones y perder el control. Cuando el mundo se le venía abajo se encerraba en sí mismo. Dueño de una soberbia prudente, prefería no hacer alarde de sus virtudes. Tenía una memoria prodigiosa, podía recitar poemas extensos sin equivocar la letra, como también reconstruir pasajes de grandes obras literarias o películas. Era amante del cine, pasión que por asalto le disputó el viejo hábito de la lectura. También amaba el tango, el folclore y la música clásica. Sabía de historia, filosofía y arte culinario. Se daba maña para arreglar cualquier tipo de desperfecto técnico; diseñaba circuitos eléctricos; desarmaba y volvía a armar motores con la certeza de quien quita una a una las capas de la cebolla sabiendo que volverá a componerla con destreza divina. Tenía la convicción de que una de las formas más profundas del amor es la cocina. Durante años, sus platos aseguraron nuestra presencia cotidiana en su mesa. Levantaba casas en ladrillo y en papel. Para las primeras, se valía de mis hermanos. Ellos aprendieron cada uno de los oficios que mi padre dominaba. Para las segundas, bastaron su mundo privado y el miedo al desamor. Yo aprendí ese idioma.

Nunca vi su título de profesor con el que se ganó la vida hasta que se fue de casa cuando yo acababa de cumplir 19 años. Tampoco el de maestro de escuela, como conoció a mi madre. Sobre este título conversamos una vez, cuando mi inclinación literaria era notoria y había descubierto a Jorge Barón Biza. Su diploma estaba firmado por su madre, Clotilde Sabattini. Su figura le provocaba especial interés. Sospecho, aunque no lo dijera expresamente, que fue el final trágico de su matrimonio y la cadena de suicidios que trajo aparejado, lo que impresionó a mi padre. A cierta edad es difícil reconocer algunos indicios. Ahora, a la distancia, veo la huella apenas perceptible en la arena de los años. La firma de aquella mujer, a quien la traición le costó la vida, así como le sucedería a mi padre 45 años después, le abrió las puertas de las aulas.

Todos sus certificados daban cuenta de su carrera docente, sin embargo, él se sentía un albañil de los días. Somos el tiempo, me dijo más de una vez, como si yo supiera de qué y de quién me hablaba. ¿Cómo reconocer que se refería a sueños desbaratados e imperios que son polvo, que su afán por construir, a pesar de que todo condujera a la ruina, era su forma de habitar este mundo? Él levantaba casas que nunca terminaba y escribía textos a los que siempre les faltaba algo. Buscaba un lugar donde alojarse, fuera de las tempestades que lo azotaban desde chico. Un lugar que no existía y solo podía vislumbrar en los libros y el cine.

No recuerdo su valija ni qué cosas se llevó el día que se fue de casa. No sé si hizo un solo viaje o si fueron varios. Si cargó lo que quiso o lo que mi madre le pidió. Por eso me sorprende reencontrar, ahora, tras su muerte, algunos objetos. Me sorprende, ante todo, verlos acomodados prolijamente en cajas de cartón que la viuda despachó a las apuradas una vez que mi padre dejó para siempre la casa que él mismo había levantado. La misma casa a la que nunca más pude entrar, ni siquiera para despedirme de su perfume, sus papeles, libros, películas, ollas, pipas. La última vez que estuve allí fue el día de su cumpleaños. Aquel día, quizás a modo de presagio, a los pocos presentes nos regaló un poema. Lo dedico a mis amigos, dijo, a esos que están al toque, cuando hace falta. Tres semanas más tarde murió en una clínica sindical en medio de una ola de calor que anticipó el infierno de Comala. Por un tiempo largo, todo pareció estar como a la espera de algo. No distinguía entre vivos y muertos y los murmullos y el miedo que habían arremetido contra la vida de mi padre tocaron a mi puerta. Es cierto, Dorotea. ¿Es cierto, papá?  Me mataron los murmullos. Di por perdidos todos sus objetos. Sin embargo, cuando mi imaginación echaba a andar, enumeraba qué elegiría en caso de tener la oportunidad de recuperar alguno. La viuda, temerosa de que le quitáramos la casa que mi padre había levantado, clausuró las puertas con la nueva cerradura. Mientras tanto, yo solo deseaba pocas cosas: el Atlas Vergara de 1962; el diccionario Larousse universal ilustrado con tapa verde y detalles dorados; los libros de Felisberto Hernández que le regalé en los últimos años y Pasajeros en los trenes de América, de Paul Theroux, que encontré de casualidad cuando él no paraba de hablar de trenes y estaciones abandonadas. No me sorprendí al reconocer en esas cajas mucho más de lo que había deseado. Mi estupor fue el orden meticuloso en el que habían dispuesto una porción del mundo de mi padre. La porción que, según quién no lo sé, me correspondía a mí. Abrí las cajas unos días después de haberlas dispuesto cerca de mi escritorio. Miré por arriba qué había. Reconocí los libros que esperaba. Pero los meses pasaban y todo seguía en el mismo lugar en el que lo había dejado.

Cada tanto miraba de reojo. ¿Por dónde empezar? A la curiosidad por lo que había dentro de esas cajas y el miedo de encontrar su voz entre aquellos papeles se sumaba la dificultad de hacerle espacio a sus libros entre los míos. La biblioteca que él había construido a lo largo de su vida expresaba una búsqueda que no era la mía; sin embargo, esos papeles eran lo que me quedaba de él, un «él» mucho antes de mí, mucho antes de nosotros. ¿Cuántos de aquellos libros que lo habían acompañado a lo largo de su vida habían sido verdaderamente relevantes? ¿Cuántos de los que ahora estaban ante mis ojos lo eran? ¿Y cuántos lo serían? Con la muerte de un ser querido la confluencia de los tiempos toma una lógica propia. El presente es el lugar de la ausencia. El pasado, el terreno donde hacer pie, donde anidan los recuerdos. ¿Y el futuro? El futuro no llega a vislumbrarse cuando el presente se devora todo. ¿Entonces sería todavía esa criatura anfibia que concede un instante más y retrasa el destino inevitable, que custodia, en su pequeña sílaba final, una esperanza? Sin dudas, estaba ante un nuevo tiempo. ¿Cuáles de todos aquellos libros y papeles meticulosamente ordenados en cajas tras su muerte podían dar testimonio, en su callada persistencia, de algo que me estuviera esperando? Entre las palabras y las cosas, buscaba a mi padre.

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