Cuento | Susana Cella

Volvió una noche

Susana Cella es doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y profesora de Literatura Latinoamericana II en la Facultad de Filosofía y Letras. Publicó libros de poesía y las novelas El inglés (2000) y Presagio (2007). Coordina el Espacio Literario Juan L. Ortiz, en el Centro Cultural de la Cooperación.

–Toma clonazepam para espantarse la muerte –nos estaba diciendo de nuevo el Médico, no porque fuera, así le había puesto un día José Miguel cuando no dejaba de nombrar drogas, pero decirle el Drogadicto nos habría dado lástima.
Por tomarse las pastillas estaba Evidencia, le quedó el apodo por todas las veces que nos dijo que no quería ponerse en evidencia, y qué cosa era eso, todos quisimos saber, la evidencia es lo evidente, lo que se ve, explicaba ahí mismo José Miguel. Evidencia nunca faltaba al trabajo, nadie le supo ningún problema, nadie tampoco ningún progreso, como pegado a su silla, repitiendo lo que para entonces, años, ya, era, y nos dijo un día que se soltó:
–Siempre igual –lo repitió unas cinco veces igual que si rito de acompañamiento fuera para cada trago que embuchaba. Y ahí supimos un agujero pantanoso, tierra floja, arcilla como podredumbre y dos hombres, desmayados, en el fondo. 
–¿Y sería esa muerte la que se anda espantando? Porque no tuvo un trauma en la infancia ni un amor desgraciado, ni lo echaron del trabajo, ni... –llegó hasta ahí García para que no se le notara el temblor.
–Es un no en dos patas, de la nada se asusta o es de mucho –le decía José Miguel al Médico para que le explicara por qué había dicho lo de la muerte.
–Vacayendo gente al baile –torció el tema de conversación García y como si no hubiera oído que una cosa medio molesta le daba vueltas cuando la veía llegar, Melisita se sentó al lado del Médico y se pidió un café con leche y un sándwich de salame y manteca. 
–¿Y no se te revuelve el estómago con esa mezcolanza? –le preguntaba José Miguel, fastidiado, aunque de seguro no por lo mismo que García. 
–¿Cuál muerte se anda espantando? La de los dos tipos que por culpa de él, de sus cálculos mal hechos, se cayeron al desprenderse la tierra en el pozo. Que uno de los dos, el todo vendado y ensangrentado, se salvara, y se muriera el otro, cuando los médicos dijeron que lo dejaban un rato en observación. Muchos años habían pasado, y más veces le dijeron que no había sido suya la responsabilidad. Está bien había dicho, listo, a otra cosa y una palma para el finado con asistencia al velorio, pésame y todo en su lugar, el muerto en la tumba. Del otro no se había sabido desde ese día.
–Las máscaras, los retratos de los malvados, con aspecto infame, de ojos penetrantes y vidriosos, caras desencajadas, perturbaciones mentales, asesinos, etcétera, no eran así, y bastante me lo supe –andaba el Médico entusiasmándose con sus teorías–. Esos malos no tenían facha de estúpidos como este infeliz que nunca fue nada, ni nada le pasó, ni nadie lo persiguió, ni tuvo más que lo normal... Lo normal, programación perfecta alimentada por neurozepam, lexotanil, migral, hepatalgina, milanta y otras sustancias. 
–Entonces, Médico, cuál es la novedad ahora, por qué se te ocurre que algo distinto le pasa al que nunca nada le pasó.
–Porque el otro, el ensangrentado, se le apareció el otro día y le dijo que lo iba a matar –se metió Melisita más que feliz ahora que todos miraban a la vela solitaria, les largó la más importante novedad:
–Le dije al tipo que viniera, ahora, en un rato. A ver si algo sabemos.
–La muerte del sin rastro es la que se espanta, Mecilita, no la de este otro, que no le importó nada o la enterró más hondo que el pozo ese y solamente una vez la sacó, para nosotros y por una botella casi completa. Así que no sé para qué andás invitando asesinos acá. Ya bastante… –caída la vela solitaria por violento empujón de García, volvía cada quien a su cavilación.
–De él, no del otro –le hizo el acompañamiento el Médico– aunque nunca en verdad pudo espantársela.
–¿Qué querés decir?
–Nada de nada, por querer decir hablo y digo nomás como sale.
–Espantado anda por el miedo de que este otro lo mate –volvía Melisita a la carga y quiso soltar otra frase a ver si se le repetía el efecto–: el tipo parece que le contó una historia.
–No digas pavadas, Mecilita, cuántas historias supo este y ni lo tocaron, acordate de... – y cuando José Miguel iba a empezar con un recuento más largo cada vez según día por día aumentaban las historias terribles y no las lejanas solamente, de ojos que ven y corazón que no siente, sino las de acá, al lado, en la otra cuadra y así, a las que el Médico ayudaba con sus agregados, García le cortó la parrafada no solamente porque a él sí le dolían las lejanas, las de cerca y hasta las que no eran de veras, y la parrafada fue en lugar de eso un desfile de conjeturas sobre, pensó Melisita que al final un poco les había influido eso que ella les dijo de la historia, la venganza del sobreviviente que cuál podría haber sido, y ahí vino el desbarrancado recuento: que le embarazó a la hija, que lo amenazó con descubrirle alguna estafa, que se acostó con la mujer, o con el hijo. Pero ninguna nos pareció, ni hasta a Melisita, y eso que ella, ya bien sabían todos, Melisita incluida y ahora levantándose de la silla para saludar al que entraba, o sea, sin necesidad de aclaración, el fantasma del viejo pasado que no se llamaba Benito, sino Juan.
–Acá está Juan –Melisita como una dama de honor de una reina les fue nombrando a todos y lo sentaron con botella y vaso para hablar. 
–Le dije que recién ahora me había aparecido porque mi silencio fue tan duro, tan igual a las paredes de concreto, que para romperlo no tuve poco que trabajar, pero más le dije, le dije que era el tiempo el que me había agrandado la ausencia, así, un agujero negro, como el pozo ese donde los dos, por su culpa, por su cálculo mal hecho, por su tierra firme que era movedizo barro, nos caímos. 
–Eso no le habrá movido ni un pelo –dijimos todos. 
–Ninguno –nos confirmó Juan.
–Entonces qué lo espanta –y ahí lo miramos todos al Médico a ver si le salía alguna sustancia, filosofía o explicación.
–Fue la foto, la que le llevó este cuando le quiso hacer ver al finado, pero no por la cara del finado, no por los brazos en el hombro, no por la sonrisa, no por el pozo reluciente en segundo plano, sino porque ahí se vio la cara, la que tenía en esa foto, en ese tiempo, y se la pudo comparar con la de ahora, la misma falta de expresión, de madera, impasible, de piedra, como se dice, pero gastada como una baldosa de cerámica estúpidamente transitada por cualquiera, sin huella firme, sin marcas definidas, sin un rayón intencional, el mismo color nada más que desteñido, pura inutilidad. Se sentó con nosotros, fresco, tranquilo, se tomó una Coca Cola y nos conversaba de lo que había salido en un diario que él leía y nosotros no. Mucha atención no le prestamos pero no se daba cuenta, menos por lo del tema que porque mientras hablaba parecía que en otra cosa estaba pensando. Por eso mismo se fue disculpando y nos dijo que se tenía que ir porque se encontraba en el bar de enfrente, uno remodelado que a nosotros no nos gustaba, con el arquitecto para hablar de unas refacciones que le iba a hacer a su casa.


Susana Cella