Cuento | María Sonia Cristoff

Zondeando

María Sonia Cristoff (Trelew, 1965) es autora de los libros de no ficción Falsa calma (2005) y Desubicados (2006) y de las novelas Inclúyanme afuera (2014) y Derroche (2022), entre otros títulos. Da clases en la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero y reside en la Ciudad de Buenos Aires.

«El efecto quizá más interesante de este estudio es el que
se refiere al efecto del viento sobre el ser humano.»

El viento Zonda, Antonio Aguilar (Editorial Sanjuanina, 1973)

Lo poco que hubo ya no está. Los abogados pasaron por ahí hace tiempo, inmediatamente después de su muerte, y los herederos también, así que no hay nada que a nadie pueda interesarle, apenas unos trastos sueltos. Algo así me dijo el albacea de EZ cuando se dignó a contestarme los llamados, antes de ayer, y mientras yo le hablaba encima rogándole que por favor me esperara solo un día antes de hacer desaparecer esos trastos, esa nada que quedaba, que me tomaría el primer avión. Aunque fuera en medio de la semana, sí, y aunque ya estuviera zondeando, sí.


Los subterráneos y los poetas son para las grandes ciudades, le decía EZ a su nieto, que alguna vez había sido mi amigo, un gran amigo, cada vez que este insistía en conseguirle un buen editor. Por frases como esa yo lo respeté desde la primera vez que escuché hablar de él, y hasta lo quise sin haberlo visto nunca. Era una figura que sobrevoló siempre aquella amistad: hablábamos de él como de una presencia cotidiana, de una persona de toda la vida para ambos. Sobre este diario que busco ahora, sin embargo, supe recién hace unos meses, cuando supe también de su muerte, cuando mi amigo volvió a contactarme después de tantos años, de tantas cosas. Apenas quiso hablar de su vida aquel día, solo una mención fugaz a ese fondo de nieve noruega que se veía detrás suyo en la pantalla. Parecía en cambio obsesionado por contarme acerca de ese diario, del proyecto que había consumido los días de EZ, de la quimera a la que se había entregado en una vida paralela a la del hombre público de provincias. No lo había mencionado antes porque era una especie de tabú, me dijo: en su familia veían ahí una amenaza para el prestigio social tan arduamente conseguido, los desiertos del Levante otra vez latiendo en las sienes. No lo había mencionado a pesar de que siempre supo cuánto me interesaría, y por lo visto no se equivocaba, agregó. E inmediatamente, como si quisiera abandonar rápido el surco de reproche mutuo que podía abrirse a partir de esa sola frase, precisó, como solícito a su pesar, que si en algún lugar todavía había chance de que apareciera, era en este galpón de herramientas en el que EZ solía recluirse para desenchufarse con trabajos manuales y, supuestamente, para escribir poesía.


Pero aunque ya pasé acá, en este galpón, unas cuantas horas –¿dos, tres?– del día entero que me ha sido concedido, no veo a mi alrededor rastros de reclusión, sino más bien de abandono y de vandalismo, de un cierto desprecio. Alambres oxidados, estantes vacíos, piezas sueltas de algo irreconocible, muebles a los que les faltan partes, y tierra, mucha tierra, una capa de tierra cubriéndolo todo de manera tan uniforme que por momentos el conjunto me llega a parecer una escultura, una gran instalación. O un depósito de piezas arenadas. De pronto esa visión me da sed, una sed violenta. La curiosidad por haber conseguido las llaves del reino me distrajo a un punto tal, pienso, que no tomé la precaución de llevar agua. Y en el galpón no hay nada parecido a una canilla, ni siquiera un balde con aguas dudosas. Ya lo resolveré, ya lo resolveré, me quedan apenas unas horas –¿tres, cuatro?– para encontrar ese material clave y no tengo que distraerme. Mejor seguir mirando, escudriñando. Nada de distraerse. Trato de que mis movimientos sean mínimos, armoniosos, como aprendidos en la práctica de una disciplina oriental que desconozco. Cualquier subrayado, intuyo, puede levantar una polvareda capaz de enterrar lo que busco, la tierra deglutiéndolo para siempre. Con cautela levanto unas ruedas de bicicleta oxidadas: los rayos dejan unos dibujos marcados en el suelo en los que, presiento, puede haber una cifra, una clave. Los miro fijamente durante un tiempo que nadie puede medir. En un momento percibo que por una hendija en el techo cae un rayo de sol tajante. Estiro un brazo y entonces se marcan ahí otros dibujos. El calor sobre el brazo me revela el tipo de sol que está ahí afuera, un tipo de sol abrasivo. No era así cuando bajé del avión, pienso, pero eso pasó hace rato, horas –¿cinco, siete?– ya.


El calor me aplasta la cabeza, la oprime, la encierra en una escafandra. No sé si este cansancio que parece venir de otro mundo es efecto de ese calor o de esa tregua que se concede el cuerpo después de haber conseguido algo por lo que vino batallando durante mucho tiempo. Aunque todavía no lo conseguí, en realidad. Pero estoy cerca, muy cerca. En algún lugar de este galpón tiene que estar ese material, ese registro cotidiano del plan que mi amigo había escuchado casi en exclusiva aunque, tenía que confesar, también en forma muy entrecortada. Un experimento social que no tendría nada que envidiarle a Fourier ni a Durando. Una colonia con base local que recibiría a los argelinos que, durante la guerra, habían luchado a favor de Francia, una franja de descastados con la que EZ había entrado en contacto, nunca se supo cómo, durante uno de sus viajes. Un viaje del que, decían en su casa, nunca había vuelto igual. Su idea, aparentemente, era tomar la incomodidad histórica en la que esas personas habían quedado no como un caso flagrante de traición a su país de origen, a ideales emancipatorios, sino como una encrucijada mucho más compleja, un núcleo para pensar la siempre conflictiva convivencia de Oriente y Occidente. Llegó bastante lejos, creía mi amigo. No en los hechos, que nos son siempre tan adversos, pero sí en sus planes. Todos detallados en sus diarios. Con actividades y cifras y citas de utopistas, anarquistas y estrategas de lo más variados. También había encontrado el modo de que el Facundo y el relato de viaje por Argelia que hizo Sarmiento formaran parte de su maquinaria argumentativa. A los locales solo les va a interesar que haya involucrado un local, insistía. Así lo aseguró aquel día mi amigo, casi a modo de conclusión, con el fondo de nieve noruega a sus espaldas.


Tuve todo el día, en efecto, pero evidentemente el día no alcanza, porque ya debe haber caído el sol y ni rastros de ese diario. No hay objeto que no haya dado vuelta en este galpón. Tengo las manos y la ropa y el cuerpo entero y hasta los ojos llenos de esta tierra, esta arena del desierto. Y esta sed tremenda, también del desierto, esta sed como de caminante en círculos. Acerco el oído a una de las placas de chapa de este galpón y escucho cómo el viento levanta esa misma arena y la remonta, la estrella contra las cosas. Interpreto lo que escucho primero como una amenaza y después como un concierto sin melodía y después como un carraspeo, una introducción. Tomo nota con ritmo de taquígrafo. Algo me dice que ahí, en esas ráfagas, están encriptadas las bases del plan.